El orden de las potencias en el sistema internacional ha cambiado innumerables veces. Estados Unidos o China son algunas de las que ahora parecen dominarlo, pero, ¿cómo han llegado hasta aquí?

Siglo XVIII: Europa en cabeza

En este siglo todos los Estados o potencias, teóricamente, tenían el mismo rango, pero ¿qué ocurría en la práctica? La diferencia de poder y capacidad entre ellas en términos de territorialidad, riqueza y militarismo era enorme. Existía una jerarquía de facto, aceptada por grandes y pequeñas potencias, que quedaría instaurada durante el Congreso de Viena de 1815, cuando se reajustó territorialmente Europa. La forma de gobierno de estas potencias era la monarquía, generalmente. Mientras que la república quedó relegada a la excepcionalidad de las pequeñas y medianas, como las Provincias Unidas de los Países Bajos, la Confederación Helvética o las antiguas Repúblicas de Génova y Venecia.

El equilibrio entre las grandes potencias, entendidas como auténticos sujetos plenos de la vida internacional con capacidad de defender su integridad y supervivencia ante la ambición de otros Estados-nación, mantuvo el sistema. Una de las premisas más curiosas para ello fue la fragmentación de poder en los espacios germánicos e italianos. A finales de siglo, cinco Estados eran considerados las grandes potencias de la comunidad internacional: Reino Unido, Francia, el Imperio Austriaco, Prusia y Rusia. Pero, ¿en que destacaba cada una de ellas?

Principal potencia marítima y comercial gracias a la Royal Navy (Marina Real) y sus rutas navales; apoyadas, a su vez, en el control de enclaves estratégicos y colonias repartidas por todo el mundo (América del Norte, Terranova, Jamaica, Gibraltar, Malta, Ghana, además de bases en India, Australia y Nueva Zelanda). Con esta hegemonía marítima, su insularidad y su riqueza consiguieron mantenerse al margen de los asuntos europeos. Lo que no significa que no interviniesen en ninguno de ellos. Lo hicieron, aunque arbitraria y puntualmente.

Era la potencia continental más poderosa por su extensión, su numerosa población, su fortaleza económica y su capacidad militar. Sin embargo, sufrió un serio retroceso como potencia colonial ante los británicos en América del Norte y la India con la Guerra de los Siete Años (1756-1763). Aún así, contaba con la segunda armada más potente y desempañaba un papel preponderante en el escenario europeo, aunque ensombrecido por problemas financieros y organizativos del reinado de Luis XIV.

Considerado como la principal potencia de Centroeuropa dominaba extensos territorios y poblaciones muy diversas regidas por los Habsburgo desde la corte en Viena. Hungría se incorporó en el siglo XVII, reforzando la proyección del imperio sobre el eje Danubio-Balcanes, donde se producía una fricción con el Imperio Otomano. Sin embargo, los objetivos reales de la política exterior de los Habsburgo recaían en influenciar la península italiana y el espacio germánico, y expandirse a costa de Polonia.

Potencia Euroasiática, autocrática y estrechamente vinculada con la Iglesia ortodoxa con ansias desmesuradas de expansión, que la llevaron, incluso, a la colonización de Siberia. Consiguió ser una gran potencia europea al salir victoriosa de sus enfrentamientos con Suecia, Polonia y Turquía en la época de Pedro El Grande (1628 – 1721) y Calatina II La Grande (1762 – 1796). Ocuparon Bielorrusia y Ucrania, y proyectaron su poder sobre el germánico. Aunque era, sin lugar a dudas, la potencia más atrasada, contaba con un gran ejército que le aseguraba un lugar entre los poderes europeos decisivos.

La más pequeña, con un territorio y población inferior al de las otras grandes potencias, su poder residía en su capacidad militar, conseguida por la modernización de la organización, la dirección de la aristocracia feudal y terrateniente (los junkers), y la eficacia de su burocracia estatal liderada por el rey Federico II el Grande (1740-1786). Dada su posición centroeuropea podía expandirse hacia el espacio germánico, así como hacia el Este y Sureste, donde encontraba fricción con los intereses polacos, rusos y austriacos.

Desde la Paz de Westfalia se convirtió en una laxa confederación compuesta por 350 Estados soberanos, entre los que se encontraban desde reinos hasta minúsculos principados, electorados y ciudades-Estado amalgamados teóricamente por un emperador sin un poder real sobre los asuntos del Imperio, y por una Dieta imperial sin grandes atribuciones. La decadencia del Sacro Imperio se dio por varios motivos: el poder de los Habsburgo (que ostentaban un título imperial basado en sus posesiones patrimoniales en Austria y los territorios anexionados por esta), la gravitación de los Estados germánicos menores y los católicos en la órbita de Austria, Baviera al Este, Francia el Oeste, y los protestantes en las Provincias Unidas.    

En un escalón inferior al de las grandes potencias se encontraban algunos Estados de tamaño intermedio que, a pesar de haber ocupado una posición hegemónica en el pasado, ahora tenían un estatus menor; aunque conservaban su presencia internacional. España fue claro ejemplo de ello. Por el Tratado de Utretch-Rasttat de 1713-1715 perdió sus posesiones en Europa, cediéndole a Francia la hegemonía continental. Pese a esta cesión, el país gobernado por la rama española de los Borbones continuaba siendo una potencia marítima y colonial por su gran Armada y extensas posesiones en América.

Otra potencia venida a menos fue el Imperio Turco Otomano, extenso Estado con una incomparable situación estratégica a caballo entre Europa, Asia y África. Sus amplias posesiones balcánicas y sus fricciones con Rusia por el control del Cáucaso, así como su capacidad militar, hacían del Imperio turco un actor más del equilibrio del poder en Europa. Sin embargo, en el s. XVIII, la incapacidad del Imperio por emprender reformas y modernizar su administración lo llevaron a la plena decadencia. El zar Nicolás I, lo llamó, tiempo después, “el hombre enfermo” de Europa.

En conjunto, como señalaba Guido Formigoni, la interacción de potencias generaba diversos niveles de equilibrio: “se podía hablar de un equilibrio europeo, pero también de múltiples y diversos equilibrios regionales (báltico, mediterráneo, atlántico, imperial o alemán)”. Del mismo modo que había un cierto equilibrio entre potencias católicas y protestantes. Otros autores distinguen varios sistemas hegemónicos; británico (marítima), francés (en la mitad occidental de Europa), y ruso (en la oriental). En todo caso, el sistema se caracterizaba por un equilibrio inestable y dinámico, siempre sometido al cambio, dentro de unas reglas de funcionamiento.

Siglo XIX: Imperialismo

¿Qué nos deparará este siglo?

El siglo XIX es conocido como la época del Imperialismo. En la segunda mitad de siglo destacaron en la vida política europea tres grandes naciones: Francia, Alemania y Gran Bretaña; y tres grandes imperios: Rusia, Turquía y Austria. Recordemos que en el sigo anterior destacaban como potencias Reino Unido, Francia, el Imperio Austriaco, Prusia y Rusia.

Fue la gran vencedora de las luchas que provocó la Revolución Francesa entre 1789 y 1815. Los gobernantes vieron definitivamente impuesto el orden internacional que habían querido desde el siglo XVIII: equilibrio continental europeo y predominio inglés en el océano. Es en esta época cuando comenzará la construcción del Segundo Imperio Colonial Británico, y cuando Inglaterra dominaría el tablero internacional desde el prisma económico con el liderazgo de la Segunda Revolución Industrial. Las finanzas británicas consiguieron penetrar en todo el mundo occidental; y se desarrolló una política internacional incisiva.

Desde mediados del siglo XIX, Inglaterra, que vive su época victoriana, se convierte en la primera potencia económica y naval del mundo. ¿Cómo lo consiguió? Entraron en juego una serie de factores: predominio financiero, industrial y comercial, estabilidad tanto política como institucional, paz tanto interna como externa, superioridad marítima y disponibilidad de gran cantidad de recursos y materias primas, fueron algunos de ellos.

Luis Napoleón Bonaparte, en 1852, un año después de haber sido proclamado presidente de la II República y tras un golpe de Estado, reestablece el imperio mediante plebiscito, tomando el nombre de Napoleón III. Napoleón desarrolló una política internacional a la altura de las circunstancias, de la que formó parte el intento de constituir un imperio mejicano en torno a Maximiliano de Austria, con la intención de reconstruir el imperio colonial francés. Además, intervino en el proceso de unificación italiana y potenció una política colonial activa.

Se instala, definitivamente, el régimen republicano (1871-1914) en un país industrializado y en pleno apogeo imperialista. Sin embargo, la III República, resultó ser un régimen bastante inestable. La presión contrarrevolucionaria, nacionalista y monárquica fue demasiado fuerte y los partidos republicanos se encontraban sumamente divididos. Se tuvo que hacer frente, incluso, a la insurrección de la Comuna, justo en 1871.

El II Reich, proclamado con Guillermo I como emperador, culminará con el liderazgo de Prusia y la exclusión de Austria en los asuntos alemanes. Bismarck fue árbitro de la política alemana y europea hasta 1890, desde un Estado federal compuesto por 22 Estados, teóricamente democrático y constitucional que, sin embargo, en la práctica mantenía la política autoritaria y centralista. Bismarck tenía los objetivos claros: aislar a Francia y exaltar la grandeza de Europa en Alemania, con la fuerza del ejército, una gran burocracia y una potente industria como herramientas para conseguirlo. Alemania se convirtió en una de las mayores potencias industriales del mundo con un gran sistema de relaciones internacionales.

Fórmulas diplomáticas complejas que tenían como fin último aislar a Francia para situar a Berlín en el centro de decisión de la vida diplomática, como símbolo de la política conservadora, monárquica y defensora del orden tradicional. Se formaron 3 sistemas principales: el primero (1873-1878) fue conocido como la Entente de los Tres Emperadores -Guillermo I (Alemania), Alejandro II (Rusia) y Francisco José (Austria)-, el segundo (1879-1885) formó la Dúplice Alianza (Alemania y Austria), el Acuerdo de los Tres Emperadores (1881), y la Triple Alianza (1882): Dúplice Alianza más Italia. El tercer sistema (1887-1890) renovó la Triple Alianza por cinco años (1887), se firmaron los Tratados del Mediterráneo (de los que España forma parte), y se firmó el Tratado de Reaseguro germano-ruso (1887).

Es decir, Bismarck logró una Triple Alianza integrada por Alemania, Austria-Hungría e Italia que duró hasta 1914, y, además, firmo un pacto bilateral con Rusia (Tratado de Reaseguro en 1877). Estos tratados fueron siempre secretos, contribuyendo a que se produjera un aumento de los mutuos recelos entre las naciones.

Situado al Este de Europa, se estructuraba en cuatro espacios territoriales: Austria, Hungría, los eslavos del Norte (antigua Checoslovaquia), y los eslavos del Sur (pueblo de gran heterogeneidad cultural, destacando serbios y croatas). Las revoluciones burguesas y liberales de 1848 hicieron que este imperio comenzase un proceso conflictivo coincidente con el inicio del reinado del emperador Francisco José I, de carácter autoritario. Se enfrentó a las revoluciones liberales y nacionalistas del imperio y fijó su mira en aquellas minorías que se rebelaban contra él.

Se dio el Compromiso de 1867, por el cual el Imperio austriaco se conformaba en una monarquía dual, es decir, dos estados en el Imperio, lo que hizo que no se resolviese el problema de las autonomías nacionalistas que a partir de dicho compromiso quedaban sometidos al yugo húngaro. Este imperio siempre estuvo en “peligro de explosión” por los diversos los conflictos internos provocados por la variedad étnica, religiosa y social de sus habitantes.

En lo que respecta a los Balcanes, el Imperio aplicó una política expansiva que buscaba en estos mercados una salida para los productos agrícolas y una forma de invertir en el ferrocarril que estaba siendo construido en el Sur. En 1908, se produjo la anexión de Bosnia y Herzegovina, provocándose un choque con los intereses rusos de esta zona, y a su vez, con los de Serbia.

Por aquella época, el Imperio Ruso contaba con una estructura económica feudal que provocaba un continuo malestar en el mundo rural; que llevó a que durante los años 1826 y 1861 se produjesen grandes revueltas agrarias. Además, una gran conmoción nacional se produjo cuando Rusia fue derrotada ante los turcos en la Guerra de Crimea (1853-1856). Lo que buscaba Rusia era una salida al mar. A pesar de la derrota, no cesó su interés en los territorios de los Balcanes, por lo que se enfrentó con Austria. Además, intentó expandirse hacia el océano Índico por Persia y Afganistán, pero Gran Bretaña le cerró el paso. No le quedo otra opción que abrirse paso hacia el Índico por Siberia, pero esto le costó una derrota naval ante Japón (1804-1805).

Aunque es cierto que los zares rusos salieron beneficiados de todo este proceso, no llegaron a conseguir que su inmenso Estado se convirtiese en una gran potencia.

Alejandro II, inició el período de las grandes reformas (1861-1863); sin embargo, se encontró con dos grandes obstáculos. El primero de ellos, los nacionalistas polacos, que no se conformaron con recuperar parte de su autonomía; y el segundo, la difusión del nihilismo, movimiento que iba en contra de cualquier norma establecida y del descontento parejo de la inteligencia. En 1866, se produjo una represión provocando que los opositores al régimen asumieran la táctica terrorista, asesinando al Zar en 1881.

Con Alejandro II y Nicolás I el Imperio entró en un período autocrático que finalizó con la Revolución Democrática de 1905. Las reformas democratizadoras no propiciaron estabilidad al Imperio, y fue por ello, que en la I Guerra Mundial ya estaba prácticamente descompuesto. A finales del siglo XIX dio comienzo un rápido proceso de industrialización provocado por la inversión de capital extranjero que trajo consigo un notable aumento en la población activa obrera, pero que también aumentó el descontento, la miseria y la conflictividad laboral.

Los turcos construyeron un gran imperio euroasiático en el siglo XV, que sobrevivió hasta 1919. En 1829, el sultán reconoció la independencia de Grecia y, desde 1866 se sucedieron las secesiones. En este mismo año, se consumó la de Rumania (1829), la de Bulgaria, Serbia y Montenegro (1878) y la de Creta (1908).

Estos nuevos Estados se constituyeron en monarquías parlamentarias, pero nunca tuvieron estabilidad, dado que estaban enfrentados entre ellos por cuestiones fronterizas. El punto de choque era Macedonia, que se encontraba bajo el dominio de los turcos y era pretendida por los búlgaros, griegos y serbios. Esto llevó a las guerras balcánicas de 1912 y 1913, convirtiéndose así, en una de las causas del estallido de la I Guerra Mundial.

Siglo XX: Estados Unidos al rescate

En este siglo dos potencias extraeuropeas entraron en el tablero geopolítico: Japón y Estados Unidos.

En 1914, el bloque territorial de Norteamérica estaba formado por los Estados Unidos. Un crecimiento extraordinario de la misma dio como fruto una configuración territorial, social, económica y política fuertemente cohesionada. Las Trece Colonias se declaran independientes en 1766, aunque fueron reconocidas tiempo más tarde, en 1783 por el Parlamento inglés tras una larga guerra. Estas ocupaban solamente el reborde atlántico de lo que hoy son los Estados Unidos de América.

Desde ellas, se desarrollo un gran esfuerzo para desarrollar una ampliación territorial hacia el Oeste. Como ya hemos mencionado, en 1783 eran Trece Colonias, pero en 1815 se sumaron cinco más. Tiempo más tarde, en 1861, cuando estalló la Guerra de Secesión, ya eran treintas. Por aquella época, la colonización ya había ganado la costa del Pacífico, pero aún le quedaba por ganar el centro y el Oeste, que estaba habitado por tribus indias nómadas.

La expansión territorial de Estados Unidos rompió su equilibrio interno. Los Estados Atlánticos del Norte contaban con una economía predominantemente agrícola, unas estructuras relativamente abiertas, una industria en desarrollo y un comercio pujante, donde dominaban las clases medias. Por otro lado, en los Estados del Sur, predominaba una economía cuyas bases se asentaban en las plantaciones, una sociedad aristócrata y esclavista. Ambas partes se encontraban en el seno de una federación que contaba con plena autonomía en el poder legislativo, ejecutivo y judicial; de manera que el Gobierno federal se reducía a dirigir la política exterior y a sostener los organismos y fuerzas indispensables para mantener la unidad, incluidos un poder ejecutivo supremo (presidente de los Estados Unidos), uno legislativo (supremo, bicameral-Senado y Congreso-) y un poder judicial supremo.

Ver: The West and American Ideals

Durante un tiempo estos dos modelos, Norte y Sur, mantuvieron fuerzas semejantes en el seno de la federación. Pero, con la conquista del Oeste y la incorporación de nuevos Estados, este equilibrio se fue fracturando a favor del modelo nordista, contrario a la esclavitud. Los sudistas, se inclinaron hacia la sustitución del federalismo por una confederación, optando así por la separación.

En 1860, Lincoln se convierte en el presidente de los Estados Unidos, dándose una nueva situación política donde el control de todo asunto nacional lo tendrían los del Norte. Once Estados se separan de la Unión, formando los llamados Estados secesionistas, y por ende la Confederación Sudista. El 15 de abril, Lincoln pide a los Estados leales defender la Unión, dando comienzo la Guerra de Secesión o Guerra Civil Estadounidense, entre los años 1864 y 1865, entre el Norte y el Sur, por diversos problemas, entre los que destacaba la esclavitud.

Esta guerra pone fin a dos problemas de gran envergadura en el país, el primero de ellos, la relación entre el gobierno federal y los Estados, y en segundo, a la esclavitud. El bando del Norte obtuvo la victoria, y tras ello comienza la reconstrucción, que provoca un gran resentimiento en el Sur, apareciendo así situaciones violentas y persecuciones racistas contra los negros y los blancos que les protegían con la organización conocida como Ku Klux Klan.

Los Estados Unidos acabaron de configurarse como gran potencia económica con gran poder de atracción. La afluencia de inmigrantes europeos dispuestos a poblarlo fue común, dando lugar a la teoría del melting-pot, según la cual la fusión de grupos heterogéneos blancos configuraría una raza mejor. Pero la avalancha de inmigrantes latinos y eslavos desde los años ochenta del siglo XIX, sobre una población mayoritariamente anglosajona y germana, desbarató los sueños del melting-pot , provocando otra forma de nacionalismo que pretendía mantener la primacía de la cultura WASP (White Anglo-Saxon Protestant ). Esto tendría una importancia enorme durante todo el siglo XX.

En el siglo XIX, la mayoría de los europeos no fueron conscientes de la envergadura de la potencia que se estaba fraguando en Norteamérica. Comenzaron a serlo cuando la flota estadounidense barrió a la española en la guerra de 1898 y, sobre todo, a partir de la Primera Guerra Mundial.

Formado por un conjunto de islas y situado en Extremo Oriente, en 1850, este país era casi desconocido para Occidente por su aislamiento desde hacía siglos. En 1850, el shogunado fue abolido por el emperador Mitsu-Hito, produciéndose así una transformación política y económica al estilo de Occidente. Por aquella época se abolió el feudalismo, reforzándose así las leyes, siendo los ciudadanos considerados iguales ante la ley. Se produjo una reorganización del ejército y se puso en marcha la occidentalización de Japón, de manera que pasó de ser un conjunto de islas atrasadas e invisibles para Occidente a ser un imperio moderno.

Comienza entonces, la era Meiji o época ilustrada, en la cual, Japón comienza a abrirse paso entre las grandes potencias Occidentales. Aunque los señores comienzan a perder sus derechos y privilegios, y se promulga la Constitución de 1869, el campesinado seguía viviendo en unas pésimas condiciones. Se produce un alto crecimiento de la población, se desarrolla la economía, produciéndose a su vez, cambios en las costumbres, forma de vida y en la educación. Estas serán las bases sobre las que se realizará el expansionismo japonés posteriormente.

¿Podríamos decir entonces que los siglos XVIII y XIX han sido de Europa, el XX de Estados Unidos y el XXI de Asia? ¡Ya lo veremos!

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