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El sector olivarero español

Una pandemia mundial como la que estamos sufriendo tiene consecuencias que llegan mucho más lejos de lo que nos imaginamos. Una de ellas es que la prensa está nublada con las diarias actualizaciones de la situación del Coronavirus, eclipsando prácticamente cualquier otra información, y evitando que estemos al día de las condiciones en temas de severa importancia o urgencia.

Es posible que los lectores recuerden las huelgas de agricultores anteriores a la pandemia, que demandaban acción del Gobierno ante la caída de los precios del aceite de oliva, entre otras demandas. La pregunta es, ¿qué fue de aquellas protestas?

En realidad la situación para los agricultores no ha mejorado. El estado en el que se encuentran los productores de aceitunas y aceite de oliva lleva años empeorando. Ello se debe a la entrada de nuevos competidores en países como Estados Unidos, que provocan una reducción en los precios de dichos productos, y a la escasa modernización del campo español.

Poniéndolo en perspectiva, hay que considerar que el olivo en 2019 contaba con cerca de 30.000 trabajadores y que en ese año se llegaron a facturar 685 mil toneladas de cosecha según los datos del INE, EPA y la Consejería de Agricultura. Todos esos factores demuestran la gran importancia de este cultivo para España, la principal productora mundial tanto por cantidad como por calidad.

Si bien es cierto que el consumo del aceite está estancado hoy día, ello se debe a que los principales productores, como son España, Italia y Grecia, que también son principales consumidores, han reducido su consumo. Esta reducción se asocia a la incierta situación económica de las mencionadas naciones.

En el resto del mundo el consumo aumenta, generando esta visión de estancamiento. Adicionalmente, la situación del coronavirus no ha hecho más que empeorar las cosas, provocando limitaciones en la producción y caídas mayores del consumo. Por último, los aranceles a productos europeos de Estados Unidos (represalia por los subsidios de la unión a Airbus) han afectado en gran medida al sector olivarero.

Con esta carga a sus espaldas, es de esperar que los agricultores protesten y pidan ayuda, más aún cuando se han dado recientemente recortes a las ayudas de la Política Agraria Común de la UE, necesario para la subsistencia de muchos cultivos. La cuestión se haya en qué se debe hacer. Por supuesto, ante una compleja situación como la descrita, no hay soluciones sencillas o inmediatas. Lo cierto es que la mejor salvación para este cultivo tan importante como histórico para España recae en una adaptación que requiere esfuerzo y tiempo.

Para empezar, el mejor camino al que puede optar el olivo español es el de la modernización completa. Tanto en tecnologías como en métodos y organización.

La actualización es necesaria para no quedarse anticuado en cualquier negocio. Lo contrario implica que los competidores lo harán en nuestro lugar, y nos acabaran superando. Los ejemplos de ello son incontables. Blockbuster y Kodak son de las más conocidas demostraciones del fenómeno de pasividad ante el cambio y la innovación. En el olivar, la mayor parte de los cultivos se cosechan con el método tradicional, sin apenas maquinaria, lo que conlleva más tiempo y esfuerzo.

Métodos intensivos y super-intensivos como solución

Los métodos intensivos y super-intensivos son más rentables. De hecho, los estudios de mercado dicen que los cultivos tradicionales venden habitualmente bajo pérdidas, manteniéndose solo gracias a subvenciones, ayudas y el trabajo familiar. Si se eliminan o reducen esas subvenciones y ayudas, o se da un relevo generacional que apoye la cosecha, esos cultivos no se podrán mantener. Ante esta situación, el Gobierno está actualizando la Ley de Cadena Alimentaria. En esta ley se prohíben estas ventas bajo pérdidas, además de determinadas prácticas fraudulentas.

Sin embargo, esto no cambia el hecho de que la cosecha tradicional siga siendo insuficientemente rentable, simplemente implica que ahora no pueden competir usando esos precios bajo coste, lo cual ha provocado controversia sobre esta ley, que parece apoyar a los cultivos más avanzados. Y viendo la situación presente, es posible que sea para mejor, si bien es cierto que los cultivos con relieve o los olivos de más de un tronco no pueden aplicar estas modernizaciones fácilmente.

Merece mención especial el que los cultivos tradicionales no implican más calidad, ya que tardan más en recoger la aceituna, provocando en ocasiones cosechas desperdiciadas o de menor calidad.

Modernización del sector olivarero español a través del marketing

Estos cultivos tradicionales deben adaptarse de otra forma. La modernización también puede darse a través del marketing. Esto implica no ya fuertes campañas publicitarias, que también son útiles y necesarias, si no estudios de mercado y de producto. Una característica importante del olivo es su grandísima diversidad. Hay multitud de variedades de aceite, más dulces, afrutados, salados, amargos… Esto supone una oportunidad factible para la diferenciación, con aplicaciones varias y facilidad para ofertar productos igualmente diversos a los consumidores. Pero no acaba ahí. Los diferentes cultivos, tradicional, intensivo o super-intensivo también permiten diferenciación en precios.

El tradicional puede aprovechar su método para diferenciarse como un producto que respeta la naturaleza (los otros dos métodos pueden dañar fauna como aves que anidan en los olivos). La diferenciación en calidad ya sucede hoy, con las etiquetas de oliva, virgen y virgen extra, aunque debe tenerse en cuenta que en países ajenos a esta categorización debe hacerse un esfuerzo por explicar que implica para el consumidor, o al menos simplificarla si se requiere.

Lo mismo sucede con las variedades mencionadas anteriormente, que una persona cercana a la producción de aceite puede reconocer y asociar particularidades a la misma (el “arbequina” es adulzado, por ejemplo), pero para un  consumidor sin experiencia puede ser desorientador. Por supuesto, siempre se puede aplicar la responsabilidad social corporativa o incluso embotellados creativos como aspectos diferenciadores, y se deben remarcar siempre los beneficios de salud innegables del aceite, así como su caracterizada escasa contaminación y potencial cultural.

Según los datos actuales del mercado, las casas de edades más avanzadas son las que más consumen. Será imperativo, por tanto, el atraer a los consumidores jóvenes, a la hostelería (ya que cada vez se come más fuera de casa) y a las industrias en las que el aceite pueda ser una buena alternativa como materia prima en su proceso productivo, como la del chocolate. La demanda creciente de países de Asia y Sudamérica, donde España es líder, también suponen una buena oportunidad para captar clientes, sobre todo si se tienen en cuenta los cercanos acuerdos comerciales de la UE con Mercosur y la apertura de la Nueva Ruta de la Seda.

Adaptación del campo olivarero español en materia organizativa

En materia organizativa, el campo olivarero también debe adaptarse. Por un lado, la distribución de propiedades es problemática, con muchos pequeños cultivos, a menudo actuando como segundas rentas para familias (no reinvirtiendo lo generado de nuevo en el cultivo). Esto dificulta el progreso y competitividad del aceite, ya que los grandes cultivos son más capaces de aprovechar economías de escala (dispersando ampliamente sus costes fijos en cada unidad de producto) para reducir costes. Las empresas deben pasar de ser cooperativas a formatos societarios como S.A. o S.L. con gerentes entrenados en materia de negocios, y cuyos dueños sean los agricultores cuya aportación en especie sean los propios cultivos.

Actualmente, el 75% de las empresas de producción de aceite son cooperativas. Cuanto más se avanza en la cadena de valor del aceite (más cerca del cliente último y más lejos del agricultor inicial), menos cooperativas hay, lo que refleja la incapacidad de estas para estar presentes en una gran parte de la creación de valor del aceite, la que se da en la distribución y comercialización. Este hecho hace que el envasado y distribución lo hagan otras empresas, que se adueñan de ese margen, y que a menudo están en otras comunidades fuera de las originarias, y hasta fuera de España.

Considerando todo lo dicho, el campo olivarero del futuro sería uno con una gran presencia de cultivos grandes y de cosecha intensiva en su mayoría, liderado por empresas modernizadas, diferenciadas, dueñas de la cadena de valor del aceite, si bien no hasta la distribución, sí hasta el envasado, y con un remarcado aspecto internacional y flexibilidad para la adaptación.

¿Qué supondrían estos cambios para España?

Por un lado, una salvaguarda de este imponente y adorado cultivo, pero también la creación de un mayor empleo de calidad, que implique preparación, educación en el uso de maquinarias y capacidad para innovar y crecer, aspectos que hoy día vemos en los sectores industriales. Este empleo de calidad también ayudaría a combatir la despoblación en regiones de España donde la agricultura clásica ya no es de interés para los jóvenes, que van a la ciudad en busca de oportunidades mejores.

La atracción de talento y la mayor rentabilidad y competitividad del sector olivarero también reducirían la pobreza en el sur de España, además de rebajar la inmigración que acude a estas regiones a suplir el trabajo que no realizan ciudadanos españoles.

Finalmente, ¿cómo puede el Gobierno facilitar este proceso de cambio?

Si bien el cambio de la Ley de Cadena Alimentaria parece estar orientado en este sentido, está claro que genera controversia. Mediar en acuerdos entre productores y distribuidores para que los primeros vendan a precios más altos, aunque justos, puede dañar aún más la demanda, ya que los segundos buscarían mejores opciones sustitutivas en otros productos, o simplemente no comprarían. Estas medidas pueden ser soluciones a corto plazo.

Lo mejor que puede hacer el Gobierno es abrir sistemas de ayudas dedicadas a la adaptación tecnológica y empresarial del campo. Estas ayudas pueden ser tanto subvenciones como cursos que ayuden a los agricultores a hacer este esfuerzo.

De cualquier forma, la salvación está y estará siempre en manos de los productores, que cada vez están más al día de la problemática que están viviendo, y se están reuniendo para salir adelante. Negar el cambio no será más que retrasar lo inevitable. Es cierto que estas modificaciones son duras, pero no tienen que hacerlas solos mientras el Estado siga ahí. En el futuro, yo, que he crecido con un horizonte sembrado de olivares, me enorgullecería al saber que podré seguir disfrutando de esas vistas en mi próspera tierra de origen.

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