La Gran Exposición Universal de 1851

La tradición de celebrar ferias comerciales se remonta a la Edad Media; en sus orígenes este tipo de muestras de productos artesanales era de carácter local, y no fue hasta las postrimerías o finales del siglo XVIII cuando, en la vecina Francia, surgió la idea de abrirlas a la nación, haciéndola partícipe de los nuevos descubrimientos e inventos de la época. Sin seguir una periodicidad determinada, las exposiciones francesas se sucedieron a lo largo del siglo XIX, suponiendo un punto de inflexión la edición celebrada en 1849. En ella coincidieron un conjunto de individuos de origen inglés que, quedando impresionados por las dimensiones de una feria que logró reunir en un mismo espacio más de 4.000 objetos, regresaron a Londres convencidos de la conveniencia de emular la idea francesa en suelo inglés, donde, dos años antes, se había organizado una modesta feria nacional que logró congregar a más de 200 expositores y a más de 20.000 visitantes.

Es a Thomas Cubitt a quien se le atribuye la idea de exportar el modelo parisino a Inglaterra, pero fue Henry Cole, otro de los asistentes a la edición francesa de 1849, quien propuso un ambicioso proyecto por el que las exposiciones celebradas en Londres superasen las dimensiones de las de París, celebrándose en escenarios tan emblemáticos como Trafalgar Square. Un proyecto de tal envergadura se antojaba inabarcable para la Real Comisión de las Bellas Artes, por lo que estas personalidades, junto con el ex Primer Ministro, Sir Robert Peel, deciden involucrar a la propia Monarquía, en la persona del Príncipe Alberto, esposo de la Reina Victoria.

La primera Gran Exposición Universal no puede entenderse sin el Príncipe Consorte, y a la inversa; esta exposición es la materialización del pensamiento político de un hombre adelantado a su tiempo, que había logrado sortear todo tipo de obstáculos, tanto en el ámbito doméstico como en el político. La figura histórica de Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha es digna de reconocimiento fuera las fronteras de Gran Bretaña por sus aportaciones a la educación, el arte, la industria y a la propia institución de la Monarquía; quizás, su faceta más desconocida es la internacionalista, pues en las actividades y acciones que promovió e impulsó está presente su objetivo primero y último, condensado en uno de sus míticos discursos, y éste no es otro que “the realization of the unity of mankind”.

Alberto era de origen alemán. Sobrino del ambicioso Leopoldo de Sajonia-Coburgo-Saalfeld, Rey de los belgas, el Príncipe, que desde edades muy tempranas demostró una gran inteligencia y una fuerte inclinación hacia las nuevas tecnologías, el arte y la música, recibió una educación muy rica y cuidada, algo insólito para alguien de su condición en el siglo XIX. Su padre y tío trazaron con gran celo un plan educativo que lo preparase para convertirse en Rey Consorte de la Reina de la nación que estaba llamada a ser la primera potencia mundial de las centurias presente y venideras; al contrario que muchos aristócratas, Alberto fue estudiante universitario, cursando sus estudios en la Universidad de Bonn y, como muchos alumnos en el presente, realizó su propio Erasmus: nos referimos al Grand Tour por las principales ciudades italianas, una suerte de viaje educativo, cuyos inicios se remontan al siglo XVIII, y que le valió para observar en primera persona las obras de los Grandes Maestros del Renacimiento.

Ver: Los grandes artistas del Renacimiento

Con todo este bagaje educativo y cultural, un jovencísimo Alberto pisa Londres en 1839 para contraer matrimonio con su prima hermana Victoria; sin embargo, el amor que la inexperta Reina sintió por su prometido no era extensible a la clase política, que siempre despreció y rechazó las ideas de Alberto: los políticos ingleses eran recelosos de sus competencias y prerrogativas constitucionales, así como de cualquier cosa proveniente de Alemania, y siempre vieron al joven como una amenaza, un extranjero con ideas extravagantes y aperturistas, que ponían en peligro tanto su poder como la tradición de su país.

Para alivio del Príncipe, entre la chovinista clase política del país que lo acogería por el resto de su vida, encontró a un hombre en el que se reconoció como un político reformista y liberal, igualmente incomprendido entre las filas del partido en el que militaba, el partido tory. Sir Robert Peel, en el contexto de la organización de las ferias comerciales, fue miembro de la Real Comisión de las Bellas Artes y líder de la subcomisión encargada de abordar la accesibilidad de todo el pueblo, especialmente, de los trabajadores, a los avances en ingeniería y en las artes. Y era éste, además, otro de los pilares fundamentales del pensamiento de Alberto: mejorar las condiciones de las clases obreras, a las que había que acercar la cultura y la educación.

La obra culmen del Príncipe Consorte es The Great Exhibition of the Works of Industry of All Nations, materia que es objeto de estas líneas; en ellas se pretende poner en valor y destacar las contribuciones de Alberto para con la presente Monarquía británica y con las propias bases de las democracias liberales de los siglos XX y XXI. Éstas descansan sobre la triada constituida por el crecimiento económico, el bienestar de la ciudadanía y el reconocimiento y garantía de derechos y libertades; son estas tres premisas las que entraña y engloba el conjunto de obras e ideas de Alberto, cuya máxima expresión es la organización de la primera exposición universal de la historia.

Cole, Cubitt, Peel y Francis Fuller se dirigieron al Príncipe para que promocionase su proyecto de una feria nacional que superase a las de París. La mente ávida de Alberto pronto advirtió que la idea representaba una plataforma en la que exhibir su modelo de nueva Monarquía, sustentada sobre sus sólidos principios, entre los que destacan la defensa del libre comercio y el sistema parlamentario de corte inglés. Así las cosas, Alberto condicionó su participación a que la ambición de la feria no se limitase a las fronteras del Reino Unido, sino que estuviera abierta a todas las naciones del mundo, convirtiéndose en un espacio en el que compartir el saber de toda la Humanidad. Exponiendo tal planteamiento, el Príncipe estaba poniendo en riesgo su propia posición y reputación en la Inglaterra de su esposa, no obstante, fue gracias a su extenuante trabajo y a su involucración en un proyecto que convirtió en su apuesta personal, lo que posibilitó que aún hoy la Gran Exposición de 1851 esté asociada, de manera indiscutible, a su nombre.

Los debates en torno al objetivo de la empresa que Alberto se disponía a acometer, demostraron que este joven de tan solo treinta y un años ambicionaba dar cuerpo a sus principios más sólidos, y así, the Great Exhibition debía aspirar a conseguir “peace, love and ready assistance, not only between individual, but between the nations of the earth”. Tamaño proyecto ordenaba un gran espacio en el que albergar las creaciones de la modernidad, por lo que, convencidos de que la ubicación más idónea era el corazón de Londres, lo que a continuación se persiguió fue ahorrarles a los futuros asistentes las imágenes de la miseria indisoluble con el mundo de humo que el progreso social y económico de la Revolución Industrial llevaban aparejado; y es que, en el centro de la capital británica, abundaban barrios que rezumaban la pobreza más extrema.

De esta forma, Cole propuso Hyde Park, siendo secundado por el propio Alberto; sin embargo, este extremo rápidamente se convirtió en objeto de críticas tanto de la prensa como de los tories más radicales: ambas partes alegaban que la monstruosa idea de ese Príncipe alemán acabaría con los centenarios árboles del parque, por lo que, sostenían, el nombre del esposo de su Reina acabaría unido a la de la contaminación y la de la profanación de la propia Casa Real, pues en este parque se insertaba (y se inserta) el Palacio de Buckingham, por cuyos alrededores transitarían extranjeros y delincuentes. Las duras y desalentadoras críticas se sucederían, desde entonces, hasta el mismo día de la inauguración.  

En 1850, acusando la muerte de Sir Robert Peel, uno de los escasos amigos que encontró en un país que lo repudiaba, un cansado Alberto se plantea seriamente abandonar un proyecto que solo contaba con detractores. Habiéndose seleccionado Hyde Park como sede del evento, el siguiente punto a tratar era el del diseño del edificio que albergaría semejante exposición. Se abrió un concurso para buscar modelos de edificios que se ajustasen tanto al coste asumible como a las expectativas estéticas: se presentaron 245 candidaturas, 38 de ellas, extranjeras; procediéndose a una preselección de 18 diseños, solo tres provenían de arquitectos ingleses, lo que provocó fuertes y duras críticas de la prensa. Para más inri, las propuestas escapaban al presupuesto establecido.

Fue en este momento cuando aparece en escena James Paxton, diseñador de un invernadero de lirios, construido enteramente empleando hierro y cristal, conocido como Lily House. De paso por Londres para revisar las obras de la Cámara de los Comunes, Paxton le propone a la subcomisión encargada de la organización del evento su modelo de invernadero, una propuesta económica que solo supondría el desembolso de 88.000£ de las 141.000 presupuestadas; asimismo, con ella, se conseguía acallar las críticas más feroces, supuestas defensoras de la flora del parque, pues el diseño planteado permitía albergar en su interior los árboles de Hyde Park. Es el famoso Crystal Palace, que se erigió en tan solo veintidós semanas, y en cuya construcción intervino el propio Alberto, al encargarse de la pintura, tanto interior como exterior del edificio que ha pasado a ser símbolo de vanguardia arquitectónica, del mundo industrial y de la modernidad; una masa de cristal de 34 metros de altura, 600 metros de largo y 120 de ancho, que, lamentablemente, fue pasto de las llamas en 1936.

Por fin, el 1 de mayo de 1851, la Gran Exposición abre sus puertas al público, produciéndose algo insólito hasta el momento, puesto que la Reina de Inglaterra y su esposo se codearon con el público, caminando a su lado; un hecho que, a día de hoy, es motivo de orgullo en el Reino Unido. Desde ese día hasta la clausura el 15 de octubre, más de seis millones de personas transitaron por esas imponentes paredes forjadas de hierro y cristal; todo ello gracias a la idea de Alberto de establecer tarifas en el precio de las entradas para los trabajadores, y eximiendo del pago a los pobres, que tendrían, así, acceso al recinto y a todas las maravillas que acogía en su seno. Los beneficios derivados del éxito cosechado por esta obra, expresión del aperturismo político y comercial que caracterizaba al marido de la Reina Victoria, han servido para que, aún en la actualidad, el conjunto de museos e instituciones educativas del sur de Londres continúen financiándose con la recaudación lograda.

La Gran Exposición Universal representa, pues, la materialización del ideario de Alberto, quien acercó el progreso a las clases más bajas, haciéndoles ver que formaban parte del mismo y que podían verse beneficiados; y quien demostró que las nuevas tecnologías podían contribuir a mejorar las condiciones sociales de los más desfavorecidos, y prueba de ello, es la muestra del prototipo de bloques de pisos, una idea emanada de la mente del propio Príncipe. Alberto enseñó cómo el libre comercio y el libre mercado podían constituir las bases de la cooperación internacional, pues su gran anhelo era la instauración de la paz en Europa.

No obstante, como ocurre hoy, la lacra de los nacionalismos más reaccionarios impidió que las virtudes y enseñanzas de este Príncipe cobrasen valor. Habría que esperar hasta 1945 para que las bases que sustentaron y erigieron el Crystal Palace inspirasen las políticas de los principales políticos y mandatarios internacionales; dos guerras mundiales hubieron de asolar Europa y aterrar al mundo para que instituciones como la ONU, u organizaciones supranacionales como la Unión Europea, que tiene por bandera el multilateralismo y la cooperación internacional, cobrasen protagonismo en la esfera internacional. Aun así, la idea de organizar anualmente una exposición de estas características se ha venido sucediendo desde 1851, y España puede presumir de haber acogido la celebración de varias de ellas, siendo las más recientes la popularmente conocida como Expo de Sevilla de 1992, o la de Zaragoza, que tuvo lugar en 2008.

Fuentes:Chancellor,

F. B. (1931). Prince Consort. Nueva York: L. MacVeagh, The Dial press.

Martin, T. (1875). The life of His Royal Highness the Prince consort. Volumen II. Londres: Smith, Elder, & co.

Merino Roselló, A. (2020). Un Rey Europeo sin Corona. El polifacético Príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha. Madrid: Universidad Rey Juan Carlos.

Rhodes James, R. (2017). Prince Albert. A biography. Londres: Pan Macmillan.

Wilson, A. (2019). Prince Albert, the man who saved the Monarchy. Londres: Atlantic Books Ltd.

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