La lucha feminista en América Latina: un grito de auxilio ante la violencia de género

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Uno de los primeros obstáculos con los que se encuentran quienes comienzan a adentrarse en las cuestiones de género para comprender los movimientos sociales de la actualidad es la epistemología feminista. Esta serie de conceptos con gran peso teórico puede llegar a ser una fuente de confusión, por lo que es importante tener en cuenta el origen histórico y social de lo que se habla. Si bien la definición de estos términos es subjetiva, son necesarios para nombrar aspectos de la realidad desde un punto de vista que, al tomar en cuenta los derechos y necesidades de la mujer, reivindique su papel en la sociedad.

Por consiguiente, para comprender la lucha contemporánea en esta región es preciso tomar como referencia la definición de una mujer feminista latinoamericana especialista en el tema. En este caso, Marcela Lagarde, política, antropóloga e investigadora mexicana define el feminismo en su artículo Enemistad y sororidad: hacia una nueva cultura feminista”, publicado en 1992, como un orden sociocultural que engloba una crítica hacia las mujeres, la sociedad, las culturas dominantes y se orienta a la construcción de espacios que no se funden en la opresión de forma genérica, clasista o racista.

El término feminismo data de la Edad Media, cuando era utilizado en el ámbito médico para denominar un trastorno derivado de la tuberculosis que afectaba la virilidad del hombre y los volvía susceptibles a un proceso de feminización; por lo que fue utilizado de forma misógina por escritores como Alejandro Dumas. Sin embargo, en un principio el uso de este término con connotación política y social se le atribuyó al filósofo socialista utópico francés del siglo XIX, Charles Fourier, quien consideraba que la emancipación de la mujer era una parte fundamental en la lucha de clases para lograr el progreso social.

No obstante, esta precisión histórica se considera incorrecta debido a que, más adelante, feministas como la escritora francesa Hubertine Auclert (1848-1914) emplearon el término con mayor exactitud. Se hizo alusión a la lucha por los derechos de las mujeres llevada a cabo en el siglo XVIII por Mary Wollstonecraft y Olimpia de Gouges, cuyas ideas de igualdad civil posteriores a la Revolución francesa caracterizaron a la primera ola de feminismo.

Ver: Así han sido las olas del feminismo desde el siglo XVIII hasta la actualidad

A mediados del siglo XIX y principios del siglo XX, surgió el feminismo socialista como corriente teórica de la segunda ola feminista, la cual tuvo lugar debido a la creciente participación de la mujer en la vida laboral durante la Primera Guerra Mundial. Fue impulsada por mujeres como Clara Zetkin, Rosa Luxemburgo y Alejandra Kollontai, filósofas socialistas quienes argumentaban que la opresión de la mujer era el resultado del capitalismo y el patriarcado como sistemas que dominaban la esfera pública y privada.

Estos son dos términos esenciales cuando se habla de la opresión hacia la mujer. El capitalismo es el sistema económico que se caracteriza por la privatización de los medios de producción y la acumulación incesante de capital. El patriarcado es el sistema social en el que los hombres representan y ejercen el poder central de dominación. Por lo tanto, la combinación de ambos genera una sociedad en la que la política y la economía conforman una estructura jerárquica que oprime con base al género.

Ver: Capitalismo y patriarcado: la doble desigualdad de la mujer

El contexto de la región

La corriente del feminismo socialista, aunque ha pasado por una serie de reestructuraciones, continúa vigente y hoy en día toma cada vez más relevancia en la sociedad latinoamericana. Si bien se puede hablar de feminismo en América Latina desde el siglo XVII con Juana de Asbaje (Sor Juana Inés de la Cruz), escritora novohispana que abogó por la educación de las mujeres, la influencia política, social y cultural de estos ideales no se vería reflejada sino hasta el siglo XX, en el contexto de la tercera ola feminista y el despertar generacional de 1968.

El común denominador entre los países de América Latina es el proceso colonizador, del cual se remonta la estructura patriarcal y religiosa que prevalece hasta la actualidad. No obstante, este no es el único aspecto que comparten; el narcotráfico es una problemática directamente relacionada con la violencia en esta región. Sin embargo, es importante precisar que, a pesar de que el número de asesinatos corresponde en mayor medida a hombres, las causas de los crímenes cometidos contra mujeres difieren significativamente.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) define el feminicidio como un “asesinato de una mujer por el hecho de serlo, el final de una violencia continua y la manifestación más violenta de la sociedad patriarcal”. En 2012, México se convirtió en el primer país en tipificar el delito de feminicidio en su Código Penal Federal. Debido a la visibilidad que atrajeron los casos de feminicidio que han tenido lugar en Ciudad Juárez (Chihuahua) desde 1993, una de las ciudades más peligrosas del mundo.

Ver: La cultura del feminicidio en Ciudad Juárez, 1993-1999

Cuando a un índice de violencia tan elevado se le añade la interferencia de la Iglesia en la vida política, se llega a casos como los de El Salvador, Honduras, Nicaragua y República Dominicana, en donde se penaliza completamente la interrupción del embarazo aún bajo las causales más elementales para el bienestar físico y emocional de las mujeres. Esta norma legislativa tan arbitraria ocasiona que los Estados incurran en una serie de violaciones de los derechos humanos.

Bajo este contexto, es más fácil entender la radicalidad del feminismo latinoamericano, que a menudo se asocia con el feminismo socialista, debido a que ambos apoyan una revolución sexual que erradique la violencia de género. No obstante, el feminismo radical y el feminismo socialista difieren en cuanto a la atribución en mayor o menor medida de la fuente de opresión hacia la mujer; el primero la adjudica principalmente al patriarcado y el segundo a la base capitalista en la que tiene lugar este sistema patriarcal.

Sin embargo, existen otros tipos de feminismos en la región, entre los principales; el liberal, que busca la igualdad de derechos entre hombres y mujeres; el abolicionista, que se pronuncia en contra de la mercantilización del cuerpo femenino; el transfeminismo, que apoya la auto designación de la identidad, ya sea en términos biológicos o psicológicos; el ecofeminismo, que compara la explotación de la tierra con la de la mujer; y el interseccional, que para lograr la inclusión toma en cuenta los diferentes ejes que engloba la opresión femenina (raza, clase social, etc).

A pesar de que la desconfiguración del movimiento feminista podría aparentar una decadencia de objetivos claros, estas corrientes han conseguido unificarse en los principios más elementales para el bienestar de la mujer. Ésto se ve reflejado en el creciente número de colectivos feministas, que han organizado en repetidas ocasiones muestras de inconformidad social. Los crímenes de odio y el constante acoso reflejan una realidad en la que las mujeres latinoamericanas aún son víctimas de opresión social, cultural, política y económica; por lo que se ven en la necesidad de alzar la voz para concientizar al Estado y a la sociedad.

La agenda feminista

A pesar de las reformas laborales que garantizan la igualdad salarial entre hombres y mujeres, la realidad es que el sesgo de género continúa vigente en este ámbito. De acuerdo con el informe “The Global Gender Gap Report 2020” publicado por el Foro Económico Mundial, los países de América Latina con mayor brecha salarial por género a nivel mundial son Costa Rica (puesto no. 13), Colombia (no. 22), México (no. 25) y Argentina (no. 30).

Asimismo, el trabajo reproductivo permanece un aspecto subrepresentado en las políticas económicas de los países. La crianza y el cuidado del hogar son actividades realizadas en mayor medida por mujeres, y a pesar de ello, es un aspecto invisibilizado en la economía. Es aquí cuando entra en juego nuevamente el papel del capitalismo, para el cual es esencial que esta situación continúe; se beneficia del valor intangible que estas actividades generan y, de esta manera, se perpetúa el ciclo de acumulación de capital.

En México, la iniciativa #UnDíaSinMujeres convocó a la población femenina al cese de actividades laborales y académicas el día posterior a la megamarcha por el día internacional de la mujer. El paro nacional del 9 de marzo de 2020 fue algo nunca visto en América Latina; mostró el impacto de la desaparición de las mujeres en términos sociales y económicos. De acuerdo a un artículo publicado por El Economista, se estima que las mujeres mexicanas aportan 23,200 millones de pesos a la economía, a lo que se le agregan 11,317 millones por las actividades no remuneradas.

Esta medida fue propuesta por las colectivas feministas con la intención de demostrar que el Estado debe tomar acciones contundentes ante las diez mujeres que mueren cada día en México para evitar que ésto llegue a representar un problema para la economía del país. Sin embargo, a pesar de que las pérdidas económicas del 9 de marzo superaron las expectativas y tuvo un impacto de 37,000 millones de pesos, estas pérdidas son simbólicas comparadas con los miles de feminicidios anuales.

El acoso callejero es uno de los principales tipos de violencia de género con las que las mujeres se ven obligadas a lidiar diariamente. Sin embargo, las demandas por parte de grupos feministas han logrado avanzar en términos legales; en 2015 se aprobó en Perú la Ley para prevenir y sancionar el acoso sexual en espacios públicos”. Asimismo, en Chile (2019) y Costa Rica (2020) entró en vigor una ley que castiga el acoso callejero con multas y penas de cárcel.

No obstante, la pandemia del COVID-19 ha generado riesgos adicionales para las mujeres y niñas que sufren de violencia doméstica, quienes ahora se encuentran confinadas con su agresor. En Argentina, al igual que en otros países, las denuncias por esta causa se han incrementado en un 39% durante la cuarentena, por lo que el gobierno ha tomado medidas, tales como la apertura de refugios y el establecimiento de protocolos de denuncia.

En 2015, las colectivas feministas argentinas organizaron la primera movilización #NiUnaMenos y realizaron demandas por las que continúan luchando pese al escenario pandémico, en el que las redes sociales han jugado un papel fundamental para la difusión de las protestas virtuales. La violencia de género durante el confinamiento confirma los versos de la canción chilena “Un violador en tu camino”, creada por la colectiva feminista “Las Tesis” e inspirada por el movimiento feminista argentino; esta situación es un problema estructural en la que bajo ninguna causal se le puede atribuir la culpa a las víctimas.

La penalización radical del aborto constituye una práctica inhumana en la que se vinculan la injusticia social y la feminización de la pobreza. Son las mujeres de los sectores con bajo nivel de ingresos las que acuden a los hospitales públicos en busca de atención médica y terminan siendo acusadas de aborto inducido o inclusive de tentativa de homicidio. Ante esta situación, los médicos y el personal de salud se encuentran en una encrucijada; la ley los obliga a reportar en caso de que existan sospechas de aborto provocado, de no hacerlo, les espera igualmente un proceso judicial.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y Amnistía Internacional han actuado en los casos de negligencia jurídica en este tema en El Salvador, Honduras, Nicaragua y República Dominicana. El papel de los organismos internacionales y las colectivas feministas ha sido fundamental para realizar apelaciones a las Cortes de Justicia de estos países, ya que las mujeres acusadas no sólo desconocen el procedimiento judicial que enfrentan, tampoco cuentan con los recursos para contratar abogados privados, por lo que la protección de sus derechos queda casi por completo en manos del Estado.

En los tratados internacionales la discusión en cuanto al aborto se ha concentrado en el alcance de la protección del derecho a la vida, los cuales entran en contradicción con los de las mujeres embarazadas. Las organizaciones a favor de la vida defienden el derecho del ser humano desde la concepción, sin embargo, en los casos en los que la vida de la mujer peligra es cuando entra en escena el debate de ¿qué vida privilegiar?, ¿la de la madre o la del feto?

La protección de los derechos de la mujer no busca privilegiar una vida por encima de otra, sino otorgar a la mujer los derechos reproductivos correspondientes. Estas leyes ocasionan una sociedad precaria en la que la vulnerabilidad socioeconómica de las mujeres les cuesta la libertad o incluso la vida. Ante esta situación, el feminismo mantiene fuertemente la lucha por la despenalización de la interrupción del embarazo como un paso necesario para lograr la igualdad de género.

“Mi cuerpo es mío, yo decido. Tengo autonomía, yo soy mía” es una de las principales consignas de la práctica feminista, lo cual es necesario en una región en la que los abortos clandestinos han llegado a contabilizarse en 5 mil y 10 mil muertes anuales. Sin embargo, es importante recordar que el feminismo defiende la legalización del aborto para que cada mujer ejerza el poder de decisión, no para que esta medida se convierta en un método de discriminación social en el que se les arrebaten los derechos reproductivos a los sectores de bajo nivel socioeconómico.

Según la Comisión Económica para Latinoamérica y el Caribe (CEPAL), en 2018 el número de feminicidios en esta región ascendía a 3,529. Los países con las tasas más elevadas son El Salvador, Honduras, Bolivia, Guatemala y República Dominicana, los cuales engloban una serie de características que los hacen significativamente violentos para las mujeres. La práctica feminicida es producto de una cultura misógina en la que los “actos menores de violencia de género” son normalizados por la sociedad patriarcal.

De acuerdo con Isabel Claudia Martínez Álvarez, consultora en derecho penal y perspectiva de género, un feminicidio se diferencia de un homicidio por ser el asesinato de una mujer en el que se le arrebatan otros bienes jurídicos a la víctima además de la vida, tales como la dignidad y la integridad. Asimismo, es un crimen intencional, debido a que existen conductas de violencia de género previas o posteriores a la muerte de la víctima.

El movimiento feminista se pronuncia en contra de la impunidad judicial ante los feminicidios; las marchas y protestas atraen el foco de atención a los casos. En Argentina, el caso de Michaela García, mujer universitaria de 21 años y participante activa de #NiUnaMenos, causó conmoción en abril de 2016 debido a los antecedentes de su feminicida, quien contaba con condenas previas y sólo tenía permitido salidas autorizadas. De igual manera, en México, el caso de Ingrid Escamilla, una mujer universitaria de 25 años que fue asesinada brutalmente por su pareja en enero de 2020, movilizó a las colectivas feministas de todo el país.

Estos son un par de casos que ejemplifican la realidad de todos los días en América Latina, una de las regiones más letales para la población femenina. La cultura machista en la que participan hombres y mujeres genera desigualdad de género desde el núcleo familiar. Esta es la razón principal por la que el feminismo promueve la deconstrucción de los roles de género y se pronuncia en contra de la participación de hombres en el movimiento, puesto que se considera que su rol recae en deshacerse de los patrones de pensamiento causantes de la masculinidad tóxica.

Consideraciones finales

La propagación del feminismo en América Latina corresponde a la urgencia de protección por parte del Estado. Las manifestaciones feministas en las que se daña la propiedad privada han sido catalogadas como actos violentos, sin embargo, el pensamiento crítico detrás de ellos tiene sus fundamentos en el feminismo radical y socialista; se vandalizan las sucursales de las grandes corporaciones capitalistas que mercantilizan al ser humano y a la naturaleza, se pintan los monumentos porque son bienes culturales del Estado que dejan de representar valores democráticos cuando la voz de la mitad de la población es silenciada.

A lo anterior se le conoce como iconoclasia, es decir, la destrucción de símbolos o monumentos con fines políticos o religiosos. Las protestas feministas son una forma de expresión válida ante la cruda realidad de gobiernos que ponen en tela de juicio diariamente los testimonios de miles de mujeres y niñas. Sin embargo, es importante recordar que no se debe asociar al feminismo con el desprecio al sexo masculino (misandria), lo que se busca abolir las prácticas machistas que fomenta el sistema patriarcal.

El feminismo es un portavoz para las mujeres; busca que las mujeres obtengan la capacidad de decidir, desde cuestiones tan elementales como la libre elección de vestimenta sin temor al acoso hasta la del poder de decisión sobre la maternidad. De igual manera, la sororidad como uno de sus principios se orienta a la unión y la inclusión; es una invitación abierta a la alianza entre mujeres para luchar por una América Latina libre de violencia de género.

Quienes no se mueven, no notan sus cadenas

Rosa Luxemburgo
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