Dice la Enciclopedia Stanford de Filosofía que el relativismo cultural es un concepto usado de forma errónea, a pesar de la gran cantidad de veces que se cita… ¡Y tienen razón! CHAN CHAAN.

Tenía muchas ganas de hacer este artículo. Es una oportunidad genial para contar los problemas de praxis que se dan con las divergencias entre el concepto original y el actual de relativismo cultural, y de cómo esto ha hecho que la crítica que se hace de él esté orientada de forma errónea. Agarraos, que este artículo os va a cambiar la vida.

Bueno, a lo mejor no, pero probablemente os dé una nueva perspectiva sobre las relaciones interculturales.

¡Empecemos!

El relativismo cultural es un tema muy curioso. El concepto a penas cumple un siglo y su doctrina ha evolucionado más y más rápido que muchas otras doctrinas sociológicas, filosóficas y morales que podamos encontrar en Occidente o Asia.

Lo curioso es que habiendo nacido para responder a la desigualdad e injusticia social generada por el imperialismo occidental de finales del siglo XIX y principios del XX, hoy, en las universidades de todo el mundo, se utiliza como una herramienta para entender las diferencias de comportamiento cuando dos o más culturas diferentes interactúan entre ellas. Esto es, aplicándose a la diplomacia, negociación, negocios internacionales, etc.

De hecho, la primera vez que decidí profundizar en la temática, me llevé una sorpresa: el uso que se le da al relativismo cultural hoy en día es muy diferente de los motivos por los cuales fue desarrollado el concepto. Y aun así no he sido capaz de encontrar a nadie hablando de ello. ¡Y no es precisamente que su uso original haya quedado obsoleto frente a las necesidades de hoy!

¡Bienvenidos pues! En este post exploraremos la definición básica de relativismo cultural, explicaremos lo que se enseña sobre el concepto en las universidades y repasaremos la crítica que se hace. Pero lo más divertido viene en la segunda parte: vamos a profundizar en el concepto original del relativismo cultural, las motivaciones reales de Franz Boas a la hora de desarrollar su filosofía y cómo las subculturas tienen un papel clave a la hora de entender y aplicar el concepto original en la sociedad de la información. Finalmente, remataremos este artículo de la forma que más me gusta: criticando a la crítica, y demostrando por qué ésta no tiene fundamento real. ¡Vamos pues!

Y lo haremos con una definición simple, pero científicamente aceptada: el relativismo cultural consiste en la idea de que las normas sociales deben evaluarse desde un punto de vista interno, con respecto a la cultura que las genera. Esto es, dejar atrás las convicciones de nuestra propia cultura para ponernos en el lugar cultural de las personas o grupos que estemos observando. Según el relativismo cultural, debemos asumir que tanto nuestra propia cultura, como la que estamos evaluando son igualmente válidas.

Fundamentalmente, esta doctrina pretende explicar algo muy básico: en el mundo hay muchas culturas y todas ellas diferentes. Estas culturas se comportan en función de ciertas normas, desarrolladas a lo largo de los siglos y que son aceptables dentro de cada sociedad.

Se suele contraponer con el etnocentrismo, que consiste en la creencia de un grupo cultural como superior al resto, así como la convicción de la posesión del derecho de dicho grupo a reconocer sus valores morales, comportamientos sociales y reglas culturales como las únicas universalmente válidas. Cualquier sociedad ajena es considerada como inferior por un grupo etnocentrista.

Precisamente (y sin necesidad de entrar en terreno etnocentrista) el hecho de que cada cultura sea diferente provoca que, un determinado comportamiento aceptado dentro una sociedad pueda ser rechazado dentro de otra. Un ejemplo muy básico es la forma en la que ciertas culturas conciben el beso: En España, las personas se dan dos besos al saludarse y es completamente normal. Sin embargo, hacer eso en Finlandia puede no ser la mejor de las ideas.

Es esta visión modernizada de las interacciones interculturales en la que se centran los esfuerzos del relativismo cultural hoy en día.

Y realmente tiene su sentido. El mundo acaba de entrar en una era en la que las relaciones entre personas en distintos puntos del planeta se han vuelto algo común. El derecho internacional, el comercio internacional, las relaciones internacionales de todo tipo están a un click de distancia. Estamos en una “Aldea Global”, como diría el canadiense McLuhan, en la que la información fluye de un punto a otro de la Tierra en cuestión de nanosegundos.

Hoy no es raro ver una reunión entre americanos, brasileños y japoneses haciéndose socios para expandir sus negocios de fabricación de piezas de automóviles. O un congreso organizado por canadienses, suecos, rusos y saudíes sobre técnicas de extracción de petróleo.

Y es que el comercio internacional amistoso y en condiciones igualitarias es algo propio de la sociedad actual. Antes se hacía de otra manera (ya hablaremos sobre el imperialismo y el colonialismo en su momento). Por lo tanto, es razonable que la perspectiva que se haya adoptado en el relativismo cultural sirva como una ayuda para fomentar una comunicación y un comportamiento aceptables para cada cultura involucrada en un determinado evento de carácter internacional.

La pregunta de si las diferencias culturales serán fuente de conflicto en el futuro también es interesante y puede dar pie a una publicación en su momento. Hay que tener en cuenta que, con la constante interacción de cada vez más personas con el resto del mundo, podría darse el momento en el que se genere una supra cultura globalmente aceptada (como la americanización) que marque las relaciones entre personas de diferentes orígenes, quedando las culturas de origen en un segundo plano, o relegadas a un uso local.

Pero volvamos al relativismo cultural. Aunque toda esta perspectiva tenga un sentido práctico perfectamente útil, también me veo obligado a afirmar que se está perdiendo gran parte del potencial que el estudio del relativismo cultural ofrece. No solo esto, sino que además me atrevo a afirmar que existe una mala praxis del concepto del relativismo cultural que llega a desvincularlo de su idea original y genera una crítica totalmente desorientada e imprecisa.

La última frase me ha quedado muy pedante. Vamos a intentar explicarlo de forma que se entienda un poco mejor.

Pongámonos en la siguiente situación: sois estudiantes, ya sea de instituto, grado o máster, da igual de qué país. Vuestro profesor de ética/sociología/international affairs/etc., entra en el aula y da los buenos días. Tras pelearse 10 minutos con el ordenador intentando abrir su presentación en power point, por fin logra proyectar la primera diapositiva: “Relativismo Cultural”.

Vuestro profesor introduce el término, como hemos hecho al principio de este post; os suelta todo el rollo de que, según esta doctrina, no se puede juzgar una cultura con una visión externa y que, por tanto, no podemos afirmar que una cultura ajena está haciendo algo bien o mal en función de sus acciones.

Entonces, el profesor suelta la preguntita: “¿Y vosotros qué creéis? ¿pensáis que no debemos juzgar otras culturas si no somos parte de ellas?”

Y siempre, SIEMPRE se dan los mismos arquetipos de personas respondiendo:

  • El que no tiene nada que aportar, pero aun así levanta la mano: “yo creo que es verdad porque nosotros no somos nadie para juzgar lo que hagan otros” (gracias por la aportación).
  • El que va de intelectual y suelta el discursito del holocausto, primera crítica: “pero si no podemos juzgar a otras culturas, ¿podemos realmente decir que no podemos juzgar el holocausto, porque así era la cultura alemana de mediados del siglo XX?”
  • El colega que se suma al intelectual, mi favorito (yo era este, no hace mucho): “eso es verdad o, por ejemplo, cuando las civilizaciones antiguas se dedicaban a hacer sacrificios humanos a sus dioses, ¿podemos decir que eso era aceptable, porque así era su cultura? No creo que todo valga”.

Al final, la clase acaba sumergida en un debate en el que hay que respetar otras culturas, pero que no todo vale y, bueno, que dónde está el punto medio. Que, si los derechos humanos son ese mínimo que tiene que ser respetado por todos pero que, bueno, que hay países que no los respetan y que, si es porque son malos, o por que son una muestra del relativismo cultural y bla bla y bla bla y bla bla…

Esta pequeña representación de un debate entre estudiantes sobre el relativismo cultural no es sino una parodia, eso sí, algo simplificada de las críticas que recibe el relativismo cultural tal y como se estudia hoy en día.

Y no son pocas las autoridades que se han posicionado abiertamente en contra del relativismo cultural. No hace mucho, el propio Papa Benedicto XVI se sumó a la crítica con el simple argumento de “no todo vale”.

Ver este tipo de críticas realmente me hace preguntarme si la gente realmente conoce la profundidad que verdaderamente alcanza el concepto del relativismo cultural. Porque, si se conocieran, sabrían que estas críticas no tendrían mucho sentido.

Y llegados a este punto del artículo, probablemente ya estaréis pensando: “vamos a ver, ¿a dónde quieres llegar con todo esto?”

Vamos a ello. Ésta es la parte jugosa del artículo.

Tal y como contaba antes, la definición del relativismo cultural ha evolucionado con el tiempo. Y lo ha hecho de una forma mucho más rápida que muchas otras doctrinas sociológicas. El problema está en que, esa evolución tan rápida ha hecho que el concepto actual, aunque útil en ciertas circunstancias ya mencionadas antes, se desvincule en gran medida de su propósito y significado originales.

Ahora es cuando hablamos de lo que realmente significa el relativismo cultural.

Para ello, tenemos que remontarnos a principios del siglo XX. Si bien, fue un concepto acuñado por un señor llamado Alain Locke, quien lo introdujo en el Oxford English Dictionary en 1924, basado en las teorías recopiladas por otro señor llamado Robert Lowie, en su obra “Cultura y etnología”, donde introduce el concepto “relativismo cultural extremo”; ambos autores se inspiran en las ideas desarrolladas por Franz Boas, considerado el fundador de la doctrina.

Curiosamente, las ideas de Boas, en un plano abstracto no se diferencian tanto de las que se aplican al concepto actual del relativismo cultural. Es, sin embargo, en la práctica donde podemos encontrar la principal diferencia.

Para ello, tenemos que ponernos en el contexto de Boas. Él vivió entre 1858 y 1942.

Para hacernos una idea de lo que esto significa, solo tenemos que hacer un repaso de algunos de los principales eventos históricos que ocurren entre esas dos fechas:

Entre muchos otros conflictos que, de hecho, se extendieron mucho más de lo que duró la vida de Boas.

Lo que podemos ver aquí es que nuestro autor vivió en un mundo dominado por ese etnocentrismo ya antes mencionado, que además convivía con otra corriente pseudocientífica conocida como el racismo científico.

Esta pseudociencia se usó durante los dos siglos pasados para justificar la superioridad del hombre blanco sobre el resto de las razas. Tranquis, fue en el año 1950 cuando la Unesco publicó un informe donde científicos de todo tipo de disciplinas llegaron a un acuerdo unánime sobre el absurdo de esta doctrina. Aun así, fue un argumento ampliamente usado por los imperios hegemónicos para justificar sus conquistas, el uso de la esclavitud y muchas otras cosas… Y lo peor es que aún hoy se pueden encontrar defensores de su causa.

Podemos ver, por lo tanto, que en sus orígenes no se trataba de una cuestión de señores alemanes y brasileños buscando la forma políticamente correcta de hacer negocios. Es una cuestión de sociedades enteras ejerciendo un abuso de poder sobre otras, hasta el punto de llevarlas a la pérdida de libertades, identidad cultural y racial, esclavitud e incluso masacres masivas.

Lo que vemos con la creación de la doctrina del relativismo cultural, es, de hecho, un grito de Franz Boas contra las grandes potencias de los siglos XIX y XX hacia las cuales dice “¡Basta!” El relativismo cultural, en su forma original, nace precisamente para denunciar los abusos de poder de las culturas poderosas hacia las culturas indefensas. Éste busca justificar que una cultura subsahariana es igual de válida que una cultura occidental, y que, por lo tanto, sus valores, tradiciones, comportamientos y libertades deben respetarse y mantenerse.

Es ahí donde reside el verdadero valor del relativismo cultural. A diferencia de lo que defiende la crítica anteriormente mencionada, Ésta es una herramienta perfecta para apoyar a los derechos humanos.

Perfecto. Nuestro post ya va cobrando sentido. Ahora te preguntarás qué pintan las subculturas en todo esto.

Como ya mencionamos al principio de este post, las subculturas también juegan su parte dentro del relativismo cultural. ¿por qué? Muy simple. Las subculturas no son más que culturas diferenciadas dentro de un contexto cultural más amplio. Muchas veces la diferencia entre una cultura y una subcultura reside en el mero hecho de que la primera se da para definir a una población en un momento y lugar, y la subcultura sirve para identificar diferentes grupos de población dentro de ese mismo momento y lugar.

Simplemente significa que los grupos de gente no son homogéneos dentro de sus propios países.

¿Y por qué es importante pensar también en las subculturas cuando hablamos de relativismo cultural? Al fin y al cabo, es más de lo mismo, ¿no?

Pues sí y no. Me explico.

Cuando hablamos de relativismo cultural, solemos cometer el error de establecer la relación “país=cultura”. En términos explicativos funciona para entender el relativismo cultural en su forma más básica. Pero la realidad es que existen diferencias mucho más profundas.

Para entender esto pongamos un nuevo ejemplo: Estados Unidos. Y cojamos a dos de sus subculturas más mediáticas de las últimas semanas, la clase media-alta blanca y la comunidad negra (una vez más, hablo en términos extremadamente genéricos en pro del entendimiento).

Tenemos un mismo territorio nacional, y, sin embargo, dos subculturas que, a pesar de compartirlo desde la fundación del país, han vivido experiencias completamente diferentes, hasta el punto en que los miembros de dichas subculturas se comportan bajo marcos de reglas sociales muy diferentes.

Esto es importante porque el relativismo cultural en su concepción original también funciona en este nivel subcultural. Es además aquí donde podemos demostrar que la crítica no solo está equivocada, sino que además nunca ha tenido ningún sentido.

Pongamos el escenario previo: Estados Unidos a mediados del siglo XIX. Mientras que la crítica al relativismo cultural diría: “Estados Unidos es una sociedad esclavista. Esa es su cultura. ¿Debemos respetarla por ello? ¡No! El relativismo cultural falla en este aspecto.

A eso, el relativismo cultural simplemente respondería: “La esclavitud en Estados Unidos es el resultado de una subcultura etnocéntrica que usó su superioridad para someter a otra subcultura con menos recursos. Desde un punto de vista del relativismo cultural original, debe condenarse a la subcultura blanca por imponerse sobre otra. Ambas son igualmente válidas y, por lo tanto, deberían comportarse como tales. El relativismo cultural no falla a la hora de condenar los abusos sobre los débiles, sino todo lo contrario: fue creada precisamente para ello”.

Ese es el motivo por el cual me resulta incluso gracioso el hecho de que, la crítica actual reprocha al relativismo cultural por no defender lo que, precisamente, sí defiende en su concepción original.

¿Queréis dos ejemplos más? Volvamos a nuestros estudiantes.

A lo que uno de los estudiantes criticaba al relativismo cultural porque, llevado al extremo podría usarse para defender el holocausto, la visión originaria del relativismo cultural le respondería que no, sino que lo condena, ya que es el resultado de una subcultura etnocéntrica aria imponiendo su fuerza sobre una subcultura judía con la que comparte territorio.

Al que le apoyaba hablando de las civilizaciones antiguas haciendo sacrificios humanos, lo mismo. Cuando hablamos de civilizaciones en las que la subcultura del alto clero toma miembros de la clase esclava para realizar sacrificios humanos, estamos en las mismas.

Aquí pueden entrar en debate los ejemplos de sociedades que permiten rituales donde sus miembros, de manera totalmente libre, aceptan su muerte. Como ejemplos tenemos a los kamikazes en japón de la Segunda Guerra Mundial o los países que han legalizado la eutanasia. Pero creo que entrar en un debate sobre el suicidio voluntario se sale del tema de este artículo y de los puntos principales que pretende defender (y si no, podemos abrirlo en los comentarios).

Vistos los ejemplos podemos pulir las conclusiones. Toda esta área poco explorada del relativismo cultural hace que la crítica, como ya hemos defendido, esté mal enfocada. El “no todo vale” de Benedicto es correcto, pero no tiene sentido al usarse contra el relativismo cultural porque, simplemente, ambos mensajes persiguen el mismo objetivo. Son las nuevas aplicaciones del concepto, su desvinculación con su propósito original y su poca profundidad a la hora de estudiarlo lo que hacen que el relativismo cultural corra el peligro de quedar reducido a un debate entre estudiantes que nunca llevará a ningún lado.

Y eso es una pena. Las aplicaciones potenciales de las teorías y propósitos originales del relativismo cultural todavía pueden ser relevantes en nuestra era. Los conflictos internacionales están a la orden del día, así como lo están los conflictos interculturales. Desde el movimiento Black Lives Matter hasta el eterno conflicto de Israel y Palestina, pasando por actividades como el neocolonialismo o las infracciones de derechos humanos, el concepto original del relativismo cultural, así como su aplicación a nivel subcultural puede contribuir a establecer un marco moral legítimo que permita identificar y denunciar a aquellas sociedades que abusan de su poder. Y eso debería ser suficiente motivo como para retomar esta perspectiva tan en desuso.

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