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Chile es un país desigual, y esto es parte de su herencia histórica, un rasgo de la forma en la que se estructura su sociedad desde los inicios hasta la actualidad. 

El crecimiento económico que el Estado chileno ha experimentado en las últimas décadas es indudable. Para muchos economistas de países en vías de desarrollo, el modelo chileno era el faro al que dirigirse. No obstante, ¿de qué forma se ha estructurado este desarrollo?

La existencia de enormes diferenciaciones socioeconómicas, que se reflejan en zonas en las que la marginalización y segregación, es una realidad. El trato discriminatorio entre la sociedad, y capacidades reducidas de influencia y poder marcan la existencia de una desigualdad de base en la composición social chilena.

Uno de los datos que caracterizan esta desigualdad es la concentración de ingreso y riqueza en un 1% de la población. Es decir, el 33% del ingreso que genera la economía chilena lo recoge el 1% más rico de la ciudadanía y, a su vez, el 19,5% lo recibe el 0,01% más rico. Esto nos hace ver que el 47,5% de la economía se encuentra en manos del 98,9% de la población, según un estudio del PNUD (2017). Es decir, menos de la mitad de la riqueza del país se reparte entre el grueso de la población.  

Asumiendo que un salario bajo es aquel que se muestra insuficiente para cubrir las necesidades básicas de un hogar promedio, se puede constatar que ello afecta a un gran número de trabajadores, especialmente, a mujeres. Concretamente, al 71%, de las que cuentan con una enseñanza media y al 83% de las que no han completado esta etapa educativa. A este problema se le añade un sistema de pensiones ineficaz que no provee los medios de vida necesarios que la vejez requiere: en torno al 50% de los jubilados recibe una pensión inferior al 70% del salario mínimo. Hay que explicar que el salario mínimo chileno es de unos 300.000$ (pesos chilenos), pero que el 50% de los trabajadores reciben un sueldo de unos 138.000$ (pesos chilenos), el cual no llega a los 180$ (dólares americanos).

Considerando la Línea de la Pobreza fijada por la CEE en 0,6 del promedio de los ingresos totales, y aplicándola en Chile, se considera que, aproximadamente, el 50% de la población chilena es pobre.

Por otra parte, según una encuesta realizada por el PNUD (PNUD-DES) en 2016, el 41% de la población afirmaba haber sufrido algún tipo de discriminación, maltrato o trato injusto por motivos de clase social, género, lugar de residencia, profesión, vestimenta o edad. Es decir, estamos ante una sociedad clasista, patriarcal, adultocéntrica y racista. En Santiago de Chile se puede observar cómo, en todas las clases sociales, las personas determinan si el lugar por el que se mueven corresponde o no a su grupo de referencia. Para los ciudadanos siempre existirá “otro Santiago”, el de los otros. No hay más que pasear por la línea 1 del metro para identificar quienes se mueven y los lugares en los que lo hacen.

Todo ello se traduce en que el acceso a la educación, sanidad y demás áreas que deberían estar respaldadas por las instituciones, está sesgado por la clase social a la que se pertenezca.

Como podemos ver, el modelo neoliberal que se abrazaba por países en vías de desarrollo lleva más de 40 años incrementando la brecha social y económica entre la población chilena. Pero ¿de dónde viene este modelo?

Tenemos que remontarnos al año 1955, cuando en plena Guerra Fría Estados Unidos, preocupado por el avance de la Revolución en Latinoamérica, ideó un programa educativo para expandir las ideas capitalistas en la región. Varios profesores de la Universidad de Chicago viajaron a Chile y reclutaron a un grupo de jóvenes que se formaron con Milton Friedman e hicieron suya la máxima del famoso Nobel de Economía: “El mercado siempre acierta” (EFE).

Tras el golpe de Estado militar el 11 de septiembre de 1973 contra el gobierno del socialista Allende, que fue asesinado, los llamados Chicago Boys ocuparon distintos cargos en la dictadura de Augusto Pinochet, que les dio carta blanca para implementar sus teorías y convertir a Chile en el país más neoliberal de América.

La mayor evidencia de esta carta blanca al Neoliberalismo es la constitución de 1978 que, hasta día de hoy, sigue vigente. Sí, una constitución redactada bajo una dictadura militar sigue vigente en una democracia de 30 años

En la constitución, por ejemplo, se muestra cómo la ley ampara la explotación de los recursos naturales por empresas sin ningún tipo de límite. Prueba de ello es la actuación de las compañías mineras, o las forestales, que no respetan los suelos, contaminan y causan conflictos en ciertas comunidades. Me estoy refiriendo, obviamente a la comunidad Mapuche. Es el pueblo indígena que actualmente habita las regiones del sur de Chile. Aunque también existen comunidades Mapuches en Argentina. 

La Constitución chilena no reconoce al pueblo Mapuche como pueblo originario, por lo que no tiene ningún derecho de autodeterminación y es visto como un grupo violento que viola los derechos de los empresarios forestales de la Araucanía. Cuando lo cierto es que estas empresas llevan años apropiándose de tierras mapuches y están agotando los recursos de agua de los bosques originarios, contaminando los suelos y contribuyendo a la erosión del terreno y a la desaparición de la flora y fauna de estas regiones del sur de Chile.

La comunidad Mapuche se ha quedado sin opciones. Empobrecidos, algunos migran a la ciudad y, otros, resisten en sus tierras luchando por su reconocimiento institucional.  ¿Qué obtienen como respuesta? Detenciones injustificadas bajo la Ley de Antiterrorismo que ampara la Constitución de Chile. Un pueblo originario considerado terrorista, víctima de abusos policiales producidos por la GOPE (Grupo de Operaciones Especiales de Carabineros, instruidos militarmente en Colombia), que acabaron con la vida de varios miembros, como Camilo Catrillanca; asesinato que dejó a Chile conmocionado. 

En resumidas cuentas, Chile es un país que, desde su fundación, la desigualdad imperaba. Las clases altas se han mantenido, durante la historia, blancas, mientras que los mestizos e indígenas ocupan un estrato más bajo en la jerarquía social, y los negros y mulatos uno aún menor. Este factor sigue siendo predominante en la sociedad, en la que los prejuicios y la discriminación en el acceso a las oportunidades tiene un tinte racista. En el estudio del PNUD, se muestra un registro de apellidos ordenados por el nivel de prestigio en las profesiones, teniendo como resultado que los 50 apellidos con mayor porcentaje de profesiones de prestigio vienen de apellidos vinculados a la aristocracia castellana-vasca, inglesa, francesa, italiana y alemana, mientras que los 50 apellidos sin ninguna profesión de prestigio, es decir, obreros, son de origen indígena.

A esta desigualdad histórica se le añade una Constitución que ampara la privatización de los servicios sociales; que da carta blanca a empresas que actúan de forma expansiva, insostenible y oligárquica; una sociedad cada vez más desigual con un fuerte trauma por la represión pinochetista y, unas instituciones que no se regeneraron tras el triunfo de la democracia en el referéndum de 1990. Esta ecuación hace que la sociedad chilena sienta una violencia estructural de la que no pueden escapar. 

Esta conclusión se reafirmó en octubre de 2019. Tras una subida del precio de los billetes de metro, miles de personas comenzaron a evadir la compra de los mismos, y este movimiento espontáneo desembocó en la salida de más de un millón de ciudadanos a las calles de Santiago de Chile pidiendo dignidad, afirmando a gritos que “Chile despertó”, llamando a abandonar un sistema patriarcal que hace a la mujer especialmente vulnerable (Las tesis), concentrándose masivamente para cantar a Victor Jara (cantautor chileno asesinado bajo el régimen de Pinochet en el Estadio Nacional), y con una clara exigencia: una Nueva Constitución

En estas protestas, que se alargaron meses, la comunidad internacional fue testigo de los resquicios de Pinochet. La forma de actuar del gobierno de Sebastián Piñera y de su uso de las fuerzas armadas chilenas nos dejó asombrados. Tanques en la calle, toques de queda, tiroteos con perdigones, bombas de gas lacrimógeno, detenciones arbitrarias… Una misión del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos realizó un informe concluyendo que, durante las marchas en Chile, se produjeron (1) violaciones de las normas y estándares internacionales sobre el uso de la fuerza, (2) privación arbitraria de la vida y muertes ilícitas que involucran a agentes estatales, (3) otras muertes en el contexto de protestas, (4) lesiones, incluyendo oculares, por el uso de perdigones y otros dispositivos, (5) tortura y malos tratos, (6) violación y otras formas de violencia sexual y (7) arrestos y detenciones ilegales y/o arbitrarios.

No obstante, las protestas no se detuvieron, la presión siguió, ganó el aguante y consiguieron que se anunciara un referéndum para saber si los chilenos quieren o no una nueva Constitución. Este estaba fijado para realizarse en marzo de este 2020, pero, como consecuencia de la pandemia de la COVID-19, el plebiscito se pospuso para el día de hoy, 25 de octubre

Lo que resulte de este plebiscito será clave para el futuro de millones de chilenos. Frente a una oposición a la nueva Constitución que se alberga en la figura de Kast, un político que abraza la ideología del populismo nacionalista de Bolsonaro, Trump y demás ejemplos de los que somos testigos en Europa, se levanta la posibilidad de cambio de un pueblo que pide dignidad, renovación, sostenibilidad, feminismo, antirracismo e igualdad. 

Tras haber vivido de cerca las carencias del sistema chileno, haber trabajado con colectivos vulnerados, y haber podido hablar con amigos que dejé en Santiago de Chile, hoy mi corazón está con el pueblo chileno, su lucha me da esperanza, me inspira y me hace creer que la unión colectiva puede crear un cambio. 

“Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.” 

Salvador Allende (11 de septiembre de 1973)

Autor de la imagen principal: María Campos Moreno

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