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Cómo el feminismo moderno abandonó a las iraníes (I)

Cuando hablamos de movimientos feministas en Oriente Medio, no hay uno que destaque tanto, tenga tanta aceptación entre la población a la que concierne, y a la vez sea tan ignorado en Occidente como el movimiento feminista iraní. La lucha de 47 millones de mujeres apenas da lugar a noticias o titulares. ¿Por qué en el mundo del #metoo y #niunamas se las ignora tan deliberadamente?

Este movimiento se remonta a finales de los años 70, cuando, tras la Revolución Islámica del ayatolá Khomeini, el velo y los códigos de vestimenta islámicos fueron impuestos sobre la población femenina. Durante el reinado del sah Reza Pahlavi, las mujeres habían experimentado un desarrollo social inimaginable tras numerosas reformas respecto a los derechos de los ciudadanos, todo en su intento por «occidentalizar» Irán. Aunque este fue un cambio positivo, la corrupción y carácter autoritario de su gobierno (facilitado por un golpe de Estado de la CIA al gobierno democrático de Mohammad Mossadeq) acabaron suponiendo que la población se alzara en su contra. Sin embargo, el sector más fanático acabó tomando el control de la revolución, cuyas estrictas normas de conducta basadas en la sharia e impuestas sobre las mujeres provocaron, a su vez, numerosas protestas.

Todo intento de lucha contra esta tiranía impuesta sobre la mitad de la población ha sido contenido por el régimen islámico mediante la violencia y el más férreo sometimiento. Sin embargo, a día de hoy, se pueden ver pequeños gestos de rebelión entre muchas mujeres iraníes: un velo suelto que enseña parte del pelo frente a los estrictos mandamientos del gobierno; unos pantalones varios centímetros por encima del tobillo, como requiere la ley; un hashtag viral en apoyo a las que se atreven a ir más allá en su batalla por sus derechos. Y es que, las diferencias entre hombres y mujeres son abismales.

Mientras que las mujeres musulmanas solo pueden casarse con un hombre musulmán, los hombres pueden casarse con cristianas y judías, y tener un total de cuatro esposas. Las mujeres solo heredan la mitad de lo que puede heredar un hombre; la compensación por la muerte de una mujer es solo la mitad de lo que sería la de un hombre; en caso de divorcio, los hijos pertenecen automáticamente al marido; el testimonio de una mujer solo equivale a la mitad del de un hombre; un hombre puede amonestar físicamente a su mujer si esta se niega a obedecerle, y la mujer siempre debe entender su posición inferior frente al hombre, “en virtud de la preferencia que Alá ha dado a unos sobre otros”; una mujer acusada de adulterio o “crímenes contra la modestia” puede ser ejecutada.

El régimen iraní emplea distintos métodos para asegurarse de que las mujeres acaten su voluntad. El más conocido en Occidente es la policía moral, grupos de mujeres enfundadas en un oscuro chador (manto negro que cubre todo el cuerpo y tan solo permite que sea visible la cara) que multan y atacan físicamente a mujeres que “se exhiben inmodestamente”, por llevar ropa ajustada o enseñar parte del pelo. Pero no son la única baza de su teocracia: la propagación de mensajes cargados de odio hacia la mujer mediante clérigos e imanes provocan reacciones violentas entre los miembros más fanatizados de su población. Los ataques con ácido a mujeres son comunes: destacan los casos de Ameneh Bahrami y Marzieh Ebrahimi, la cual fue atacada por un hombre en plena calle por no llevar bien colocado el hijab.

La medida parlamentaria iraní basada en la sharia que incita, citando el Corán, a “ordenar lo reconocido e impedir lo reprobable” tiende a servir de justificación a los atacantes, los cuales acusan a sus víctimas de actuar de forma inapropiada. En los casos más extremos, los asesinatos por honor pueden justificarse en las acusaciones infundadas hacia las víctimas (siempre que haya o bien 4 testigos hombres, u 8 mujeres, incluso si no tienen pruebas). Aunque no existen cifras exactas, el oficial de policía Hadi Mostafaei declaró que los asesinatos por honor suponen cerca del 20% de todos los casos de asesinato en Irán. A mediados de los años 80, se dio a conocer el caso de Soraya Manutchehri, lapidada tras ser acusada de adulterio, cuyo injusto final fue recreado en la película de 2008 “La verdad de Soraya M.”. Más recientemente, Romina Ashrafi fue decapitada por su padre tras ser manipulada por un hombre de 35 años para casarse con ella. Tan solo tenía 13 años.

Esta situación ha llevado a que cientos de mujeres hayan decidido tomar cartas en el asunto: en 2017, Vida Movahed decidió subirse a una papelera en la calle Enghelab y ondear su velo entre el público en señal de protesta. Su gesto y posterior arresto movilizaron a decenas de mujeres a seguir su ejemplo, entre ellas Narges Hosseini, Azam Jangravi, Shaparak Shajarizadeh, Maryam Shariatmadari, Saba Kordafshari y Hamraz Sadeghi, conocidas como ‘las chicas de la calle Enghelab’. La mayoría han sido arrestadas bajo cargos de corrupción, prostitución y actos pecaminosos, con penas de 2 a 24 años de cárcel, incluyendo castigos físicos y latigazos. Su valentía inspiró a más mujeres a rebelarse contra el régimen.

En abril de 2019, Yasaman Aryani, su madre Monireh Arabshahi y Mojgan Keshavarz fueron detenidas tras grabarse sin el velo en público, repartiendo flores, y sentenciadas a una condena conjunta de 55 años. La abogada Nasrin Sotoudeh, defensora de los derechos de las mujeres iraníes, ha sido condenada a 38 años de cárcel y 148 latigazos por su apoyo a estas mujeres. Poco después, la también abogada Soheila Hejab fue sentenciada a 18 años en prisiónAtena Daemi y Narges Mohammadi, activistas contra la pena de muerte y los derechos de las mujeres, fueron condenadas en 2015 a 14 y 16 años respectivamente por su trabajo. Daemi estuvo 55 días en huelga de hambre para protestar por su situación. Golrokh Ebrahimi Iraee y su marido, Arash Sadeghi, fueron arrestados en 2014 y torturados tras irrumpir agentes del gobierno en su casa y descubrir una historia en el ordenador de Iraee en contra de la lapidación femenina, inspirada por los casos de Sakineh Mohammadi Ashtiani (arrestada y en el corredor de la muerte durante 9 años por un supuesto adulterio y conspiración para asesinar a su marido, sentenciada a morir por lapidación) y Fariba Khalegi. En 2016 fueron sentenciados a un mínimo de 6 años de cárcel por blasfemia.

Iraee fue liberada temporalmente tras una huelga de hambre de 71 días por parte de su marido, pero fue obligada a regresar a prisión, donde está amenazada de muerte por otras reclusas. Maedeh Hojabri fue arrestada tras colgar un vídeo en las redes sociales bailando (lo que ya hubiera sido suficiente para condenarla) sin hijab. La estrella de Instagram Sahar Tabar fue arrestada por una supuesta blasfemia, insultos al velo islámico y ‘corrupción moral’. Las campeonas de ajedrez Dorsa Derakhshani y Mitra Hejazipour fueron expulsadas del equipo nacional por participar en torneos internacionales sin hijab. En el acto más radical de todos, la joven Sahar Khodayari se inmoló el 2 de septiembre de 2019 frente a un estadio después de ser condenada a 6 meses de cárcel por tratar de entrar a ver un partido de fútbol. Murió de sus heridas una semana después.

El movimiento más extendido de todos, conocido como My Stealthy Freedom («Mi Libertad Sigilosa»), fue creado en 2014 por la periodista Masih Alinejad. Se trata de una campaña online invitando a mujeres iraníes a sacarse fotografías sin el velo puesto, dejándolo ondear al viento. Gracias a las redes sociales, decenas de miles de mujeres han compartido imágenes en las que desafían al régimen teocrático, defendiendo sus derechos. My Stealthy Freedom se ha extendido por todo el mundo gracias a los hashtags #whitewednesdays y #mycameraismyweapon, a través de los cuales millones de vídeos e imágenes exigiendo libertad y denunciando los abusos del régimen islámico se han viralizado en las redes.

Alinejad, en una cumbre del grupo Women in the World, afirmó: “lo que queremos las mujeres en Irán y en Arabia Saudí es dignidad, queremos tener la libertad de elegir. No somos criminales, somos seres humanos, y queremos que el resto del mundo lo entienda. Luchando por nuestra dignidad, tenemos que pagar un precio. No os mantengáis calladas. […] No quiero que nos salvéis, pero tenéis que entenderlo: cuando la gente está pagando un precio, no seáis condescendientes con sus súplicas, diciendo que [el hijab] es un problema insignificante. Porque no estamos luchando contra un trozo de tela, estamos luchando por nuestra identidad, por nuestra dignidad. Cuando las mujeres políticas van a mi país, vistiendo el hijab, y dicen “esta es vuestra cultura, queremos respetar vuestra cultura”, están insultando a una nación”.

Alinejad agradeció el apoyo a la comunidad musulmana de Jacinda Ardern tras el ataque terrorista contra una mezquita en Christchurch en 2019, pero criticó que “llevando e invitando a llevar el hijab, tiene que ser lista y entender que esto no es solo un trozo de tela […] es el símbolo más visible de la opresión. […] Cuando ves a mujeres musulmanas luchando contra el hijab obligatorio, no lo veas como el símbolo de ser una mujer musulmana”. Alinejad, amenazada de muerte por el gobierno y por varios clérigos, decidió abandonar el país en 2010, pero continúa promoviendo los derechos de las mujeres iraníes a diario a través de las redes sociales. En 2020, su hermano fue arrestado por el régimen iraní bajo dudosos cargos de insultos hacia el régimen y condenado a 8 años en prisión. La activista asegura que fue detenido por negarse a coaccionarla para que viajara a Turquía, donde el gobierno iraní la habría secuestrado.

Como muestran todos los casos anteriores, el movimiento feminista iraní goza de una gran popularidad entre la población persa (según una encuesta del gobierno de 2014, el 49.8% de los iraníes están en contra de la imposición del hijab, un porcentaje mucho mayor que la mayoría de países de Oriente Medio). Las mujeres iraníes, pese a estar oprimidas por un sistema carente de derechos fundamentales en muchos ámbitos (recientemente, varias mujeres han sido arrestadas por montar en bicicleta en público), han logrado promover sus ideas mediante el uso de la educación. Varias encuestas muestran que, desde comienzos del siglo XXI, las mujeres constituyen más del 60% de todos los estudiantes universitarios.

El 68% de los licenciados en carreras científicas en los últimos años son mujeres. Al demostrar su valía, las alumnas no solo desafían al régimen, sino que son capaces de promover ideas sobre el verdadero valor de todo un sexo. En muchas ocasiones, la educación también supone una vía de escape del país para miles de personas. Un título universitario facilita los trámites de emigración a países con mejor calidad de vida y un mayor respeto por los derechos humanos. Sin embargo, el gobierno ha tratado de dificultar el acceso a la Universidad a las mujeres en un esfuerzo en vano por imponer los roles de género tradicionales y alejarlas de ideas que puedan considerar «peligrosas». En los últimos años, distintas administraciones han aplicado cuotas, restricciones y prohibiciones en ciertas carreras para impedir que las mujeres asistieran a la Universidad. Muchas graduadas han denunciado que se les niega el acceso a empleo por haber recibido una educación superior, tan solo un 20%-25% logran encontrar trabajo en Irán.

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