El desafío ante el que se encuentra la Unión Europea (UE) no es tanto la urgencia migratoria en sus fronteras como la resolución de un chantaje político. Es innegable que ha de haber una preocupación humanitaria por los migrantes, pero la cuestión de fondo no responde a una crisis migratoria como ha experimentado la Unión en otras ocasiones. 

La razón por la que esta crisis se produce ahora y no antes responde a la discrecionalidad de Aleksandr Lukashenko; Bielorrusia ha simplificado los trámites de obtención de visados para un gran número de países en el último año (Siria, Irak, Afganistán, entre muchos otros), como consecuencia, muchas agencias de viajes, traficantes y empresas han visto la oportunidad de sacar beneficio de ello. Es en cierta forma una situación artificial en términos de la dinámica usual de los flujos migratorios hacia Europa. 

Hace meses la entrada de migrantes facilitada por las fuerzas de seguridad bielorrusas se produjo por Lituania. Dadas las tensiones al interior de la Unión que Polonia mantiene con el grupo, Lukashenko ha encontrado una oportunidad de presión y desestabilización tornando la entrada de migrantes hacia este país. Estos dos países, Polonia y Lituania, son además protectores del exilio bielorruso (de la líder opositora Tijanóvskaya y más recientemente de la atleta olímpica Tsimanouskaya, entre otros). Sobre el objetivo último de esta maniobra, la investigadora Carmen Claudín sostiene que Lukashenko busca tanto la reacción más inmediata de levantamiento de las sanciones impuestas por la UE hasta ahora como, en términos más generales, el reconocimiento político del presidente bielorruso, cuya elección como tal el pasado año no ha sido reconocida como justa y democrática y por tanto legítima.

Esta situación responde a coletazos de un régimen autoritario en mayor o menor medida acorralado nacional e internacionalmente, y no tanto a un problema migratorio en sí mismo, ya que en Bielorrusia no se ha externalizado la gestión de las fronteras europeas, como sí ha ocurrido en Marruecos o Turquía. Lukashenko busca a través de la instrumentalización de migrantes un rédito económico (levantamiento de sanciones) y político (reconocimiento) para su propia supervivencia, que cada día parece más frágil.

Es cierto que todo esto no se puede emprender sin el beneplácito de Moscú pero es probable que las relaciones entre Lukashenko y Putin no sean de total sumisión por un lado ni de absoluta confianza por el otro. En los últimos años, Bielorrusia ha extendido sus relaciones comerciales (incluidas cuestiones de (in)dependencia energética frente a Rusia) y políticas hacia Turquía, países de Oriente Medio y del Golfo y más notablemente hacia China[1], si bien Rusia y la UE siguen siendo indiscutiblemente sus principales socios comerciales. Por lo tanto, una cosa son las relaciones europeas con Moscú y otras – relacionadas aunque también autónomas – con Minsk, de modo que las actuaciones de la UE contra Bielorrusia no implican literal e ineludiblemente un conflicto con Rusia. 

La Unión también tiene sus desafíos internos. Polonia declaró el estado de emergencia en la frontera, ha rechazado la ayuda de Frontex, mostrando sus deseos de edificar un muro – como de hecho comenzó a hacer Lituania; además, el expresidente del Consejo Europeo y opositor polaco Donald Tusk ha propuesto el apoyo de la OTAN. El posicionamiento de Polonia es evidentemente nacionalista como era de esperar, no obstante, como bien señala Blanca Garcés del CIDOB, la Unión debe calcular su respuesta. El temor de la UE es que se deriven discursos de ultraderecha, ante lo que trata de anticiparse; sin embargo, en ocasiones la Unión sobrerreacciona anticipadamente potenciando, como un remedio que es peor que la enfermedad, estas respuestas ultranacionalistas. 

En definitiva, la crisis fronteriza tiene una preocupante dimensión humanitaria que la Unión debe achacar de la mejor manera posible, pero comprendiendo esta situación en un contexto más amplio se demuestra cómo plantea desafíos estratégicos tanto en el exterior como en el interior de su sociedad. 


[1] Marin, A., 2018: “The third powers and Belarus”, en N. Popescu y S. Secrieru, Third powers in Europe’s east, Chaillot Papers 144, Institute for Security Studies (ISS).

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