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Uso político de la «Conquista de América» en Perú

El pasado 28 de julio, juramentó como nuevo presidente de Perú Pedro Castillo. El mismo día, se cumplían 200 años de la declaración de independencia. Bastante mala era ya la juramentación de un presidente adscrito a un partido que se define en su ideario como marxista leninista. A esto se le sumó la vergüenza de su discurso de asunción de mando, en el que, por un buen rato insultó y humilló al mismo Rey de España -sentado entre los invitados – y con él, por supuesto, a los españoles. De esta manera insultó además a los mismos peruanos.

Este discurso fue una caricatura de indigenismo arcaico y lleno de concepciones históricas absolutamente incorrectas – manipuladas por supuesto – muy convenientes para la estrategia de división y agudización del conflicto que es característica de este tipo de regímenes. Lo que pretendo hacer a continuación es señalar algunas de estas barbaridades históricas utilizadas con propósitos claramente políticos e intentar desmentirlos. Pretendo también explicar este remedo de indigenismo trasnochado y vincularlo con la estrategia política de este partido. Se me hace imperativo precisar que no pretendo hacerlo con la precisión del historiador que no soy; sin embargo, siempre he tenido mucho interés en la historia y particularmente en la historia peruana y algún conocimiento tengo para poder notar y señalar las barbaridades de esta clase de discurso. 

Comienzo citando la siguiente frase de su discurso. “Durante cuatro milenios y medio, nuestros antepasados encontraron maneras de resolver sus problemas y de convivir en armonía con la rica naturaleza que la providencia les ofrecía”. Esto es parte, precisamente, de ese indigenismo de los 30. Jean-Marie Lemogodeuc, en un artículo titulado “Un mito de identidad: el indigenismo en Perú” que es un capítulo del libro “Mitos políticos en las sociedades andinas: Orígenes, invenciones, ficciones” publicado en 2006 señala justamente que toda historia indigenista contiene los mismos elementos, estos son una sociedad inca mitificada, una sociedad indígena celebrada en sus estructuras y su funcionamiento y una cosmogonía y ecología glorificada. Esto es precisamente lo que está haciendo Castillo en esta frase.

Plantea una sociedad indígena armoniosa, en la cual parece no haber habido conflicto, y si lo había, tenían formas, al parecer muy civilizadas, de resolverlas. En pocas palabras, pareciera ser que el Perú prehispánico era una suerte de paraíso terrenal. Por supuesto, esta afirmación es muy poco acertada – por decir lo menos-. De hecho, muchas de las culturas anteriores a los incas y los mismos incas son conocidos por haber manejado bastante bien el arte de la guerra. Es más, el imperio incaico se construye en base a un proceso de conquista que no era precisamente pacífico y armonioso como sugiere Castillo. Una muestra de este proceso de conquista es la resistencia de los Chimú a la dominación inca

El relato prosigue con la siguiente frase. “Fue así hasta que llegaron los hombres de Castilla, que con la ayuda de múltiples felipillos y aprovechando un momento de caos y desunión, lograron conquistar al estado que hasta ese momento dominaba gran parte de los Andes centrales”. Aquí ingresa otro elemento del indigenismo. Para esto, me remito nuevamente a Lemogodeuc que expresa que para que este mundo indígena idealizado sea parte del discurso indigenista, debe perder esa inocencia de la que se gloría y se debe ver agredido por un sistema externo, extraño que produce una herida. Es una mezcla antojadiza de un antes mítico y un después histórico. Añade Jean-Marie que es con el proceso de conquista y colonización que esta sociedad prístina se degrada. Si juntamos las dos frases ya citadas, se puede ver con mucha claridad ese antes mítico y ese después histórico. Aunque aquí hay algunas precisiones que hacer.

Primero – para el lector que no conoce la historia del Perú – es necesario hacer una referencia a “Felipillo”. Este era un indio, quizá tallán, que se sumó como intérprete de Pizarro y cuyo nombre – o el que se cree que es su nombre – es utilizado como sinónimo de traidor. Lo cierto es que los indígenas a los que se les ha calificado de “felipilllos” en realidad colaboraban con los conquistadores precisamente con la idea de liberarse de los primeros conquistadores; es decir, de los incas. La segunda precisión es sobre el término “colonia”. Este término ha sido siempre mal utilizado y se le ha concedido un halo de abuso, de destrucción, de aniquilación de los “pueblos originarios” – otro elemento del cuento de Castillo – cuando en realidad lo que hubo en tierras americanas fue el establecimiento de virreinatos. Es decir, verdaderos reinos dependientes de la corona española. Virreinatos que eran considerados parte del territorio español y no simplemente un banco de recursos que explotar. Eran virreinatos como los hubo en Galicia, Aragón, Cataluña, Valencia, Mallorca, Navarra, Portugal, Sicilia, Cerdeña o Nápoles.

La siguiente frase es quizá la más errada del discurso – aunque bien podría disputar ese título con varias otras-. Castillo dijo que [l]a derrota del incanato, dio inicio a la era colonial. Fue entonces, y con la fundación del virreinato, que se establecieron las castas y diferencias que hasta hoy persisten”. Esto muestra un inmenso desconocimiento – o manipulación – de la historia del Perú prehispánico. Solo al empezar a estudiar la historia inca uno se topa con la organización social del imperio. Esta organización se basaba en castas que incluían desde el Inca como hijo del Sol hasta los yanaconas que eran sirvientes de los incas y sus panacas (familias). Estos realizaban sus trabajos en condiciones que se podrían considerar de esclavitud. Existían también los piña o pinacunas que eran esclavos, usualmente prisioneros de guerra. Esto es pues parte del desconocimiento desnaturalizado de la historia para servir al discurso ideológico.

Pero la mentira continúa. Sigue el discurso diciendo lo siguiente. “La represión a la justa revuelta de Tupac Amaru y Micaela Bastidas terminó de consolidar el régimen racial impuesto por el virreinato”. Aquí podemos apreciar algo muy parecido al discurso de la frase anterior. Es decir, un régimen discriminador de castas supuestamente instaurado por los conquistadores, lo cual como ya precisé es falso. Lo infausto de esta frase es el uso indebido de la rebelión de Tupac Amaru. Es cierto e innegable que esta revuelta fue el primer golpe que hizo tambalear al sistema. Sin embargo, esta no fue una rebelión que buscara la independencia del Perú, tampoco buscaba echar a los españoles del territorio ni nada que se le asemejara. Lo que buscaba Tupac Amaru era mantener el statu quo y proteger su cacicazgo. Es decir, buscaba preservar su posición privilegiada en ese gran centro de comercio que era el virreinato del Perú. Tupac Amaru no lo hacía para “liberar a sus hermanos del abuso del conquistador”, lo hacía porque las reformas le afectaban a él.

“Cuarenta años después, la independencia del Virreinato del Perú de España en 1821 no trajo consigo una mejora real para la mayoría de los peruanos”. Quizá esta es la única frase del discurso con la que puedo coincidir. La eliminación del sistema virreinal supuso también la eliminación de cierta protección de la que gozaban los indígenas. Además, algunas condiciones que pueden haber significado un abuso y que fueron eliminadas se restablecieron poco tiempo después. Este es el caso, por ejemplo, del tributo indígena que fue eliminado en 1821, año en que se proclamó la independencia, pero fue restablecido en 1824, año en el que se consolidó la independencia. 

“Recién con la constitución de 1979, […] [l]a organización popular logró avances en el acceso a derechos, proceso que se vio truncado por el golpe de estado de 1992, que sentó las bases para un recorte de derechos, un debilitamiento del Estado y para las reglas que rigen hasta hoy”.  En esta frase, Castillo saltó muchísimos años en la historia – que ha venido reinventando – y nos trae a la constitución de 1979, una constitución que planteaba un modelo estatista, un Estado interventor, un aparato estatal elefantiásico. Un modelo que, echando una mirada a la famosa década perdida, fue un rotundo fracaso, no solo en Perú. Evidentemente, achacarle el fracaso exclusivamente a la constitución es injusto por decir lo menos, pero indudablemente, fue un factor determinante. La siguiente falacia es plantear la constitución de 1993 como el truncamiento del avance y el debilitamiento del Estado. Claramente, por debilitamiento se está refiriendo a la reducción del aparato estatal, el abandono del intervencionismo, la privatización de sectores que le costaban millones perdidos al país, y a las bases para una economía de mercado que nos permitió crecer de tal manera que se llegó a hablar del milagro peruano. 

“Esta vez un gobierno del pueblo ha llegado para gobernar con el pueblo y para el pueblo, para construir de abajo hacia arriba”. Esta es otra frase falsa. Se presenta como el primer presidente de orígenes humildes, el primer provinciano que llega a presidente. Sin ir muy lejos, Alejandro Toledo, presidente de 2001 a 2006, nació en Ancash en el seno de una familia de campesinos. Se podrían citar más ejemplos, pero basta uno para que no sea él el primero. 

La última frase a la que me voy a referir es la siguiente: debo decirles que yo no gobernaré desde la Casa de Pizarro, porque creo que tenemos que romper con los símbolos coloniales para acabar con las ataduras de dominación que se han mantenido vigentes por tantos años”. La casa de Pizarro es el nombre con el que se le conoce a Palacio de Gobierno, esto se debe a que la casa de gobierno está construida en el solar que se reservó Francisco Pizarro para él en la plaza de Lima. Sin embargo, el palacio que conocemos hoy como la Casa de Pizarro fue inaugurado en 1939. Es decir, es una obra republicana. 

Esto es, definitivamente, parte del discurso que han manejado él y el partido al que pertenece durante la campaña electoral y que lo explotan aún ahora; esa dicotomía maniquea entre el pobre (bueno) y el rico (malo); entre el sirviente (bueno) y el patrón (malo). Todas estas son expresiones utilizadas por él mismo. Es una expresión – de manual – de la lucha de clases, de agudización de la contradicción. Es un “divide y vencerás” que caracteriza al marxismo leninismo y que vienen aplicando al pie de la letra. 

Pero esto implica más que la mera división y lucha de clases. Esto implica además la destrucción de lo que significa ser peruano. El peruano no es “originario”, no es español, no es chino, ni africano. El peruano es peruano, es un mestizaje de todo lo que llegó con la conquista. Esto implica no solo personas, implica también arte, arquitectura, implicó filosofía, avances tecnológicos, científicos, implicó literatura. En fin, implicó una visión de mundo que permitió que los peruanos, hoy, podamos hablar de intelectuales de gran talla, de grandes artistas, incluso de lo que más nos enorgullecemos en el extranjero: la comida. 

No puedo finalizar este texto sin, primero, señalar la incoherencia de este discurso de “español colonizador malo – indígena oprimido bueno” desarrollado por un señor vestido con un traje que no es peruano – en una clara imitación de sus mentores Morales, Correa, Maduro y por supuesto Chávez – un discurso recitado en español, con un sombrero – herencia española – que jura frente a un crucifijo y con la mano en una biblia – herencia de la evangelización española. Por último, como peruano, me queda la tarea de pedir disculpas por la humillación al Rey, el insulto a los españoles e intentar lavarle la cara al Perú tras las barbaridades dichas, las que ya ha hecho y las que hará. 

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