El 11-S: antecedentes y consecuencias

El 11 de septiembre de 2001 EEUU sufrió uno de los mayores ataques terroristas entre sus fronteras, acontecimiento que inauguró un nuevo orden internacional. El que se había consolidado como hegemón del sistema internacional tras su victoria en la Guerra Fría había sido vapuleado frente a sus ciudadanos y la comunidad internacional. El que tras la victoria sobre la Unión Soviética había decidido dirigir su política exterior a perseguir a los que denominaron Estados gamberros (Cuba, Iraq, Libia, Corea del Norte, Irán, Afganistán, Sudán y Serbia) sin intervención militar, ahora debía hacer frente al terror, y combatirlo, con sus mismas armas.

Tras el atentado, el orden político internacional de Bush padre (41 presidente de EEUU) y el intervencionismo selectivo y humanitario de Clinton se desvanecieron. El multilateralismo y la defensa de la seguridad estadounidense sobre el derecho internacional en base a un realismo político pragmático y prudente dejó paso a un idealismo unilateralista establecido sobre la base de expandir la democracia liberal, los Derechos Humanos, la economía de mercado y el combate al terrorismo en el marco de las posiciones liberal y neoconservadora de las Administraciones sucesoras (Tovar, 2018).   

Doctrina Bush: prevención, anticipación, defensa y gestión de crisis

Por primera vez, Estados Unidos se sintió vulnerable en su territorio. Al Qaeda atentó contra su cultura, política y sociedad; en definitiva, su estilo de vida. El que para la CIA no representaba ningún atisbo de amenaza, Osama bin Laden, puso en jaque a los norteamericanos, que se enfrentaban a un ente incorpóreo, sin religión, ideología ni régimen que representaba al mayor mal absoluto: el terrorismo transnacional.

En este momento entre los líderes políticos norteamericanos se barajaron varias líneas de acción a seguir, que, a su vez, se enmarcaban en dos posiciones contrapuestas: la de Colin Powel, general de tradición liberal que proponía combatir el terror legalmente, y la de Bush (43 Presidente de EEUU), que seguía la premisa de combatirlo con sus propias armas, con violencia. Esta última fue la que caló en la sociedad, y de cierta manera, fue permitida en el escenario internacional. El 6 de noviembre de 2001 Bush declaraba que “ninguna nación debe dudar de que los Estados Unidos van a perseguir y derrotar a todos los grupos terroristas de alcance mundial”. El 11-S se definía como un acto de guerra al mundo civilizado; y por tanto, había que actuar ipso facto.

En el país se crearon nuevas instituciones como el Ministerio del Interior y se aprobaron leyes bajo la Patriot Act, que otorgaban mayor poder al ejecutivo republicano para combatir el terror, que, a su vez, concedió competencias a la CIA para un casi total control de su población (espionaje interior) y de otros Estados. El Título II de dicha Ley así lo permitía. Es decir, una ley doméstica con alcance global que hoy, aún perdura. En 2011, el presidente y el Senado extendieron hasta 2015 el permiso de espionaje y escuchas telefónicas bajo la necesidad de perseguir a los “lobos solitarios”, permitiendo, una vez más, la intromisión en la privacidad de forma legal. Además, se filtró información contrastada por el ex-analista de la CIA Edward Snowden donde se revelaba la colaboración de compañías telefónicas y de Internet, así como el espionaje a líderes políticos como Angela Merkel; lo que supuso una gran indignación a nivel internacional.

También, se aumentó la vigilancia en la frontera con México, se incrementó el presupuesto militar y se revisó la doctrina nuclear, permitiendo el uso del arma nuclear sobre cualquier Estado patrocinador o amigo del terrorismo. Se sobrepuso la seguridad nacional a los derechos constitucionales de la ciudadanía. Fuera de sus fronteras, reforzaron sus relaciones con otros Estados, especialmente con los regímenes árabes moderados (principales objetivos de estos grupos terroristas), crearon cárceles secretas alrededor del mundo (Guantánamo) y colaboraron con la comunidad internacional.

El poder militar estadounidense había conseguido acabar con el comunismo, estaban preparados para combatir, y así se lo hicieron ver al mundo.  Pero ya no servían las mismas tácticas, debían trabajar bajo la defensa anticipatoria, tanto de forma legítima (pre-emptive operation) como ilegítima (preventive war). Pues, según su planteamiento, a un atacante potencial no se le puede persuadir ni disuadir. Y como víctimas tenían derecho a hacerlo, ya se vulnerase el derecho internacional o lo que hiciese falta. La Doctrina Bush rompe con las pautas de la Guerra Fría, ya no es necesario el acuerdo previo para llevar a cabo acciones exteriores.

Reforzaron su unilateralismo frente a una Europa que, por experiencia histórica, renegaba de la guerra y que, además, había dejado ya en manos estadounidenses su defensa hacía 50 años con la capitanía de la OTAN; y frente a una Organización de Naciones Unidas que tampoco los apoyaba y que acabaría debilitándose. Comienza aquí la pacificación y democratización estadounidense.

Si EEUU contaba con una estrategia nacional, la Unión Europea no podía ni debía quedarse atrás. Así, en 2003, Javier Solana acabaría presentando la doctrina estratégica europea, en la que posicionaba al terrorismo como una amenaza menor frente a la corrupción, el hambre, la dependencia energética de Europa, la problemática de Cachemira o el conflicto Palestino-Israelí, entre muchos otros. Proponía, además, extender la estabilidad europea al resto del mundo a través de la protección y externalización de los Derechos Humanos, la promoción del libre comercio y el refuerzo de la Organización de Naciones Unidas tomando como base el derecho internacional. Es decir, más soft power.

Esta estrategia no intenta combatir a la Doctrina Bush, no es clara ni en sus referencias ni en sus aspiraciones; sin embargo, sí que marca la distancia entre ambas potencias, así como la crisis política que atravesaba la Unión.

Detrás del 11-S

Como ya adelantaba Laura Rascón en Afganistán, una guerra olvidada y origen del yihadismo contemporáneo, el 11-S no es el origen del conflicto en Afganistán. Nos debemos remontar a 1979, en plena Guerra Fría, para encontrarlo. Fue en este año cuando una Unión Soviética con grandes aspiraciones políticas e ideológicas invade el país para dar apoyo a los comunistas que utilizaban la inestabilidad política para alcanzar el mando del gobierno. Acción que al ser llevada a cabo por el bloque rival del norteamericano debía tener respuesta. Así, EEUU decide ayudar a los muyahidines -la resistencia antisoviética financiada por Arabia Saudí y Pakistán-, no solo apoyándolos económicamente, sino poniendo a su servicio de inteligencia, la CIA, a su disposición; que, acabaría trabajando junto al Pakistaní en la atracción y entrenamiento de los que serían los yihadistas, entre ellos Osama Bin Laden. Este acabaría creando el grupo terrorista Al Qaeda, que operaría tanto en el país como en el exterior, a sabiendas de EEUU.

La URSS fue derrotada, pero los muyahidines siguieron, dando lugar a los talibanes que conocemos hoy día, financiados en aquel momento por Al Qaeda, que, a través de Osama bin Laden, le acabaría declarando la guerra a EEUU. Lo hizo desde una cueva en Tora Bora en febrero de 1996. Sin embargo, hasta lo ocurrido en 2001, los analistas estadounidenses no le dieron la más mínima importancia. El 11 de septiembre la historia cambió drásticamente.

Las operaciones internacionales, apoyadas por países aliados y por la OTAN conllevaron, no solo abrir frentes de batalla en varias naciones de Oriente Medio, sino iniciar una cacería de los principales líderes y miembros de las que EEUU consideraba organizaciones terroristas. Desde este momento Al Qaeda, el Talibán y otros grupos extremistas comenzaron a figurar en la lista de los más buscados del mundo, ocupando los presuntos responsables del 11-s los primeros puestos. Desde enero de 2002 comenzaron a llegar a Guantánamo (cárcel improvisada en una base militar en Cuba) los primeros presos considerados como los más peligrosos del mundo.

Para julio de 2003 ya había más de 603 detenidos considerados como “combatientes enemigos ilegales”; a los que, al no ser prisioneros de guerra no se les aplica las convenciones internacionales. Y, por eso, aún en la actualidad siguen sin juzgarlos.

Fuente: BBC

En 2014, el Comité de Inteligencia del Senado reveló que Guantánamo era parte de un “programa de detención secreta indefinida. Y, aunque en 2008 el presidente Barack Obama ordenó el cierre de los centros de estas características que quedasen por el mundo, ésta sigue abierta como el último reducto donde se mantienen a los prisioneros más relevantes de la guerra contra el terrorismo. Actualmente, solo quedan cuarenta presos, entre ellos, los cinco supuestos responsables del atentado analizado: Jalid Sheij Mohammed, a quien se le atribuye la autoría intelectual del 11-S, el atentado contra el World Trade Center, las explosiones en Bali de 2002 y el asesinato del periodista Daniel Pearl; Ammar al Baluchi (Pakistán, 1977), detenido en 2002 en Karachi por supuesta financiación de los ataques; Walid bin Attash (Yemen, 1978), guardaespaldas de Bin Laden; Ramzi bin al Shibh (Yemen, 1972), facilitador clave de los ataques; y Mustafa al Hawsawi (Arabia Saudí, 1968) financiero de los ataques. Se supone que el 11 de enero de 2021 serán juzgados, aunque parece improbable.

Ver: Atentados del 11 de septiembre de 2001: quiénes son los 5 acusados por el ataque que siguen presos en Guantánamo (y por qué no han sido llevados a juicio en 18 años (BBC, 2019)

¿Por qué no se detectaron los ataques?

Según Matthew Syed, autor de Rebel Ideas: The Power of Diverse Thinking, en un especial para la BBC, en meses previos al 11 -S, la Revista Internacional de Inteligencia y Contrainteligencia afirmó que la comunidad de inteligencia, desde sus inicios, ha estado integrada por la élite protestante blanca, que se vio a sí misma como garante y protectora de los valores y la ética estadounidenses. Y, según este y otros expertos, esta homogeneidad fue la causa por la que no se detectó a Bin Laden como amenaza.

Todo individuo tiene puntos ciegos que lastran nuestra comprensión y nuestra capacidad de respuesta ante situaciones de gran complejidad. Estas lagunas son provocadas por una serie de perspectivas y antecedentes que acaban forjando a la persona; por lo que, si un grupo comparte vivencias similares es probable que compartan los mismos puntos ciegos, y que acaben, incluso, reforzándose. Veamos por qué.

Fuente: BBC

Osama bin Laden le declaró la guerra a EEUU desde una cueva, vestido con una túnica bajo el uniforme de combate y con barba que le llegaba hasta el pecho. Actualmente, este hecho nos hubiese aterrorizado, sin embargo, en aquel momento, según una fuente principal de la propia agencia de inteligencia, no causó ningún interés. Para una masa crítica de analistas blancos de clase media, Bin Laden era un ser primitivo e inofensivo; es decir, utilizaron un marco de referencia sesgado por la nula presencia de un equipo multidisciplinar. Cualquier musulmán hubiese observado que el terrorista estaba emulando a Mahoma, como indicó Lawrence Wright en su libro 11 de septiembre.

El profeta buscó refugio en una cueva después de escapar de sus perseguidores en La Meca y la poesía es sagrada. Y esto es lo que imitó Bin Laden, que sabía manejar las imágenes del Corán para atraer seguidores. Fue un estratega.

Ver: Atentados del 11 de septiembre: por qué la CIA no detectó los ataques contra las Torres Gemelas de Nueva York (pese a las señales que tuvo)

El 11 de septiembre de 2001 se trastocó la historia de los EEUU y del mundo, apareció el terror, y hoy sigue presente.

Fuente de imagen: El Confidencial

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