Como adelantaba en otras ocasiones, el cine nos puede dar una visión muy acertada -dependiendo de la producción, claro está- sobre situaciones o conflictos que se desarrollan en lugares fuera de nuestro alcance directo.

Por eso, en esta ocasión, para explicar la realidad actual de este país soberano situado en la región centro-occidental de América del Sur, voy a recurrir al film “Y también la lluvia“. Con el que podremos seguir una línea de tendencia desde el s. XVI a la actualidad, y que, quizá, nos puede ayudar a esclarecer el porqué de los hechos.

Estamos ante una película social repleta de matices, un argumento comparativo entre la Latinoamérica de finales del s. XVI y la del 2000 que fluctúa entre el desarrollo de la guerra del agua en Bolivia y el expolio que sufrió la región por el imperio español; mientras que crea personajes redondos que atrapan al oyente.

Gira en torno a la producción de una película sobre la vida de Fray Bartolomé de las Casas, clérigo que enfrentó, tan solo con su palabra, a las milicias del ejército español lideradas por Cristobal Colón. Se muestra al que en Occidente consideramos como “descubridor de América” como un déspota que esclavizaba, torturaba y robaba a los indígenas, y no como un “héroe” que pretendía “pacificar” y “evangelizar” aquellas tierras.

Con esta representación se pretendía acabar con la propagandacomplejo sistema de comunicación humana utilizado como instrumento para crear un mensaje a través de la escritura, lenguaje o símbolos– que se había emitido desde finales del siglo XV en Europa sobre la llegada al nuevo mundo.

Sin embargo, por el inicio de los tumultos y el estado de excepción en la ciudad de Cochabamba los actores decidieron huir del país por miedo. A esta etapa se le denominaría como la Guerra del Agua, con la que el pueblo boliviano pedía que el agua no se privatizase.

A medida que avanzan las confrontaciones entre Gobierno-pueblo, evolucionan los personajes. El renegado Costa gira hacia la concienciación social y el desasosiego por una virulenta guerra por un bien básico, mientras que para Sebastián lo fundamental es terminar la grabación. Es decir, los propios actores se dejan guiar por la propaganda. Ejemplo de ello es la siguiente escena:

  • Actores y directivos se reúnen con el gobierno del país, quiénes les están dando protección y son fieles seguidores. Estos, para continuar la creación del imaginario de escasos recursos de Bolivia les dicen que no existe una finalidad para las manifestaciones, simplemente un líder carismático decide atraer a un grupo de gente para llamar la atención. Pues, es conocido que Bolivia es un país pobre, en el que el sueldo medio de 2$ al día es justo para vivir de acuerdo al clima social y político. Siendo su principal herramienta propagandística los medios de comunicación -mediante noticieros y programas de radio-, con los que muestran a un pueblo que está destruyendo la ciudad, pero no el porqué de ello.

Vemos como en esta película la propaganda que hacen las élites políticas sobre el pueblo es continuista desde finales del s. XVI. Los colonos, que ahora son representados por el gobierno, salvan a los “indígenas irracionales”. Quienes además no tienen cabida en el país.

En 2019, la tendencia continúa: Evo Morales, es destituido como Jefe de Estado a través de un golpe de estado fraguado por la oposición y el ejército por, supuestamente, fraude electoral. Del que, sin embargo, nos hablan de la consecuencia -la necesidad de una nueva sucesora, en este caso-, pero no el porqué se ha llegado hasta aquí.

El origen de esta fractura política radica en la elevada polarización en la que se ha visto envuelto el país desde que en 2016 Morales no saliese bien parado con el referéndum que legitimaría su posible reelección como candidato del MAS.

A pesar de que el entonces Presidente no tuviese el apoyo del pueblo para la reelección, los mecanismos respectivos de justicia lo habilitaron para que pudiese hacerlo. Esto, unido a más de 15 años de gobierno dio lugar a la crispación total entre los adversarios políticos y gran parte de la población.

Que, finalmente, acabó con la destitución de Morales por un fraude que no se ha podido comprobar por la OEA y la oleada católica y de supremacismo racial “blanco” en este país como se puede ver con el discurso de Jeanine Añez, sucesora del anterior mandatario (aunque la Comunidad Internacional aún se encuentra dividida por su reconocimiento).

Ver: Campesinos bolivianos vuelven a tomar las calles para exigir elecciones

El gobierno interino que hoy gobierna Bolivia ha aprobado un nuevo decreto con el que los militares pueden tomar las represalias necesarias hacia los manifestantes, además, se ha definido como católico, -y lo consideran racista y divisionista, a pesar del contexto plurinacional que representan-. Rechaza profundamente a la comunidad indígena (62% del país) y no ha vacilado en llamar “indio” despectivamente a Evo Morales.

Es decir, nos encontramos ante la ruptura del pasado boliviano más reciente: el laicismo y el socialismo. Para dar paso a que la biblia vuelva a Palacio, como exclamó Áñez cuando asumió el cargo gracias al mecanismo de sucesión que contempla la Constitución boliviana.

Sin lugar a dudas, conflicto muy difícil de analizar y con muchísimas variables. Pero de la mayor vigencia en América Latina, que no deja atrás la propaganda continuista de la élite política y económica de la necesidad de mantener en las instituciones políticos de rasgos blancos y católicos que conocen y tienen capacidad para gobernar al pueblo.

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