Alfonso XII y la política exterior de España (II)

El futuro Monarca liberal

Anteriormente habíamos asistido a las dificultades que trajo consigo la expulsión de los Borbones del Trono, no solo para España sino para toda Europa que, después de la victoria de Prusia, vio nacer un nuevo Estado, Alemania, al frente de cuyo gobierno estaba el canciller Otto Von Bismarck, quien eclipsaba al propio Emperador, el Káiser Guillermo I, dos personajes a los que no perderemos de vista.

En lo que respecta a España, nuestro país hubo de presenciar la llegada de un Monarca italiano que, podríamos afirmar sin paliativos, huyó hastiado y exasperado ante la imposibilidad de emprender las reformas que tenía previstas para su nuevo país. Así, la otra primera potencia mundial se embarcaba en el que sería su primer proyecto republicano, igualmente marcado por los conflictos e intrigas políticas, con las mismas desavenencias que empañaban de manera reiterada la estabilidad política y económica española. Entretanto, el 25 de junio de 1870, las relaciones que el líder de la facción política liberal-conservadora había tejido con celo con Isabel II daban sus frutos, pues la depuesta Reina accedió a abdicar en su hijo, el futuro Alfonso XII.

Esto no debe llevarnos a engaño, ya que, aunque pudiera antojarse este gesto como uno cargado de generosidad, lo cierto es que Isabel II, desde ese momento hasta que Alfonso fuera nombrado Rey de España, puso en más de un apuro a su hijo, dado que nunca llegó a disiparse la duda respecto a la validez de dicha abdicación. Se trata de un asunto político y constitucional sobre el que no nos detendremos, pero al que es necesario apuntar para destacar la actitud casi dictatorial de la que hacía gala las normas que decretaba Cánovas en su intento por procurar la restauración borbónica: para evitar conflictos, el político malagueño coartó la libertad de prensa, suspendiendo diarios, implantando la censura y la autorización previas e imponiendo graves sanciones a aquellos que cuestionasen la legitimidad del Rey.

Sin embargo, este Borbón pronto se reveló como un Monarca aperturista, distinto a sus predecesores, gracias a su formación extranjera, que le valió para aprender francés, inglés y alemán, y para observar y comprender el funcionamiento del sistema constitucional; tal es así que le expondría a su madre la necesidad de recibir una formación universitaria para poder estar a la altura de la importante misión de ser un Rey constitucional. Sagaz e inteligente, Alfonso XII es el primer Rey regeneracionista de España, que pretendía una serie de reformas transversales de la mano, no solo de políticos de cualquier signo, sino también de profesionales y eruditos, y ello pese a que con sus obras dejó entrever una cierta inclinación por los liberales de Sagasta, a los que consideraba más proclives al emprendimiento de reformas. No obstante, la política que llevó a cabo el joven Rey mostraba la pertinencia de contar con una oposición como un peso y contrapeso constitucional, por lo que nunca apoyó la desaparición de adversarios políticos, sino que promovió el entendimiento.

Este apego a las ideas liberales provocó temor y recelo en los más moderados y, para atraer a los monárquicos (entre los que se encontraban los detractores de Isabel y partidarios de su tío Carlos) hizo ostentación de la tradición católica de su familia, aunque él no tuviera interés en ritos religiosos de ningún tipo, pues se declaró no creyente[1] y, además, partidario de la libertad de conciencia, una cuestión, decía, sobre la que “Europa ya había decidido”. Y es que el exilio de la Familia Real, lo llevó a Francia, donde viviría hasta el estallido de la Guerra franco-prusiana y la instauración de la Comuna de París; los acontecimientos lo llevaron a Viena, ciudad en la que un Alfonso de catorce años asistió al Colegio Teresano.

Es aquí cuando los contactos de Cánovas con la realeza se llevaban a cabo en la persona del hijo de Isabel, el ya titular de la Corona, al que pretendía preparar para encabezar su plan; como primer paso, Alfonso pasaría una estancia en Inglaterra, donde recibiría educación militar en contra de sus deseos de ir a la Universidad porque “no se puede negar que para mí es esencial también estudiar y saber qué son Cortes, qué es Constitución, qué es Gobierno, etc., porque, si no sería lo mismo que el que quería hacerse escribiente, que cuando le preguntaron si sabía escribir, contestó que no, pero que tenía una bonita figura”.

Allí, en la nación con la Monarquía más consolidada de Europa, Alfonso se alistó en la Academia de Sandhurst, lugar del que toma nombre uno de los manifiestos más importantes de la Historia de España, pues supone la antesala del proceso de Restauración.

La carta de presentación del Rey: el Manifiesto de Sandhurst

En España, el 29 de noviembre de 1874, el general Martínez Campos acabó con la República y proclamó Rey a Alfonso, poniendo fin a la formación del titular de la Corona española y empujando a Cánovas a redactar la declaración de intenciones del futuro Monarca, que, finalmente, se hizo pública el 27 de diciembre, bajo rúbrica del Rey, anunciando los elementos que inspirarían y guiarían la Restauración:

  1. Implantación de una Monarquía:
  • constitucional, único régimen que, como ya se observó, era el empleado por las principales potencias europeas tras el Congreso de Viena para restablecer el orden y la paz en el Continente;
  • de Gobierno parlamentario, siguiendo la tradición constitucional que se instauró en España con la muerte de Fernando VII; y
  • hereditaria, término que es empleado recurrentemente para referenciar que ningún Monarca extranjero debe ocupar el Trono español, y que éste recae, única y exclusivamente, en los descendientes de Isabel II.

2. Rechazo frontal a todo proceso emprendido desde 1868, lo que supone:

  • la abolición de la Constitución de 1869; y
  • reconocimiento de todos los partidos políticos con independencia de su ideología, pero que asuman el principio monárquico hereditario..

3. Confianza en el Parlamento (Cortes, en el caso español -Congreso y Senado-), bajo el paraguas de la Monarquía.

Se trata, pues, de una emulación de la tradición monárquica inglesa, poniendo como principales objetivos la libertad de los españoles, su paz y prosperidad.  A su vez, pese a tratarse de unas líneas emanadas del pensamiento de Cánovas, en ellas se aprecian otras de la propia cosecha de un joven que quería presentarse a la nación como un Rey “[…] en contacto con los hombres y las cosas de la Europa moderna, y si en ella no alcanza España una posición digna de su historia […] culpa mía no será ni ahora ni nunca. Sea la que quiera mi propia suerte ni dejaré de ser buen español, ni […], como hombre del siglo, verdaderamente liberal”.

Había nacido Alfonso XII, un verdadero monarca constitucional que, queriendo cumplir con su deber, hizo uso de sus prerrogativas regias para contribuir en la regeneración del país. Como vimos, varios eran tales privilegios residuales que le correspondían al Rey en una Monarquía Constitucional, y aquí únicamente nos centraremos en dos: la jefatura de las Fuerzas Armadas y la dirección de la política exterior.

Para este Borbón, ser Rey implicaba implicarse en los asuntos de Estado; en 1875, Alfonso encargó una colección de libros sobre Derecho Constitucional, Derecho Internacional y el funcionamiento del sistema británico. Estaba ansioso por conocer también sus competencias y las limitaciones de su poder, y, en sintonía con la admiración de Gran Bretaña, consultaba al embajador inglés en Madrid sobre su papel constitucional, quien le advirtió de que los cambios que pretendía implementar en España deberían hacerse de manera progresiva, por lo que, en este juego, el papel de las facciones de la oposición resultaba sumamente importante.

No obstante, como suele ocurrir con otros espíritus reformistas y emprendedores, las ansias por llevar a la práctica la teoría chocaron con la realidad de un poder limitado y en mano de la clase política, que, en la España de finales del siglo XIX, estaba encabezada por Cánovas, partidario de que el Rey no debía profundizar en los detalles y limitarse a conocer los asuntos a través de los políticos con los que despachaba semanalmente. La actitud de Cánovas fue tachada de inconstitucional por el embajador inglés.

En este ínterin, la tan ansiada estabilidad que había inspirado a Cánovas a promocionar la causa alfonsina debía estar articulada por una nueva Carta Magna. La experiencia vivida durante el período isabelino evidenció la falta de madurez política del sistema y de los partidos que lo conformaban, por lo que la Constitución de 1876 pretendía tender un puente hacia un régimen cada vez más parlamentarizado y pacífico; su principal promotor, convencido de ello, antepuso a la democracia sustentada sobre unas elecciones libres, un turnismo político artificioso entre dos principales facciones políticas que fortaleciesen a los partidos, engrasándose los engranajes de un sistema en el que el Monarca actuaba como agente moderador correspondiéndole:

  • El nombramiento de un Gobierno que gozase de mayoría parlamentaria;
  • Apoyo sin ambages al Gobierno; y
  • Disolución del Parlamento -o Cortes en España- una vez que el jefe del Consejo de Ministros hubiera decidido suspender sus sesiones.  

Pero lo cierto es que los primeros años de su reinado estuvo marcado la difícil formación de gobiernos, pues la alternancia pacífica entre canovistas -conservadores- y sagastianos -liberales- no se dio hasta la muerte de Alfonso, tras años de férrea rivalidad política en la que el joven Monarca no pudo evitar su inclinación hacia Sagasta y los suyos en su deseo por implantar las reformas que pretendía para España, y en la que Cánovas trataba de reducir al mínimo la inmisión del Rey en la vida política.

Las relaciones hispano-alemanas

En 1871, Francia había sido vencida en una derrota humillante de la que su rival era plenamente consciente. El recién instituido Imperio Alemán venía ahora a sustituir a los galos como potencia mundial, y sabedor de que era probable una revancha por parte de los franceses, su canciller, Bismarck, emprende una política exterior basada en el tejido de alianzas diplomáticas con las que anular a Francia en la esfera internacional. Son los llamados sistemas bismarckianos, que lograron la insaturación de un período pacífico, conocido como paz armada, que se prolongó hasta 1914, cuando estalló la Primera Guerra Mundial. A su vez, nuestro país vecino daba amparo y suministro armamentístico a los enemigos de la Corona, ya fueran detractores de Alfonso XII, como es el caso de los carlistas, o de la propia Monarquía, caso de los republicanos de Ruiz Zorrilla.

Así pues, un texto constitucional que enunciaba una soberanía compartida entre el Rey y las Cortes fue bien reciba fuera de las fronteras españolas, especialmente por los alemanes. Habiéndose insaturado un orden mundial en el que siendo desplazada Francia, Alemania dominaba el área de influencia continental y Gran Bretaña el comercio marítimo, a España, que venía asistiendo durante décadas al ocaso de su hegemonía internacional como consecuencia directa de su deterioro interno, se le presentaban dos opciones: o bien se mantenía neutral a los conflictos que se producirían entre las potencias de su entorno, lo que implicaba el mantenimiento de una serie de recursos con los que no contaba; o bien apostaba por el aislamiento diplomático, basado en la búsqueda de acuerdos políticos puntuales con los diferentes agentes europeos en función de los intereses nacionales. De este modo, la política exterior española durante el mandato de los conservadores (1875-1881) se decantó por esta segunda alternativa, que le permitía afianzar los pilares, aún arenosos, de la Restauración, llegando a ignorar las colaboraciones francesas con carlistas y republicanos.

Sin embargo, Bismarck pronto advirtió la pertinencia de mantener a su favor a una España estable como la que anunciaba su Constitución y su principal orquestador, Cánovas, ante cuyo nombre, según las fuentes consultadas, agachaba la cabeza en señal de admiración. Alemania ya había establecido, pues, alianzas con el Imperio austrohúngaro y Rusia, y contaba con la aquiescencia española en la política antifrancesa desplegada por su canciller; posteriormente se uniría a los sistemas bismarckianos Italia; en este contexto, el Ministro de Asuntos Exteriores aconsejó a Alfonso XII tejer mejores relaciones con Alemania y Austro-Hungría, algo que rápidamente el joven se prestó a hacer, ofreciéndole al embajador alemán “trescientos mil soldados españoles en caso de una nueva guerra franco-alemana”.

Alfonso poseía un gusto por las estrategias militares y el ejército, por lo que la fascinación que sentía por las técnicas vanguardistas empleadas por las tropas alemanas inclinó más aún la balanza hacia sus tendencias germanófilas, una faceta del Monarca que se acentuó aún más cuando fue invitado a presenciar las maniobras del ejército alemán en Homburg. Allí, se le nombró coronel del regimiento de ulanos destinados a Estrasburgo, ciudad recientemente arrebatada a los franceses, sin que ni el propio Alfonso ni el Gobierno repararan en lo que este gesto entrañaba para la diplomacia española, pues el Rey había enfadado al pueblo francés, que lo recibió con abucheos en su paso por París de regreso a Madrid, al grito de “¡Viva la República; fuera el ulano!”.

No obstante, se daba inicio así a una estrecha relación entre Alemania y Alfonso XII que bien le valieron a España la resolución de conflictos por la vía diplomática en pleno apogeo del imperialismo europeo; y es que el Imperio Español estaba llegando a su fin: las escasas colonias y territorios de ultramar que aún atesoraba poco a poco se iban desligando de la Corona, por lo que, ante una reactivación del afán de las potencias europeas por dominar las relaciones comerciales ante la búsqueda de territorios a los que explotar, así como ante el auge de nuevas potencias en el panorama internacional como Estados Unidos, España se estaba amilanando y quedando al margen, rota por las discordias internas. En este contexto, las relaciones entre el Monarca y la Alemania bismarckiana, caracterizada por el empleo de la fuerza para configurar el orden internacional, supusieron el reconocimiento y reafirmación de la soberanía española sobre las remotas y desconocidas para el pueblo Islas Carolinas. 

Este archipiélago se encuentra en Oceanía, concretamente, en la Micronesia, frente a las costas de Filipinas, y constituyó una de las posesiones españolas de ultramar desde el siglo XVI, cuando dos exploradores españoles se toparon con ellas y las bautizaron en honor a Carlos II como Islas Carolinas. Lo cierto es que la sociedad española y parte de su Gobierno, tres siglos después, ignoraban la existencia de las mismas, en tanto que los alemanes llevaban ya tiempo interesados en ellas, pues representaban un asentamiento mercantil para varios países, como Inglaterra, EEUU y la propia Alemania. Los comerciantes llegados a este enclave marítimo permanecían en constantes disputas, por lo que demandaban una autoridad que administrase justicia en nombre del Rey de España, país soberano del territorio que, sin embargo, nunca había procurado la instalación permanente de autoridades o instituciones, más allá del envío de expediciones de misioneros y esporádicos destacamentos militares, pues entendían que el gobierno y dirección se ejecutaba desde Filipinas.

En 1885, cuando una disputa entre comerciantes extranjeros logró exponer al gobernador español en Manila la demanda de órganos de justicia en Yap, una de las islas que componen el archipiélago, éste decretó, de modo cautelar, el envío de una expedición exploratoria, a la que seguiría otra, compuesta por los barcos San Quintín y Manila, con los recursos y materiales necesarios para establecer la administración; Alemania se adelantó a la medida para establecer un protectorado alemán en las Islas alegando que éstas eran territorio sin dueño, res nullius

Alfonso XII estaba moribundo y Madrid, que veía peligrar su recientemente iniciada Restauración y  sentía la amenaza de la pérdida de las escasas colonias, rápidamente ofreció una salida al conflicto por la vía diplomática, en tanto que el pueblo español, percatado ahora de la existencia de tan remotas posesiones en el Pacífico, se levantaba unido, con independencia de ideologías, defendiendo la soberanía española, alentados por una prensa que animaba a una defensa sin ambages llevada al extremo de acudir a un conflicto armado si era necesario. No fue el caso.

Bismarck se plegó “a examinar las pretensiones de España”, ofreciendo a someter la causa al arbitraje internacional si fuera preciso sobre la base de que “la cuestión de determinar cuál de las dos Potencias tendrá el derecho de ejercer la soberanía sobre las Carolinas no tiene bastante importancia para que el Gobierno Imperial se aparte de las conciliadoras tradiciones de su policía, que ha sido particularmente amistosa para España”.

Ver: Palacio Atard, V. (1969). La cuestión de las Islas Carolinas, un conflicto entre España y la Alemania Bismarckiana.Rubio, J. (marzo de 2007). Los primeros años del reinado de Alfonso XII: su compleja problemática nacional e internacional. Anales de Historia Contemporánea(23)

Finalmente, el conflicto se resolvió por mediación del Papa León XIII a favor de España. Alfonso no podría ver la firma del Protocolo de Roma de diciembre de 1885, puesto que falleció un mes antes. Sin embargo, las negociaciones suponían que un gigante como Alemania reconocía los vestigios de hegemonía de una potencia extinta como España, país en el que, a raíz de este hecho, emergió una opinión pública que, en el contexto de la Primera Guerra Mundial, se dividió entre los defensores de los Aliados y los que, como reminiscencias de aquella resolución pacífica, apoyaban al Imperio Alemán. El Borbón germanófilo no vivía ya para retomar las relaciones con Bismarck, el verdadero mandatario del Imperio, pero España volvería a firmar pactos con los germanos dos años después de la crisis de las Carolinas, el Acuerdo Mediterráneo, aunque bajo secreto.


[1] A raíz de la muerte de su primera esposa de la que estaba profundamente enamorado, María de las Mercedes, en 1878. Alfonso recogió por escrito su malestar y añadió que no tenía consuelo alguno, pues ya no “tenía la suerte de ser creyente”, de creer que “volvería a encontrar a Mercedes en el cielo”.

Para saber más:

Gavira, C. A. (2018). Alfonso XII: un Rey germanófilo. Madrid Histórico(73), 27-32.

Lario, Á. (1998). La corona en el Estado Liberal. Monarquía y constitución en la España del XIX. Historia Contemporánea(17), 139-157.

Lario, Á. (2003). Alfonso XII. El rey que quiso ser constitucional. Ayer(52).

Proyecto Clío, nº 5. (s.f.). Manifiesto de Sunshurst. Obtenido de http://clio.rediris.es/fuentes/sandhurst.htm

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