La vigencia económica y simbólica de la campaña del desierto en Argentina (1876 – 1885)

En la ribera del Río Negro

Cuando las cinco columnas del Ejército Argentino pusieron un pie en la confluencia de los ríos Neuquén y Limay -en plena norpatagonia argentina y en un no muy lejano otoño de 1879- (les dejo un mapa aquí) dieron por finalizada con ese encuentro la primera etapa de una campaña de expansión territorial que todavía tendría muchos episodios por delante.

Recién hacia 1885 con la rendición de los líderes de las últimas comunidades originarias que se resistían se pudo dar por terminada lo que la historia oficial pasaría a denominar como la Conquista del Desierto. En un contexto dominado por las teorías evolucionistas y el determinismo biológico y geográfico, el resultado de la campaña militar afirmaba a la República Argentina como un país fuerte, libre y soberano al expandir su extensión territorial, garantizar el control interno de todos sus territorios y demarcar sus límites. Pero sin embargo, uno de los objetivos principales de esta campaña respondía a ciertos intereses que trascendían los confines del territorio argentino y a la vez resultaban imprescindibles para incorporarse de hecho y derecho a un sistema internacional que iba perfeccionando su funcionalidad. 

Las implicancias geopolíticas de este objetivo serán las que nos lleven a recorrer los próximos párrafos, que atravesarán espacio, tiempo y sociedad del territorio argentino hasta llegar a la compleja e inestable actualidad del país sudamericano. Los invito a leer y reflexionar al respecto.

La inserción global de un Estado

La Conquista del Desierto tuvo un final formal en el año 1885. El avance de las tropas del Estado argentino encontró un límite al sur del continente americano, pero ese límite no sería más que el comienzo de una serie de transformaciones coyunturales que terminarían construyendo un modelo de país. 

Desde la consolidación de la República Argentina en 1862, tras varias décadas de batallas internas, los objetivos que habían comandado los designios de la clase política y gobernante se centraban en la pacificación y la organización del Estado. El ideal de construir una nación argentina empezó a tomar forma en pensamiento y acción y eso, sumado a la necesidad de adoptar un modelo productivo que le brindara las herramientas necesarias para establecerse como un Estado soberano a ojos del mundo, se convirtieron en políticas de estado.

En un contexto global en el cual las Revoluciones Industriales habían transformado por completo las relaciones internacionales, dando inicio a una virulenta disputa por el control de nuevos territorios y mercados, comenzó a consolidarse también la división internacional del trabajo (DIT): esta dinámica daría lugar al surgimiento de centros y periferias cuyas funcionalidades estarían representadas por su aporte al sistema mundo. Aquellas regiones industrializadas serían las grandes proveedoras de manufacturas, tecnología y capitales mientras que el resto del mundo, en distinta medida, se convertiría en proveedor de materias primas para la industria, así como también en receptor de todo aquello que emanaba de las regiones industrializadas.

Aquí es necesario contemplar que esta DIT traería consigo una desigualdad a nivel global, encarnada por el deterioro de los términos de intercambio (les dejo un buen artículo aquí) resultantes entre el valor de las manufacturas versus materias primas. Es entonces que se consolida un centro –las regiones industrializadas- y una periferia. Geopolíticamente hablando, y considerando la predominancia de las teorías deterministas y evolutivas (que se extendían desde la biología hasta la geografía política, pasando por la demografía, como podemos ver en las obras de Darwin, Ratzel y Vidal de la Blache o Malthus, solo como ejemplos), los Estados priorizaban la necesidad de establecerse como “organismos” sólidos y capaces de expandirse sobre otros más débiles con el fin de satisfacer las necesidades de sus habitantes, teóricamente vehiculizadas a través de sus representantes.

Así fue que Argentina decidió emprender una campaña militar hacia aquellos territorios que aún no controlaba. Sobre estos espacios se construyó una simbólica y particular paradoja: era necesario asegurar los límites frente a la avanzada de los malones (dejo un pequeño texto aclaratorio), controlar las poblaciones originarias, presuntamente agresivas, a la vez que era necesario extender los dominios del Estado Argentino hacia un “desierto” que en la práctica no lo era. La metáfora del desierto como construcción simbólica e imaginario colectivo sirvió para legitimar, a ojos del ciudadano común, lo que en la realidad se convertiría en un cruento genocidio de todas las poblaciones originarias de la Patagonia.

Una vez finalizada la conquista, el presunto problema del “enemigo interno” quedó resuelto, al igual que el reconocimiento internacional de la soberanía territorial argentina (aunque es válido aclarar que la delimitación detallada de los límites internacionales llevaría varias décadas más). No obstante, si bien la cantidad de tierras productivas disponibles se incrementó enormemente con lo adquirido en la conquista, un pequeño porcentaje se empleó para la actividad agropecuaria.

Si, en cambio, Argentina se insertaría de manera eficiente en la economía global, convirtiéndose además –con la incorporación y expansión de los ferrocarriles- en un actor fundamental como proveedor de granos y carne. Entre 1880, ya iniciada la segunda parte de la conquista, y 1914, Argentina mantuvo un crecimiento económico sostenido de su producto bruto interno que osciló entre los 2 y los 2,5% anuales, siendo por momentos la tercera economía del mundo gracias a este modelo.

Sin embargo, esta inserción global no se llevó a cabo sin traer consigo una serie de impactos: el primero y más importante de ellos, la concentración de riquezas y tierras en pocas manos. La antigua burguesía terrateniente -ahora devenida en una clase política oligárquica- se encargó de controlar el derrotero argentino durante el período 1880-1916, territorializando una polarización social compleja en un país en pleno crecimiento que no estuvo exenta de endeudamiento gracias a los intercambios entre materias primas, tecnología, capitales y manufacturas cuyo peso principal recayó sobre el país sudamericano.

Argentina, de esta forma, instaló voluntariamente como modelo de país un “germen periférico” que se agravaría poco tiempo después, con la llegada de una crisis en 1929 que paralizaría al mundo y para la cual no tendría, en el corto plazo, respuesta alguna.

Interludio: una transición trunca

En Sudamérica, las dos décadas que se sucedieron tras la Segunda Guerra Mundial trajeron consigo nuevas formas de pensar un modelo de Estado. Inmersos en una oleada neopositivista y en paradigmas mayoritariamente vinculados a la utilización de planificaciones, simulaciones, modelos y análisis sobre el territorio, los países apostaron por lograr el crecimiento desde una forma diametralmente opuesta a la tradicional. 

En este sentido, los proyectos de industrialización fueron los abanderados de este nuevo período, que vio resurgir ideales nacionalistas que posteriormente se complementaron con una segunda etapa, denominada Desarrollismo. Argentina, en este contexto, promovió la expansión de la industria nacional a través de un modelo económico y social que apuntaba a afianzar la soberanía económica y el desarrollo endógeno para modificar su rol dentro del sistema internacional en tiempos en los cuales el mundo parecía encaminarse hacia un crecimiento ilimitado tras tocar fondo con el crack del ´29 y la Segunda Guerra. Sin embargo, no duraría mucho.

La falta de capitales propios, la paulatina reapertura hacia los mercados internacionales (con su consecuente imposibilidad de competir contra otros productores) y el desembarco forzoso de nuevas ideas políticas –al igual que en gran parte de la región, a través de la introducción de gobiernos de facto– operaron como factores que abrirían el camino para una nueva transformación productiva caracterizada por lógicas individualistas y consumistas, en donde los capitales ahora pasaban a ser de carácter transnacional y, en su mayoría, especulativo.

Pero no sólo la expansión del neoliberalismo torcería los caminos argentinos en su resignificación internacional: la llegada de las tecnologías vinculadas a la producción de alimentos que habían sido puestas en marcha con la Revolución Verde de los años 60´s, y el creciente protagonismo de las empresas transnacionales como los amos y señores de estos procesos productivos inclinarían otra vez la balanza para el lado del modelo agroexportador. 

Así, Argentina entraría en el último cuarto de siglo con un incipiente proceso desindustrializador que lo llevaría paulatinamente a ocupar el mismo rol que un siglo atrás, el de proveedor de materias primas aunque el costo, como veremos, es diferente.

Reprimarización y Sojización

Es necesario hacer aquí, antes de continuar, un breve paréntesis aclaratorio que abarca dos décadas. Veamos.

Abrimos paréntesis: a mediados de la década de los 70´s se produjo en Argentina el desembarco del capitalismo neoliberal globalizado, a través de la instauración de una dictadura militar cuyo proyecto político hasta mediados de los 80´s consistió en desarticular el aparato productivo, desmantelar las protecciones del Estado Social y recurrir sistemáticamente al endeudamiento a través de los organismos financieros internacionales. En pocas palabras: tierra arrasada.

Cerramos paréntesis: década de los 90´s, en su totalidad. Profundización de los mecanismos instalados durante el período antes mencionado –interrumpido por un período de gobierno entre 1983 y 1989, muy condicionado por el contexto económico- a lo cual se le sumaron una larga lista de ventas y concesiones de los bienes del estado a precios irrisorios. Al mismo tiempo se habilitó, en 1996, el uso de la soja RR, convirtiéndose así en el primer país del mundo en sembrar sus suelos cultivables con semillas transgénicas. 

La vasta extensión de la República Argentina, a partir de la incorporación de los territorios que llevaron su bandera hasta el extremo sur del continente americano, trajo consigo una gran disponibilidad de tierras cultivables. Gracias a su amplia geografía, Argentina históricamente pudo desarrollar una multiplicidad de cultivos que le permitieron abastecer su mercado interno así como también atender la demanda de productos específicos para exportación.

El derrumbe económico del Estado, que llegó a su situación límite en diciembre de 2001, dejó pocas alternativas en el horizonte productivo. La cotización en bolsa de la soja, contemporánea al desarrollo de los organismos genéticamente modificados, abrió las puertas a la producción y venta de materias primas a granel y a precios establecidos internacionalmente. Para los países sudamericanos -avasallados por los ajustes estructurales requeridos por el Consenso de Washington- la opción de volcar sus territorios, productivos o no, a todo aquello que pudiera contemplarse dentro de esta lógica resultó más que atractiva. 

Es así se efectuó una transición hacia otra lógica, conocida como el Consenso de los Commodities, representando una dinámica que se caracteriza por volcar el aparato productivo hacia la reprimarización, un retorno a las actividades primarias a las cuales se las exporta a granel con escaso valor agregado. La adopción acrítica de esta dinámica es lo que autoras como Maristella Svampa proponen como un pasaje del endeudamiento cíclico financiero hacia la exportación de los bienes primarios de cada Estado. En este implícito debate geopolítico, el rol encarnado por Argentina fue, otra vez, el de la periferia proveedora. 

De allí en adelante, la expansión de la frontera agropecuaria se vio sucedida por una expansión de los cultivos de soja que llevó a esta leguminosa a sembrarse en más del 50% de la superficie total cultivada de Argentina. Acompañado por procesos de voraz extractivismo, la intensidad aplicada sobre los suelos y la expansión de la soja triunfaron sobre los cultivos tradicionales. A cambio de mantenerse insertos en el sistema mundo, este doble proceso de reprimarización y sojización derivó en la reducción de otros cultivos y producciones como la ganadera –aquellos que abastecen el mercado interno-; en la concentración constante de tierras y capital en cada vez menos actores; y, finalmente, deriva y derivará en el agotamiento de los suelos productivos en un corto plazo.

Argentina –igual que muchos otros países- hoy se incluye dentro de los principales productores globales de un cultivo específico, aunque el efecto no deseado resulte ser paradójico: cada vez debe importar más de lo que necesita para alimentar a su población. También Argentina ve desaparecer a los pequeños y medianos productores, que no pueden competir contra los gigantes del agronegocio, y también Argentina está comenzando a ver los impactos del antes mencionado deterioro de los suelos (les dejo un documental contundente aquí y un pequeño artículo que escribí al respecto aquí). En estos tres aspectos, las consecuencias comienzan a ser nefastas, aunque el horizonte no manifiesta cambio alguno.

La decisión de conquistar para producir que aquella generación encargada de llevar a cabo la campaña de finales de siglo XIX puso como objetivo; la decisión de priorizar el sector agroexportador por sobre el desarrollo endógeno que sus líderes reafirmaron; y la decisión de insertarse en una periferia cada vez más profunda y condenada al subdesarrollo marcaron y marcarán el derrotero del país sudamericano en el sistema mundo. 

La permanencia en lo negativo (una especie de conclusión)

Argentina ha estado siempre sobre el tablero de juego cuando llega el momento del análisis geopolítico a nivel global. Podríamos establecer algunos aspectos centrales de éste:

En primer lugar, el mismo momento en que el Río de la Plata se estableció como una de las áreas portuarias de mayor importancia y la navegación de su cuenca se demostró estratégica para facilitar el traslado de mercancías –complementada con los ferrocarriles-, la posición de la flamante república se tornó vital para el desembarco del mercado de los bienes manufacturados que provenían del viejo continente.

En segundo lugar, la consolidación –post campaña al desierto- de un modelo agroexportador como ideal productivo de país que implicó para Argentina su inserción al sistema internacional desde una posición periférica, simple, de proveedor de materias primas en un contexto de expansión de los grandes centros industriales.

Finalmente, a partir del último cuarto del siglo XX y con mayor énfasis en el primer decenio del siglo XXI, un retorno al modelo agroexportador -aunque con características que profundizaban más los ya deteriorados términos de intercambio- dentro de un contexto de imperiosa demanda de materias primas cuyos réditos contribuyeron a enmascarar esta reprimarización y especialización monopoductiva. 

Argentina, así, vuelve a colocarse al servicio de las grandes potencias como aliado necesario para la provisión de commodities, principalmente de la soja exportada a China. La geopolítica global contemporánea vuelve a situarlo en una periferia cada vez más profunda donde los centros son cada vez más pequeños y distantes, y cuyo vínculo y sostén es, como hace más de un siglo, sus territorios productivos. 

Slavoj Zizek titulaba a una de sus obras La permanencia en lo Negativo, en donde el análisis que allí se planteaba –les dejo aquí un breve resumen- vinculaba el regreso cíclico a cuestiones perjudiciales ya conocidas como consecuencia de una imposibilidad estructural de establecer cambios radicales. Desde la política hasta la religión y otros aspectos culturales, esta tendencia termina por convertirse en la norma toda vez que un supuesto nuevo paradigma irrumpe en el escenario pero carece de fuerza suficiente…pero ¿qué tiene que ver la actualidad geopolítica Argentina con esta idea?

Los tiempos recientes no han manifestado cambios en los horizontes productivos del país sudamericano. Afirmados sobre una economía reprimarizada que asegura algunos años más de ganancias, la apuesta que parece tentar como opción futura –a pesar de algunos aislados arrestos de industrialización a escala micro- para no quedar “fuera” del sistema internacional es la de asumir la responsabilidad ya no sólo de producir el alimento que China necesita para su ganado, sino directamente criarlo. Ese trasvase geográfico de lugar de producción puede efectuarse (otra vez) ya que –tal como se desprendió de una de las audiencias por el caso- esas granjas porcinas podrían instalarse, al igual que el “desierto” de aquella conquista, en “el medio de la nada”. 

Otra vez la oferta planteada depositaría a Argentina en un necesario rol secundario. Otra vez materias primas. Otra vez su extensión territorial, y otra vez la metáfora de desierto como garantes de un modelo que parece no tener alternativas. Si bien las granjas porcinas son hoy poco más que un proyecto, en un contexto de recursos menguantes y suelos desertificados las opciones posibles no van más allá de profundizar la reprimarización y el extractivismo para el modelo argentino, considerando que el incremento de los precios internacionales de la soja se sostiene.

Aquella decisión tomada tras la campaña militar de fines de siglo XIX aún repercute, política, económica y simbólicamente en la estructura del Estado. Las implicancias geopolíticas de una Argentina agroexportadora a través del espacio y el tiempo son, precisamente, una permanencia en lo negativo.

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