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Qué es la diplomacia cultural

La definición más citada de diplomacia cultural es la de Milton Cummings, quien la describe como «el intercambio de ideas, información, valores, sistemas, tradiciones, creencias y otros aspectos de la cultura, con la intención de fomentar el entendimiento mutuo”. El objetivo último es fomentar la confianza y mantener una relación a largo plazo. Bajo el paraguas de diplomacia cultural se incluyen la enseñanza de idiomas; los intercambios de estudiantes, profesores, científicos, etc.; la exportación de productos culturales, por ejemplo, películas y canciones; y la realización de exhibiciones, conciertos u otros eventos con enfoque cultural. Esto también se conoce como diplomacia cultural positiva o clásica, es decir, la promoción de la propia cultura en el extranjero, al servicio de los objetivos de política exterior. 

En cambio, la diplomacia cultural negativa consiste en restringir el acceso a la propia cultura para evitar que sea influenciada. Ejemplos de esto son las cuotas en la radiodifusión y la Academia Francesa que se encarga de defender la pureza del idioma y traducir términos extranjeros al francés. La nueva escuela de diplomacia cultural surge en Europa en los años 90 y se centra en la mera facilitación del acceso, mostrando tanto las fortalezas como las debilidades en lugar de promover una determinada imagen, y así permitir al público hacer sus propias interpretaciones. Se trata menos de proyección y unidireccionalidad y más de escucha y diálogo. 

En este sentido, es fundamental tener en cuenta que, a pesar de las prácticas de la Guerra Fría que provocaron confusión entre los términos, la diplomacia cultural no es propaganda, entendida esta como la información selectiva o engañosa con la finalidad de manipular a la audiencia para lograr un determinado objetivo. La diplomacia cultural es vista como un subcampo de la diplomacia pública que tiene como objetivo promover el interés nacional informando o influyendo en las audiencias extranjeras a través de la provisión de información sobre políticas y acciones estatales. La diplomacia pública, a su vez, se engloba en el poder blando, un término acuñado por Joseph Nye en 1990 para expresar la capacidad de un Estado para influenciar los comportamientos de otros Estados a través de la atracción y cooptación en lugar de la coacción, ya sea de naturaleza militar y económica. Nye enumera específicamente la cultura, los valores políticos y las políticas exteriores como fuentes de poder blando, lo que destaca la importancia de la diplomacia cultural. 

Fuente: elaboración propia 

Como afirma Walter Laquer, en el nuevo desorden mundial, la diplomacia cultural ha cobrado mayor importancia, mientras que la diplomacia tradicional y el poder militar son de uso limitado. Contrariamente a la sombría predicción de Huntington de un choque de civilizaciones, la cultura es la herramienta perfecta para prevenir conflictos y fortalecer la paz. Al fomentar la confianza y el entendimiento mutuo, unir a las personas y permitirles colaborar, la diplomacia cultural contribuye directamente al objetivo principal de la diplomacia: fomentar la cooperación. Esto es aún más cierto en el mundo interconectado y multipolar creado por la globalización. Entre los beneficios de la diplomacia cultural encontramos: crear relaciones que perduran más allá de los cambios de gobierno, llegar a miembros influyentes de la sociedad, cooperar a pesar de las diferencias políticas, proporcionar una plataforma neutral para el contacto de persona a persona, transformar conflictos, combatir la imagen negativa y contrarrestar los malentendidos, entre otros.

Historia de la diplomacia cultural hasta finales del siglo XX

Como afirma Arndt, la diplomacia temprana no consistía en relaciones entre Estados-nación sino entre culturas. Desde la Edad del Bronce, las ceremonias y los rituales (especialmente el intercambio de obsequios, entre los que información, bienes e incluso personas) han sido de suma importancia. Las culturas adaptativas como la griega, la persa y la romana prosperaron absorbiendo información de sociedades extranjeras. Aunque durante la Edad Media en Europa el aprendizaje pasó a la clandestinidad, gobernantes como Carlomagno promovieron las artes e incluso el diálogo entre culturas. Los siglos XVI y XVII se conocen como el apogeo de la diplomacia cultural gracias a personas como Francisco II, Luis XIV y Matteo Ricci. 

En general, el nacimiento de la diplomacia cultural clásica se atribuye a la creación de la Alianza Francesa en 1883. Siguieron otros institutos culturales: el Istituto Dante Alighieri en 1923, Deutsche Welle en 1924, el Servicio Alemán de Intercambio Académico y la Sociedad para las Relaciones Culturales con Países Extranjeros en 1925 y el British Council en 1934. En el contexto de la Guerra Fría los institutos culturales siguieron proliferando: American House Institution en 1945, Goethe Institute en 1951 y Fundación Japón en 1972. Las fechas muestran que los esfuerzos de diplomacia cultural se multiplicaban después de una gran guerra.

Debido a la intensa batalla ideológica durante la Guerra Fría, el estudio de la diplomacia cultural se centró en Estados Unidos, por lo que es pertinente examinarlo de forma más detallada. Para entrar en la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos primero tuvo que convencer a sus propios ciudadanos mediante una propaganda interna a través del Comité de Información Pública, que fue cerrado al finalizar la guerra. En 1938 se estableció una división dedicada explícitamente a las relaciones culturales pero en la víspera de la Segunda Guerra Mundial pronto se unieron otras oficinas dedicadas a la propaganda blanca y negra. Después de la guerra estas fueron combinadas en lugar de ser abolidas como antes, y en 1953 se estableció la Agencia Informativa de EEUU (USIA). Estos orígenes propagandísticos, junto con el hecho de que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) financió muchas de las iniciativas de diplomacia cultural durante la Guerra Fría, han sido la principal causa de la marginación de la cultura de la política exterior

Después del fin inesperado de la Guerra Fría, Fukuyama proclamó el fin de la historia tal como la conocemos, pero la historia se repitió: el gobierno de EEUU descontinuó la USIA en 1993 a pesar de que el jazz y el rock habían contribuido a dicha victoria. No obstante, apareció un renovado interés en la diplomacia pública en las secuelas del 11 de septiembre y la posterior invasión de Irak. Además, como recién llegados, España y China establecieron el Instituto Cervantes y el Instituto Confucio en 1999 y 2004 respectivamente, y este último ha inundado desde entonces todo el mundo con sus más de 500 oficinas. En resumen, la apuesta por la diplomacia cultural va en aumento, especialmente en los países emergentes y en desarrollo.

La diplomacia cultural en el siglo XXI

A diferencia de la diplomacia cultural nacional tradicionalmente unilateral, las instituciones de gobernanza global están impulsando el surgimiento de una nueva forma multilateral que encarna la nueva escuela de diplomacia cultural. Destacan dos organismos internacionales: las Naciones Unidas y la Unión Europea. El ejemplo por excelencia es la UNESCO, que como su propio nombre atestigua se dedica a la promoción de la educación, la ciencia y la cultura con el objetivo de contribuir a la paz mundial. Otra iniciativa de la ONU es la Alianza de Civilizaciones, impulsada por España y Turquía en 2004. Siendo una respuesta directa al 11-S, esta promueve el diálogo interreligioso con el objetivo final de disipar las tensiones entre Occidente y el mundo musulmán.

La iniciativa más exitosa y conocida de la Unión Europea es sin duda Erasmus+, que desde 2014 combina todos los programas de educación, formación, juventud y deporte, con un énfasis especial en la movilidad y el acceso. A estos hay que añadir el programa Europa Creativa, que se extiende a países vecinos, y la red de institutos nacionales de cultura (EUNIC), que recientemente ha puesto en marcha la creación de Casas Europeas de Cultura, el equivalente multilateral de los institutos culturales nacionales. 

El sector privado está cada vez más comprometido con la Responsabilidad Social Corporativa, y la diplomacia cultural corporativa puede verse como su versión mejorada. Si se trata meramente de una respuesta a la demanda de los consumidores, o en cambio, hay una preocupación genuina por el medio ambiente y las comunidades locales es de importancia secundaria siempre que las empresas tengan un impacto positivo. Ejemplos de empresas que fortalecen sus relaciones con los clientes a través de subvenciones, intercambios o voluntariado incluyen Deutsche Bank y British Petroleum.

La proliferación de iniciativas de la sociedad civil señala el regreso al origen popular de la diplomacia cultural y proporciona un modelo participativo y sostenible. Las ONGs suelen gozar de altos niveles de legitimidad y credibilidad, pero el contexto local debe tenerse en cuenta debido a las diferencias sustanciales entre las sociedades civiles entre países democráticos y países en conflicto o bajo dictadura. Algunas iniciativas ciudadanas incluyen la Fundación de Estambul, el Centro Internacional para la Cultura y las Artes Africanas, la Coalición para la Diplomacia Ciudadana y el Foro Islámico Americano para la Democracia.

La música, las artes y los deportes son reconocidos como idiomas universales que conectan a las personas a un nivel emocional que trasciende cualquier barrera física o lingüística. Resultan especialmente útiles como herramientas de diplomacia cultural informal cuando no se pueden establecer relaciones formales, como es el caso de Israel y Palestina. Proyectos en este ámbito incluyen la orquesta de Daniel Barenboim, Jeddah United, Street World Football y Right to Play, entre otros. 

Aunque la marca nacional ha estado tradicionalmente separada de la diplomacia cultural, una asociación entre las dos sería beneficiosa, ya que como afirma Anholt quién acuñó el término marca país, la única forma de cambiar la imagen de un lugar es cambiando las acciones. Las campañas de marca país se han convertido en una tendencia en todo el mundo, siendo India, Nigeria, Corea del Sur y Rumanía solo algunos ejemplos. 

Por último, la Primavera Árabe obligó al mundo a reconocer el extraordinario poder de las redes sociales. En 2011 salió a la vista la necesidad de prestar más atención a las audiencias locales escuchando sus necesidades y preocupaciones, así como de empoderar a los ciudadanos y los medios independientes para prevenir conflictos. En este sentido, la acelerada digitalización y el cierre de fronteras debido a COVID-19 han presentado un nuevo impulso a la diplomacia cultural en línea.  

Ver: Academy for Cultural Diplomacy

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