Contexto internacional

Para este momento, la sociedad global había entrado en un periodo caracterizado por el deseo de libertad de acción y expresión. Hasta la fecha, los años sesenta son icónicos de la cultura norteamericana, quienes en ese entonces se encontraban en una encrucijada ideológica a partir de la Guerra Fría y sus conflictos derivados, tales como la Guerra de Corea, la Revolución Cubana y la Guerra de Vietnam. Esto llevó a una insurrección política e, incluso, a un despertar artístico y espiritual.

Aunque estos movimientos fueron considerados antisistémicos, lograron atraer visibilidad a sectores marginados de la sociedad, así como a cuestiones tabú de la época. Se originó una nueva manera de concebir los movimientos sociales, como lo fueron el hippie, el LGBT, el estudiantil, el feminista, el altermundista, el ambientalista y el antinuclear, entre otros.

Ver: El 68 global: Revolución y Contracultura

El mundo comenzó a tomar consciencia y los hijos de la posguerra, o también conocidos como la generación del baby boom, se cuestionaban las decisiones políticas del gobierno. El despertar generacional que experimentó la juventud a nivel internacional en los sesenta sólo puede ser comparable con la presente realidad globalizada, en la que protestas y manifestaciones se viralizan con el uso de las redes sociales.

En definitiva, 1968 fue un año histórico para México y el mundo. El resurgimiento de la izquierda revolucionaria a nivel global, el contexto bipolar y la lucha por los derechos civiles fueron algunas de las características que permearon el escenario en el que tendrían lugar hechos emblemáticos para el cambio social. Sin embargo, en una época de creciente activismo social, las insurrecciones contra la élite política se vieron reprimidas militarmente, amplificando el llamado por la democracia.

La matanza de Tlatelolco

El 22 de julio de 1968 se considera el comienzo de una serie de enfrentamientos entre jóvenes estudiantes y la fuerza policial de la Ciudad de México. En esta fecha tuvo lugar un pleito estudiantil entre las Vocacionales 2 y 5, ambas escuelas preparatorias del Instituto Nacional Politécnico (IPN), y la preparatoria Isaac Ochoterena, incorporada a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

El conflicto fue intervenido por un cuerpo de granaderos (agentes de la policía capitalina) que irrumpió en las instalaciones de estas escuelas preparatorias, disparó gases lacrimógenos y golpeó a estudiantes y profesores. Posteriormente, se suscitaron otras manifestaciones estudiantiles en protesta contra la violenta intervención policial durante la pelea entre las escuelas preparatorias. Sin embargo, estas manifestaciones también fueron reprimidas, a lo que los estudiantes respondieron con la toma de los planteles de la Escuela Nacional Preparatoria (ENP) 1, 2 y 3. Inclusive, el 1 de agosto, Javier Barros Sierra, el entonces rector de la UNAM, encabezó una marcha desde Ciudad Universitaria como muestra de inconformidad ante lo sucedido en los días precedentes.

De la misma manera, la UNAM, en conjunto con el IPN, el Colegio de México (COLMEX), la Universidad Iberoamericana, la Universidad La Salle, las escuelas normales, y otros centros de estudios del país, crearon el Consejo Nacional de Huelga (CNH) y establecieron un pliego petitorio con seis puntos clave. Estas demandas consistían en la destitución de jefes policiales, la desaparición del cuerpo de granaderos, la indemnización a los perjudicados en el conflicto y, en general, la democratización del país.

En un primer momento, el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz (presidente de México, 1964-1970) declaró que tenía la mejor voluntad de dialogar con el Consejo, pero nunca acordó formalmente un diálogo público. La ausencia de una respuesta llevó a los estudiantes a manifestarse nuevamente el 27 de agosto en la Plaza de la Constitución, también conocida como Zócalo de la Ciudad de México.

Esta protesta fue una de las movilizaciones estudiantiles más grandes; estuvo conformada por aproximadamente 400,000 estudiantes, quienes fueron desalojados, perseguidos y golpeados en la madrugada del 28 de octubre. Pese a la represión sistemática, el Consejo Nacional de Huelga (CNH) convocó a una nueva manifestación pacífica, en la que alrededor de 300,000 estudiantes marcharon con la boca cubierta y en silencio absoluto como símbolo de protesta.

Ver: 13 de septiembre: la “marcha silenciosa” que calló al gobierno

Sin embargo, una vez más, la violencia fue ejercida en contra de aquéllos que demandaban justicia. Otra señal de protesta fue realizada por el rector de la UNAM, quien se pronunció en contra de estos hechos coercitivos, así como de la intervención del ejército en los campus de Ciudad Universitaria y del IPN, por lo que presentó su renuncia, que le fue negada por parte de la Junta de Gobierno, de manera que tuvo que permanecer en el puesto.

Finalmente, el 2 de octubre, un día después del desalojo militar de las instalaciones universitarias, se llevó a cabo una reunión por la tarde en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, a la que asistieron miles de estudiantes, profesores, obreros y familias a manifestarse en contra de los acontecimientos represivos. Lo que ellos desconocían era que en esta protesta se encontraba infiltrado un grupo paramilitar integrado por miembros del Estado Mayor Presidencial (EMP), el Batallón Olimpia, quienes vestían como civiles y portaban un guante blanco en la mano izquierda.

Ver: Así fue la Operación Galeana, la estrategia del ejército el 2 de octubre de 1968

Este batallón, dirigido por el militar Luis Gutiérrez Oropeza, esperó la señal de las luces de bengala para comenzar a abrir fuego en contra de los manifestantes y militares que se encontraban en la plaza. Lo anterior ha sido catalogado como una estrategia para hacer creer que los agresores se encontraban entre los estudiantes, quienes fueron repelidos por los guardias militares que se encontraban vigilando la manifestación.

En pocos minutos, la Plaza de las Tres Culturas se llenó de sangre y los manifestantes se apresuraron a esconderse en los edificios de la Unidad Tlatelolco y sus alrededores. De manera inconstitucional, el ejército irrumpió en todo el perímetro para capturarlos sin poseer una orden judicial. Esta persecución, que comenzó a las 18 horas del 2 de octubre se prolongó hasta la madrugada del día siguiente; fueron siete horas continuas en las que se violaron los derechos del pueblo mexicano.

Ver: Olimpia – Tráiler

Algunos manifestantes fueron detenidos y torturados, mientras que otros, presuntos líderes de la movilización, fueron apresados y trasladados a la cárcel del Palacio de Lecumberri. Al día siguiente, el lugar de los hechos fue limpiado y en los titulares de los periódicos tan sólo se podía leer: Manos extrañas se empeñan en desprestigiar a México. Asimismo, pese a la tragedia ocurrida días antes, la primera celebración de los Juegos Olímpicos en México se llevó a cabo, de acuerdo a lo planeado, el 12 de octubre.

El informe presentado por el gobierno mexicano indicó 26 muertos, 100 heridos y 1,034 detenidos. No obstante, aunque de manera no oficial, el CNH contabilizó 150 muertes civiles y 40 militares, por lo que anunció el cese de manifestaciones. De igual manera, a lo largo de los años, distintos periodistas que han realizado investigaciones al respecto señalan que probablemente una cifra más acertada se encontraría entre 200 y más de 300 decesos.

Lo anterior ha llegado a ser considerado como el primer caso de genocidio en la historia jurídica de México. La responsabilidad de estos acontecimientos le ha sido atribuida al ex presidente Díaz Ordaz, a quien se le adjudica una presunta conexión con la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos en una hipótesis que relaciona las movilizaciones estudiantiles con una insurgencia comunista.

Esta última afirmación también se relaciona con otros de los personajes a quienes se les atribuye la responsabilidad de lo ocurrido en Tlatelolco, principalmente al entonces Secretario de Gobernación y posteriormente presidente de México (1970-1976), Luis Echeverría. La hipótesis del periodista e investigador mexicano Jacinto Rodriguez Munguia señala al ex presidente Echeverría, al ex general Jesús Castañeda Gutiérrez y al filósofo Emilio Uranga como los artífices detrás de la matanza del 2 de octubre.

Ver: La conspiración del 68

Sin embargo, la participación de este último no ha sido fundamentada de manera sólida por el periodista Rodríguez Munguia. Aunque, por otro lado, Luis Echeverría enfrentó en 2005 una acusación por parte de la Fiscalía Especial para los Movimientos Sociales y Políticos del Pasado que lo llevó a juicio por delitos de lesa humanidad por su participación en la matanza de Tlatelolco y la matanza del Jueves de Corpus (otra represión a estudiantes que tuvo lugar durante su gobierno), pero terminó por ser exonerado en 2007 debido a la falta de evidencias.

El papel de las mujeres

A mediados del siglo XX, las mujeres comenzaron a participar de manera activa en la vida política; este periodo se caracterizó por la insurrección de la tercera ola de feminismo a nivel internacional y la segunda en México. La posguerra representó un cambio drástico en las relaciones sociales y de producción, por lo que la dinámica de las diferentes esferas organizacionales se vio alterada dramáticamente.

Las movilizaciones mexicanas de 1968 fueron las primeras grandes manifestaciones en las que participaron jóvenes mujeres estudiantes para exigir justicia y libertad de expresión. Sin embargo, su presencia en esta lucha no ha sido analizada a profundidad; son pocas obras las que realizan un recuento en el que se remarque el papel fundamental del apoyo femenino.

“La noche de Tlatelolco”, publicada en 1971 por la periodista mexicana Elena Poniatowska, es una de estas obras que registró el testimonio de más de cien mujeres estudiantes, maestras, madres de familia y funcionarias. No obstante, la participación de las mujeres en el 68 fue más que una suma de masas.

Por un lado, fue una muestra representativa de empoderamiento femenino, aunque, por otro, la imposición de los roles de género tradicionales permanecía. Algunas participaron como líderes en las movilizaciones, mientras que otras se encargaron de proporcionar comida para agilizar la lucha. La condición femenina las hacía parecer menos sospechosas, lo que les facilitaba el actuar como mensajeras.

A pesar de que a menudo pasa desapercibido, el trabajo emocional que se atribuye en mayor medida a las mujeres ha representado a lo largo de la historia un elemento constitutivo en los movimientos sociales. Ninguna lucha es posible sin este soporte emocional, al menos no las de corte social, dado que éstas se orientan a la liberación del pueblo y a la búsqueda de la verdadera esencia de la democracia.

“La verdad es que yo hacía lo que quería. Seguía a la policía a las tres de la mañana, manejaba un camión, dirigí a 60 muchachos armados con palos para que protegieran a uno de los líderes del movimiento [… ] No consideré mi participación en el 68 limitada a un papel o rol tradicionalmente femenino.” (Cohen y Frazier, 1993, p. 75).

El rechazo del autoritarismo, la rebeldía y politización de las mujeres fueron factores clave que terminarían por caracterizar la organización social feminista en México. Por lo mismo, a partir de los años setenta, se formaron los primeros grupos militantes: Mujeres en Acción Solidaria (MAS), Movimiento Nacional de Mujeres (MNM), Movimiento de Liberación de la Mujer (MLM) y el Movimiento Feminista Mexicano, entre otros.

“Tuve compañeras que de verdad se tenían que oponer a su familia, al medio […] una joven que, como ciudadana, tiene que enfrentarse al sistema totalitario que vivíamos en esa época y a eso súmale que se tienen que enfrentar a una sociedad patriarcal. La carga política y emotiva de las jóvenes del 68 era doble, por eso es admirable su participación.” (Barrera y Beltrán, 2018)

Ver: Las mujeres del 68 y la revolución feminista emergente

Para realizar un análisis más riguroso de los hechos es necesario tomar en cuenta la perspectiva de género; una visión que permite esclarecer el panorama multidimensional de la realidad. Todos los actores sociales juegan un papel importante en el engranaje que constituye un movimiento de insurrección.

Consideraciones finales

El conflicto estudiantil de 1968 es verdaderamente complejo y, hasta la fecha, se desconocen datos relevantes para lograr una comprensión más completa de las diferentes aristas que componen a este hecho social. Nos encontramos ante una muestra de las contradicciones internas que pueden tener lugar a pesar de que el Estado experimente un gran crecimiento económico.

La continua represión social, tarde o temprano, termina por desencadenar un contraataque subversivo por parte de la sociedad civil. Para el gobierno de Díaz Ordaz era fundamental aparentar orden ante la prensa extranjera que se encontraba en el país; el milagro mexicano debía hacerse notar al exterior, mientras que al interior la estructura social y política se resquebrajaba.

La represión y el autoritarismo que tuvieron lugar durante el mandato de Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría fueron un punto de quiebre crítico para la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que había dominado la escena política desde su creación. Esta crisis estructural interna sería la que llevaría en las décadas posteriores a la institucionalización de una oposición en el país.

Para saber más:

Lamas, M. (2018). “Del 68 a hoy: la movilización política de las mujeres.” Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, 21.

Poniatowska, E. (1971). La noche de Tlatelolco; testimonios de historia oral. México: Ediciones Era.

Rodríguez, J. (2018). La conspiración del 68, los intelectuales y el poder: así se fraguó la matanza. México: Debate.

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