Cómo transformó la Revolución Islámica las alianzas de Irán

Irán es, sin duda, una nación polémica que, año tras año, sigue captando una gran atención mediática a causa de las constantes tensiones que protagoniza. Considerado como un potente jugador en el tablero de Oriente Medio y el eterno rival de Arabia Saudí, da la sensación de que siempre ha interpretado el papel de malo en las alianzas estratégicas de la zona. Solo hace falta ver los últimos acontecimientos que volvieron a poner al gigante persa en el punto de mira de Occidente para darse cuenta de la hostilidad que despierta.

En enero de 2020, Estados Unidos perpetró un ataque contra Qasem Soleimani en el aeropuerto de Bagdad, eliminando de esta manera a un alto militar iraní ampliamente apoyado en el país y abriendo la veda a posibles represalias por el asesinato. Además, en los últimos años se han visto unas idas y venidas entre discursos amenazadores en el terreno de las armas nucleares, sanciones internacionales, acuerdos históricos para limitar el peligro que supondría la bomba atómica y de nuevo, intentos de restaurar unilateralmente las sanciones que se eliminaron con dicho acuerdo en 2015. Está claro que el país constituye una prioridad en la agenda internacional y una amenaza para la seguridad común. Tal es esta amenaza que, incluso, hemos presenciado como enemigos históricos–Israel, Emiratos y Bahrein–con posturas aparentemente irreconciliables firmaban acuerdos de paz y unían fuerzas contra un oponente compartido: Irán. 

Sin embargo, y aunque parezca inverosímil, este país fue históricamente un gran aliado tanto del Reino Unido como de Estados Unidos. Sabiendo esto, es inevitable que nos preguntemos a qué se debió ese giro ideológico. Esta cuestión es la que se pretende resolver en el presente análisis, aunque en resumidas cuentas, te adelantamos que el punto de inflexión se produjo tras la Revolución Islámica de 1979, que llevó al poder al Ayatolá Jomeini e introdujo una serie de políticas basadas en el islam político y en el rechazo a las injerencias extranjeras en sus asuntos internos. También tuvo importancia la llamada Crisis de los Rehenes, un episodio que tuvo en vilo a los ciudadanos americanos durante más de un año.   

Pero antes de adentrarnos en esos acontecimientos, hay que hacer un pequeño repaso histórico para poner las cosas en su contexto y para entender los motivos que llevaron al rechazo y la desconfianza de los iraníes hacia Occidente. Solo entendiendo al Irán de ayer seremos capaces de comprender las actitudes del Irán de hoy.

Grandes amigos: EEUU e Irán en tiempos del Shah

Como fue la norma durante el siglo XX, los años de colonización y de Guerra Fría fueron testigos de una serie de intervenciones políticas en una multitud de localizaciones estratégicas, por parte de Reino Unido en primer lugar y de los Estados Unidos cogiendo su relevo. Irán, o Persia, no fue ninguna excepción. 

Los primeros que aspiraron a controlar la zona fueron los británicos. Estos competían abiertamente con los rusos para obtener concesiones económicas de parte de las élites gobernantes en Irán. Una de las concesiones que destaca es el Acuerdo D’Arcy en 1901, tras el cual se creó la Anglo-Persian Oil Company (actualmente conocida como BP). Este acuerdo concedió a los británicos el derecho absoluto de extracción y venta del crudo, a cambio de garantizar su apoyo a los monarcas persas.

Los motivos de interés en Irán eran varios, entre ellos la localización del país: importante para Reino Unido por estar en medio de la ruta hacia la joya de su imperio colonial, India; y para Rusia, por suponer una salida al mar. Otras razones como la presencia de abundantes recursos naturales, petróleo principalmente, también fueron de gran relevancia.

Este peculiar control de la región no se daba solo en el ámbito económico, sino que trascendía a lo político. Esto quiere decir que los británicos, y más tarde los americanos, orquestaron una serie de golpes de Estado que tenían el objetivo de poner en el poder a gobernantes más afines a sus intereses. En otras palabras, cambiando de dirigentes se aseguraban que sus beneficios económicos eran respetados. Veamos un par de ejemplos.

En primer lugar, los británicos estuvieron detrás del golpe que sustituyó a la antigua dinastía Qayar por los Pahlavi en 1921. El nuevo Shah (dirigente) impuesto fue Reza Jan, pero en cuanto éste se alejó de los intereses de los británicos, ellos no dudaron en destituirlo. Este nuevo golpe sucedió durante la Segunda Guerra Mundial, ya que el Shah, a pesar de seguir manteniendo las ventajas económicas mencionadas anteriormente, buscó la ayuda de la Alemania Nazi para disminuir la influencia ruso-británica. Estos últimos actores, temiendo que los nazis se adueñasen de “su” petróleo, ocuparon la zona junto a los estadounidenses y obligaron al antiguo Shah a abdicar a favor de su hijo, Mohammad Reza Pahlavi. Además de las implicaciones para la política interna que tuvo este cambio de Shah, cabe destacar que también supuso el inicio del crecimiento estadounidense en la zona. El país norteamericano aprovechó la animosidad que se habían labrado los británicos durante años a causa de sus múltiples injerencias para establecerse como un nuevo aliado. 

Rostro de Mohammad Reza Pahlavi grabado en billetes

No obstante y como es lógico, su agresiva influencia económica y política tampoco fue recibida con los brazos abiertos. Desde hacía años, un movimiento popular opuesto a las injerencias extranjeras y a los gobernantes cómplices de estos saqueos había ido ganando adeptos entre el pueblo iraní. Este movimiento fue encabezado por Mohammad Mossadeq, un personaje esencial en la historia contemporánea de Irán, que logró ser elegido como primer ministro en 1951. Consciente de que las concesiones económicas a empresas internacionales como la Anglo-Persian Oil Company no beneficiaban al país sino a los extranjeros, su gobierno votó a favor de una nacionalización del petróleo con el objetivo de aumentar las ganancias nacionales. El golpe de Estado que acabó con él en 1953 es más conocido que los anteriores y contó con la intervención directa de los EEUU y de la CIA (el llamado Plan Ajax liderado por Kermit Roosevelt), así como con el consentimiento del Shah y de Reino Unido. Este golpe reforzó el poder autoritario y dictatorial de Mohammad Reza Pahlavi, con el evidente apoyo de sus nuevos aliados.

El monarca, para reforzar su imagen tras el golpe, enmascarar los trapos sucios de la dinastía y poner el foco lejos del expolio americano, emprendió la llamada Revolución Blanca, una serie de reformas para modernizar el país y evitar nuevos movimientos revolucionarios. Entre estas reformas podemos encontrar la introducción del sufragio femenino o una reforma agraria. Sin embargo, la libertad y modernidad eran aparentes, ya que la población sufría el escrutinio de la Savak, el servicio de inteligencia que perseguía a los opositores. Como ejemplo paradigmático de esta represión podemos citar la expulsión del Ayatolá Jomeini fuera del país, por mostrarse en contra de las mencionadas reformas. Este personaje será justamente quien protagonice el cambio de rumbo definitivo de Irán, aunque para ese momento habrá que esperar unos años todavía. 

Los años 70: la Revolución Islámica y la Crisis de los Rehenes

Recapitulando hasta aquí, vemos que el período pre-revolucionario (anterior a los años 70) se caracteriza por la intrusión de potencias mundiales en los asuntos internos del país, privando a los propios ciudadanos del protagonismo y del poder de decisión que merecían. Por lo tanto, los grandes indignados ante esta situación fueron los propios iraníes, que aguantaron saqueos extranjeros, intentos fallidos de democratización, falsas promesas y conspiraciones internacionales en su propio territorio. En este contexto de crispación se enmarca el auge de los movimientos revolucionarios islamistas liderados desde el exilio por el ya mencionado Jomeini. 

Durante la década de los 70, el liderazgo del Shah se fue recrudeciendo poco a poco, principalmente a causa de la crisis económica relacionada con el petróleo en 1973. Los disturbios y movilizaciones populares exigiendo la marcha del Shah empezaron en 1977, aunque fueron duramente reprimidas por las fuerzas armadas. A pesar de esto, siguieron creciendo hasta convertirse en un movimiento masivo. El 1 de febrero de 1979, el Ayatolá Jomeini regresó del exilio y tan solo dos meses más tarde, proclamó la República Islámica de Irán. Terminaban 2500 años de monarquía ininterrumpida. 

Las implicaciones de este acto no fueron pocas: en primer lugar, el Shah fue obligado a dejar el país y fue acogido por los EEUU bajo el pretexto de brindarle atención médica para tratar su cáncer; y en segundo lugar, en términos geopolíticos de la Guerra Fría, EEUU perdía al que había sido su principal aliado en el Golfo. Esta pérdida, sucedida tras la reciente derrota en Vietnam, supuso también una humillación para el gigante americano.

El giro ideológico de Irán tras su Revolución Islámica pilló a todo el mundo por sorpresa, precisamente porque no encajaba en la lógica dualista de la Guerra Fría. El golpe de Estado no supuso un alineamiento ni con Moscú ni con Washington, sino una tercera vía independiente y basada en un proyecto de islam político. Por lo tanto, se puede considerar que ambos jugadores perdieron la partida tras 1979, ya que la Revolución fue la manera que tuvo el pueblo iraní de rechazar toda injerencia internacional y sustituirla por una política nacional de carácter férreo.

Para acabar de rizar el rizo, los problemas para EEUU no acabaron aquí, sino que empeoraron a partir de noviembre del mismo año, cuando un grupo de estudiantes iraníes perpetraron un asalto a la embajada Americana en Teherán y tomaron 66 rehenes. Los secuestradores exigían la extradición del Shah para ejecutarlo, a cambio de liberar a los civiles retenidos. Sin embargo, el presidente Carter no cedió ante sus peticiones y la Crisis de los Rehenes duró un total de 444 días. Este acontecimiento histórico fue más tarde llevado a la gran pantalla por Ben Affleck en la película Argo. A pesar de la gravedad del asunto, este fue explotado durante el mandato de Carter, hasta el punto de perder credibilidad ante su ineficacia para devolver a los rehenes a casa y perder también las elecciones contra Ronald Reagan. De hecho, fue Reagan quien recibió el mérito de la liberación de los rehenes, producida el 21 de enero de 1981 tras arduas negociaciones diplomáticas. 

Para concluir con el análisis de estas dos etapas, es útil echar un vistazo a la cobertura mediática que se hacía de Irán en el exterior, en específico en EEUU. No es ningún secreto que la televisión puede influenciar la opinión públicarespecto a las relaciones exteriores de un país, así como poner el foco o quitarlo de determinados temas. El caso de Irán también sigue estas reglas: antes de la Revolución Islámica, la cobertura de Irán en los medios americanos se caracterizaba por un gran énfasis en la venta de armas a cambio de petróleo. Sin embargo, durante la Crisis de los Rehenes, además de producirse una sobre-exposición televisa, el tono de la cobertura cambió y ésta se centró más en mostrar imágenes sensacionalistas de los rehenes y sus familias, o en hablar de la asistencia médica que el depuesto Shah recibía en America. 

Secuestradores iraníes junto a uno de los rehenes de la Embajada de Estados Unidos en Teherán, 1979

También fue paradigmática la creación ad hoc de un programa televisivo diario llamado America Held Hostage (América retenida como rehén). En él se informaba de hasta el más mínimo detalle relacionado con la crisis y se recordaba de manera periódica los días que habían transcurrido desde el secuestro de los rehenes. El lenguaje usado en el programa es significativo, ya que pone de manifiesto el giro de alianzas explicado hasta ahora. En una entrega, el presentador ejemplifica esto diciendo que “el mayor poder mundial es incapaz de lidiar con una nación que a veces parece poseída por la locura” y en otro momento del telediario, se hace un análisis del perfil de Jomeini, al que llaman “narcisista y degenerado mental” (mismo vídeo). 

En resumen, no hay lugar a dudas de que la opinión pública y gubernamental estadounidense cambió con el nuevo dirigente persa y esta nueva postura adoptada se ha mantenido hasta la fecha. 

Una nación temida: de los tiempos del Ayatolá Jomeini hasta ahora

Tras la Revolución que liberó a los iraníes de la influencia americana, el nuevo líder, Jomeini, instauró un régimen teocrático basado en los principios de islam político. Por lo tanto, la religión, que hasta entonces había permanecido fuera de la escena pública, tomó un papel protagonista. En esta línea, se introdujeron medidas como la segregación por sexos en los espacios públicos o la obligatoriedad de llevar el velo. 

Evidentemente, esta nueva ideología política tildada de fundamentalista por Occidente no mejoró las relaciones entre antiguos aliados. Entre 1980 y 1988 (Primera Guerra del Golfo o Guerra entre Irak e Irán), las potencias occidentales apoyaron militar y técnicamente al régimen de Sadam Husein (Irak) en detrimento del nuevo régimen del Ayatolá. Aún así, EEUU también vendió armas de manera secreta a Irán con el objetivo de que Hezbolá, un grupo apoyado por Irán, liberara a media docena de rehenes secuestrados en el Líbano. Este escándalo fue conocido como el Irán-Contra affair.

En la actualidad, 40 años después de la Revolución Islámica, ciertas normas morales han ido perdiendo importancia poco a poco, sobre todo a causa de la aparición de Internet o la influencia de las redes sociales. Sin embargo, el ámbito político no se ha renovado por completo, y la hostilidad hacia EEUU o Israel se mantiene. Ni siquiera tras la muerte de Jomeini y la posterior sucesión de varios líderes han devuelto a la normalidad las relaciones entre estadounidenses e iraníes. De hecho, tal y como se comentaba al inicio del artículo, sus respectivos gobernantes siguen mostrando una antipatía mutua constantemente, resumida perfectamente por las palabras de George Bush acerca de la pertenencia de Irán al “eje del mal” que supuestamente amenaza al mundo entero. Queda por ver si esta férrea animosidad se mantiene inalterable durante las próximas décadas o si, tal y como pasó en 1979, un giro de acontecimientos inesperado vuelve a acercar las posturas de estas dos potencias que por el momento parecen irreconciliables. 

Ver:

irán. De la revolución islámica a la revolución nuclear. Nadereh Farzamnia (2009).

Estados Unidos, el Islam y el nuevo orden mundial. Antoni Segura (2013).

Huéspedes del Ayatolá. Mark Bowden (2008). 

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