El célebre escultor canario Martín Chirino, el “escultor del viento”, fue también conocido por su interpretación de la espiral. Dentro de estas obras hay ausencia de comienzo y fin ya que, mediante la escultura de sus espirales, Chirino representa las dudas existenciales y la constante búsqueda de la identidad, inherente a la humanidad.

En esta espiral de Chirino se encuentra en este momento la política estadounidense, aunque también ante la oportunidad de buscar soluciones tras las elecciones del próximo 3 de noviembre. Estos comicios se presentan como una evaluación popular ante una crisis social, económica y sanitaria sin precedentes desde 1945, y se reafirman, por ello, como un ejercicio fundamental de defensa identitaria.

Días antes de una de las citas más esperadas a nivel internacional y unas semanas antes de conocer el resultado de las elecciones estadounidenses, consideradas por muchos las más importantes de las últimas décadas, G. Elliot Morris pronostica en The Economist un 94% de posibilidades para Joe Biden, candidato demócrata, de obtener la mayoría en el Colegio Electoral, y más de un 99% de ganar el voto electoral. Los politólogos Norm Einstein y Thomas Mann analizaban la polarización asimétrica de ambos partidos políticos en EE. UU. ¿Está Joe Biden capacitado para combatir esta radicalización? ¿Es el exvicepresidente del gobierno de Obama una opción verdaderamente moderada para el futuro político estadounidense?

La polarización del panorama político estadounidense

El establishment republicano fue, en un principio, reticente a la llegada del multimillonario Trump; pero, en la convención republicana de Cleveland en 2016, éste se convirtió en candidato electoral definitivo tras derrotar a Ted Cruz. Tras haber navegado en las aguas del conservadurismo y de las posiciones moderadas del partido en 2008 y 2012, respectivamente, a través de las candidaturas de John McCain y Mitt Romney, quien recientemente ha afirmado que no ha votado por Trump en estas elecciones, el partido de Abraham Lincoln ha confirmado durante los últimos cuatro años un proceso de mutación, ya analizado por figuras como Paul Pierson.

Pierson destaca cómo la formación republicana ha abandonado el conservadurismo para acercarse a posturas iliberales, negando procesos como el cambio climático y atacando las bases democráticas. Por tanto, el primer reto al que se enfrentaría un hipotético gobierno demócrata es el de volver a la senda del liberalismo internacionalista que tradicionalmente ha aplicado la política estadounidense durante la segunda mitad del siglo XX, y que se asentó como definitivo tras la victoria en la Guerra Fría y la declaración por la administración de George H. W. Bush de un Nuevo Orden Mundial

Este liberalismo internacionalista como manera de llevar a cabo la política exterior de EE. UU ha intentado solucionar los diferentes conflictos internacionales, en ocasiones mediante la presencia militar, tratando de exportar los valores occidentales y liberales por doquier. Es esta la política de poder a la que se refería Hillary Clinton en la campaña de 2016, la que hubiera continuado ejecutando de haberse hecho efectivo su mandato, y que, como era de esperar, no ha puesto en marcha la administración Trump, como mostró al abandonar definitivamente el territorio de Siria.

Desde el punto de vista de su política internacional, el reto para la hipotética presidencia de Biden sería mayúsculo. Como argumenta Michael Beckley en Foreign Affairs, Trump podría haber comenzado un camino que es inevitable, y que cuenta con el apoyo de gran parte de la población. Beckley insiste en que una economía proteccionista y distante de las instituciones internacionales es intrínseca al comportamiento norteamericano, como se manifestó durante la historia anterior a 1945. 

Estas políticas del “Make America Great Again” han conseguido exacerbar y fidelizar el sentimiento de los votantes republicanos pues, más de un 75% de los mismos demuestran que sus principales preocupaciones son la economía, las políticas internas o la inmigración ilegal, intereses a los que se encuentran subordinados todos los aspectos de la política exterior del país. Únicamente la lucha contra el terrorismo se mantiene presente como una de las prioridades del ciudadano medio.

El envejecimiento de la población y los procesos de automatización y desarrollo tecnológicos constituyen un factor de cambio que puede guiar a la política internacional a una deriva en la que nacionalismo y extremismo marquen, como en el periodo de entreguerras en el siglo XX, el tempo del debate político y social. En opinión de Beckley, Estados Unidos puede liderar un siglo XXI inevitablemente iliberal, pues dispone de poder tecnológico y financiero suficiente para mostrar una mejor resiliencia a la distorsión de la sociedad global.

El debate, una vez más, es identitario y marcará el devenir de las posiciones a seguir por el país en este siglo. Biden por su parte, ante la probabilidad de gobernar el país, tiene el reto de recuperar el liderazgo del mundo liberal occidental ejercido por los Estados Unidos. Previamente, es necesario aunar a su propia población bajo propósitos comunes, recuperar una identidad conjunta y tratar de reconstruir el tejido social americano, en esta ocasión de una manera suficientemente sólida para reducir la desigualdad social y racial.

¿Un partido demócrata unido?

En los caucus de Lowa, primer Estado que celebraba elecciones primarias del Partido Demócrata en Estados Unidos, la figura de Biden comenzaba denotando una falta de convicción por parte del electorado demócrata. Sin embargo, de manera progresiva y como asevera Fidel Sendagorta, ex embajador de España en la OTAN, el candidato ha conseguido reunir a las posturas más radicales y moderadas del partido

Los primeros, los radicales, representados por la senadora Alexandria Ocasio-Cortéz y el candidato en las primarias demócratas, Bernie Sanders, han terminado por ratificar su “endorsement” sobre la candidatura de Biden, habida cuenta de la importancia que su victoria otorgaría al Pacto Verde y la lucha contra las consecuencias del cambio climático en su programa. Los más moderados, por su parte, se inclinan por una postura demócrata similar a la que en 2008 y 2012 los llevó a alcanzar la Casa Blanca, con Joe como vicepresidente, abandonando la utopía y el idealismo. Esta postura sería, en opinión de Sendagorta, más efectiva a la hora de aspirar al gobierno de las instituciones.

Para recuperar la posición líder en el internacionalismo liberal, Biden ha de comenzar por el desarrollo de los dos principales pilares de su programa: acabar con la desigualdad social y racial, y dar un nuevo impulso que garantice una pronta recuperación de la economía de la superpotencia.

El Estado adalid de la sociedad de las oportunidades ha mostrado en los últimos meses una imagen de desigualdad social que, de nuevo, ha traído a colación el problema histórico del racismo. 

Fue en 1865 cuando la decimotercera enmienda de la Constitución abolía definitivamente la esclavitud. A partir de este momento, diferentes operaciones serían llevadas a cabo tratando de hacer realidad el sueño de una sociedad igualitaria. Los Estados del Sur, sin embargo, llegaron en 1896 a consagrar la segregación racial en las instituciones tras la proclamación de las leyes Jim Crow. Estas leyes permanecieron en aplicación hasta su sustitución en 1964 por la Ley de Derechos Civiles. Durante los años 60, los movimientos sit-ins, así como la inspiración de líderes como Martin Luther King o Malcolm X y el ejemplo de ciudadanos como Rosa Parks, parecían sentar las bases de una igualdad racial.

Los grupos de supremacistas blancos, sin embargo, no han cesado de aumentar en EEUU, llegando, incluso, a formar parte de uno de los momentos más polémicos del debate electoral entre los candidatos Trump y Biden, cuando el presidente fue preguntado por su opinión sobre dichos grupos. Tras una primera respuesta polémica en el mismo debate, Trump accedió a condenar su actuación.

Sin embargo, la muerte de George Floyd a manos de un policía estadounidense en mayo de este año demuestra que el “sueño” de Martin Luther King está aún lejos de cumplirse. Como consecuencia del asesinato, se desató una oleada de protestas populares y pacíficas repartidas por los Estados del país, reclamando la igualdad real y recriminando una realidad que demuestra que la igualdad formal de las leyes aún no se ha materializado. (Recordemos que esta igualdad formal y material es básica en la constitución de todos los Estados sociales y democráticos de Derecho, como podemos observar en el artículo 14 de la Constitución Española).

Este hecho no se produce solamente desde la perspectiva penitenciaria (el endurecimiento de las sentencias aprobado por la administración Clinton en 1994 potenció esta desigualdad), que demuestra que la tasa de encarcelamiento es 6 veces superior para negros que para los blancos, sino también desde una perspectiva patrimonial y social. La diferencia de ingresos muestra que los ciudadanos negros tienen el doble de posibilidades que los blancos de vivir en la pobreza. Al mismo tiempo, la desigualdad social queda reflejada en el propio acceso al voto, a la que hacía referencia The Economist, quien explicita las dificultades del acceso a voto que se están efectuando en numerosos Estados sureños, como la realizada en Texas a comienzos de este mismo mes. 

Estas reducciones de acceso al voto tienen la intención de combatir las posibilidades de fraude electoral a las que, debido al alto porcentaje del voto por correo, Trump se ha referido constantemente durante la campaña. Sin embargo, existen sospechas fundadas y un buen número de denuncias que reclaman que casi un 70% de la ciudadanía que ve restringido su acceso son propensos a votar al partido Demócrata.

La propia comisionada de la Comisión de Elecciones Federales de los EE. UU, Ellen Weintraub ha asegurado que no existe ninguna base para relacionar el voto por correo con el fraude electoral. Artículos de la CNN, o de la NBC no han encontrado evidencia de fraude masivo en anteriores citas electorales, con unos porcentajes inferiores al 0.001%.

Por tanto, el reto de Biden es, sin duda, de altas proporciones. Uno de los principales apoyos del candidato fue el sector de la población afroamericana, la cual le identifica con la administración Obama, aunque su hipotética política de gobierno habrá de demostrar coraje y esfuerzo suficiente para apuntalar las soluciones a largo plazo de este problema. Una de las principales propuestas del programa de Biden en relación con la pobreza es la de dirigir un porcentaje en torno al 10% de los fondos federales a aquellas comunidades en las que un sector importante de la población se encuentra bajo el umbral de la pobreza.

Como esta medida anuncia, las desigualdades entre la población no son solamente raciales, sino también económicas. Estados Unidos continúa siendo uno de los países más desiguales del mundo en términos económicos, concretamente el segundo del G-7, solamente por detrás de China, y el cuarto de la OCDE.

Es preciso constatar la importancia que el elector estadounidense da, desde una perspectiva histórica, al correcto funcionamiento de la economía del país. Generalmente, aquellos presidentes que durante sus mandatos mostraron datos económicos convincentes, no encontraron problemas para continuar al mando del país durante cuatro años más. Prueba de ello es el índice de aprobación de Donald Trump que, en julio de 2019, meses antes de la crisis sanitaria y económica, alcanzó el 47%, en gran parte, gracias a los datos económicos. En ese sentido, el gobierno de Trump demostró saber aprovechar los índices macroeconómicos de la llamada Golden Decade”.

A instancias de la explicación de Casey Mulligan, antiguo asesor económico del Consejo de Trump, se explican las características y datos económicos que se extraen de su mandato. The Economist afirma esta misma semana que, entre 2017 y 2019, la economía americana se comportó incluso mejor de lo esperado en términos marginales. Los datos oficiales muestran cómo el Producto Interior Bruto creció más en esos tres años que en ningún momento del gobierno de Obama. Además, debido a estos datos se sobrepasaron las predicciones del FMI, que no había sido muy optimista con respecto a la economía americana tras las elecciones de 2016.

Estos datos que acompañaron al gobierno de Trump durante sus primeros años de mandato contrastan con la situación vivida tras la pandemia y la crisis sanitaria provocada por la Covid-19. En sus análisis, el Banco Mundial predijo un retroceso del 5.2% de la economía global, un porcentaje lo suficientemente elevado para afirmar que nos encontramos en una crisis económica de dimensiones globales. En esta línea, profesores como Carmen y Vincent Reinhart aseveraban que la economía mundial podría no volver a ser nunca igual

Esta crisis económica ha golpeado especialmente al desempleo en Estados Unidos, que alcanzó los más de 20 millones de parados en el shock laboral de abril y, sin embargo, desde entonces ha conseguido recuperar la mitad de los trabajos perdidos, asentándose en una tasa del 7,9% en este mes de septiembre. El pánico es generalizado en la sociedad americana en torno al mercado laboral, por lo que el siguiente gobierno habrá de reaccionar de manera inmediata tras el nombramiento en enero de 2021.

Existen, al mismo tiempo, voces dentro del país, como Ruchir Sharma, de Morgan Stanley, que defienden la capacidad de la economía estadounidense para recuperarse a gran velocidad. En contra de los análisis que auguran que la primera superpotencia mundial será la perdedora de la Trampa de Tucídides, afirmaciones como la de Sharma reivindican la potencialidad de la economía mundial americana, especialmente centrada en la importancia del dólar en el mercado mundial de divisas, pero también en determinados datos económicos, que aún muestran cómo China no tendrá opción de superar a la economía estadounidense al menos hasta 2050

Además, Sharma defiende que el retroceso económico de otras grandes potencias como Japón o los países de la Unión Europea, conllevará un crecimiento más ralentizado de la economía China, como ya se pudo ver a partir de 2013. En este sentido, profesores y miembros de las corporaciones bancarias americanas continúan defendiendo que su economía goza de una mayor resiliencia a una progresiva reducción del intercambio global.

Los grandes magnates de las principales firmas americanas temían un viraje de Biden a la “izquierda radical” en términos económicos, con un aumento de la intervención gubernamental en la economía federal. Nada más lejos de la realidad. Las medidas económicas propuestas por el candidato muestran una tendencia continuista con las últimas propuestas del partido, sin llegar a acercarse a las soluciones, temidas por las grandes empresas, de Bernie Sanders. 

Estas propuestas se centran primeramente en un plan de recuperación económica, que tendrá, no obstante, que superar la burocracia institucional del sistema político estadounidense, con el objetivo de estimular la actividad económica nacional. Este paquete iría especialmente destinado a las ayudas para el desempleo provocado por el impacto de la pandemia y ,especialmente, a los préstamos para las pequeñas empresas y negocios, el sector más afectado del país. 

La intención de Biden es llevar a cabo en su hoja de ruta el programa Build back bettertratando de afrontar uno de los principales problemas estructurales del país, relacionado con la sostenibilidad de las infraestructuras. Además, ha propuesto subir el salario mínimo a los 15 dólares la hora, y utilizar su programa para la lucha contra el Cambio Climático para crear puestos de empleo que ayuden a desarrollar las medidas. Paradójicamente, durante la campaña, Biden no ha hecho grandes menciones al programa de sanidad universal, un debate controvertido en los últimos años en el marco político estadounidense.

En cualquiera de los casos, Biden ha ido ganando entereza conforme ha avanzado la campaña electoral, conforme las encuestas auguran su posible victoria en Estados tradicionalmente republicanos como Georgia o Texas. Su experiencia política y como miembro del Gobierno lo avala frente a las acusaciones vertidas sobre su Estado de salud, y, pese a ello, en caso de ser elegido, habrá de recuperar el ADN americano, el más profundo de los sentimientos de cada uno de sus conciudadanos con el objetivo de salir de esta espiral en la que el país se ha convertido.

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