Hegemonía financiera global

Sin duda alguna, el mundo está atendiendo a una transformación que no se observaba desde hace tiempo, una transformación liderada por la entrada en juego de una serie de dinámicas globales que están demostrando que existe una falta de liderazgo y de multilateralismo abismal. Exponiendo así los puntos más débiles de la estructura del orden internacional. Desde el cambio climático hasta la crisis sanitaria,  el complejo entramado de elementos que conforman el sistema global, desde actores estatales a movimientos sociales,  no han conocido una buena gestión, ni eficaz ni conjunta, a una problemática de magnitud estratosférica. En un momento de reflexión máxima para el orden internacional de hoy en día, alcanzado a través de procesos de alianzas y evolución a lo largo de décadas, el bloque occidental siempre se ha erigido como líder del progreso y de los valores que han dominado el globo, pero algo está cambiando. Y el tablero global parece estar respondiendo de un modo bastante diferente a lo que se está acostumbrado, es decir, está cambiando de referente y de centro de gravedad, apuntado, claramente, hacia el continente asiático y su conjunto de alianzas.

Auspiciado por diferentes circunstancias, que abarcan desde el crecimiento económico, desarrollo regional, evolución social y cultural, aumento de la presencia internacional y de su influencia, etc. han situado al continente asiático, junto a un reducido países emergentes y consolidados (Sudáfrica, Brasil o, incluso, Rusia), en el foco del cambio hegemónico internacional. Donde los países tradicionalmente con más peso en el sistema de las relaciones internacionales están sufriendo un cambio de rol bastante agudo. En este sentido, el referente global por excelencia, los Estados Unidos de América (EEUU en adelante),  ejemplifica la idea de las consecuencias de la entrada de dinámicas disruptivas, donde, en este caso, la COVID-19 está acelerando las corrientes que se llevan gestando durante años anteriores.

Situando el foco en uno de los factores clave, que vienen a demostrar la competencia y el giro asiático del orden internacional, y que no es otro que el dominio de las instituciones financieras internacionales, toca repasar las causas y consecuencias que supone este giro financiero global que cargan de préstamos e influencia diferentes regiones del mundo. Desde Bretton Woods hasta hoy, cuando 1944 es el año que los analistas atribuyen al nacimiento del sistema financiero internacional moderno, y con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) como instituciones referentes, este sistema ha tenido un solo protagonista, EEUU. Además, es plausible observar cómo el estilo de creación de las Naciones Unidas y sus órganos de carácter económico-financieros se han apoyado en la estructura de éstas últimas para diseñar su participación financiera en el mundo, aplicando así una visión que corresponde a la hegemonía de los valores norteamericanos, que durante décadas han abarcado la mayoría de áreas posibles en el exterior. 

Potenciado y respaldado por un desarrollo sin precedentes del comercio e interconexión globales desde la segunda mitad del siglo XX; surge aquí, pues, una serie de estructuras financieras (respaldadas por una ideología económica liberal) que darán forma a diversas economías, en gran medida, mediante la exigencia de adaptación de los sistemas económicos receptores a las ayudas que demandan estas instituciones. Así, la influencia de la arquitectura de Bretton Woods ha sido expandida de forma global, Europa, América Latina u Oriente Medio son ejemplos de regiones dispersas que han implantado medidas económicas impuestas mediante la llamada de socorro económico al FMI o al BM. Cierto es, por otra parte, que el impulso otorgado por estos organismos a nivel de desarrollo y progreso económico y financiero ha ayudado en cierta medida a un conjunto de países para con su apertura al mercado internacional, requisito indispensable para entender el proceso de interconexión financiera internacional.

En relación a este contingente institucional, es valorable su papel como elemento transformador, rediseñando el entramado económico-financiero heredado de los sistemas de pos y entre guerra, respaldando de forma paralela un nuevo orden internacional dominado hegemónicamente por Estados Unidos. Ya que, como es sabido, la moneda internacional por referencia ha sido desde el siglo XX el dólar , obteniendo una ventaja comparativa con el resto de divisas del mundo y con un amplio margen para invertir y recibir inversiones exteriores, fomentando así su papel como actor vital en el entramado financiero.

Así, se observa cómo EEUU ha ido acaparando la mayor parte de la producción y peso económico global desde la Segunda Guerra Mundial, aprovechando la dramática situación social, económica y política en Europa, donde el modelo de pensamiento norteamericano se ha expandido a partir de una serie de reformas en la estructura internacional, proporcionando las bases esenciales para con el objetivo estadounidense en cuanto a su papel autodefinido como faro del mundo, que después ha sido respaldado por la formación de alianzas internacionales. Es incuestionable que éste ha sido el papel de EEUU en el sistema internacional desde entonces. Erigiéndose como estandarte democrático, potencia militar y económica y líder cultural de Occidente. Claramente, este posicionamiento como adalid global no supuso el tan ansiado Fin de la Historia, sino que sentó elementos claves desafiantes para otras sociedades, con valores diferentes y un crecimiento que era previsible, sí, pero no tan rápidamente.

En este sentido, el análisis del exponencial crecimiento chino en las últimas décadas ha sido objeto de numerosos estudios y en diferentes planos, desde el económico hasta el político, haciéndose un hueco como oponente principal para disputar el trono internacional al referente norteamericano. A raíz de este comportamiento del gigante asiático, se han ido configurando una serie de claves en materia internacional que componen lo que es, hoy en día, una de las mayores amenazas para el dominio histórico americano. Impulsado por un desarrollo interno sin precedentes, sacando de la pobreza extrema a más de 800 millones de personas en apenas unas décadas, China está encontrando en un aumento de su influencia geopolítica y económica  internacional a través de dos ramas fundamentales: los acuerdos comerciales (que en últimos términos son esenciales para con los objetivos expansionistas chinos) y la financiación de proyectos a gran escala (vital para entender el reordenamiento financiero global al que se aspira).  Y que, a su vez, están logrando diversificar la política exterior china, en vistas de lograr aportar una vía alternativa de financiación justificándose en el “monopolio” financiero de las décadas anteriores, donde se ha utilizado como  instrumento para ejercer influencia en múltiples niveles. 

Por una parte, el esfuerzo chino por encontrar cada vez más una presencia mayor en cada una de las partes del globo, y con ello un mejor manejo de la geopolítica, se traduce en un mejora considerable de una de sus ramas públicas estatales más importantes, la diplomacia comercial. Este último término viene a explicar cómo China ha dirigido una gran parte de su ahínco en esta materia, potenciando más los lazos económico-comerciales que otros aspectos. Realizado un análisis correcto por parte de las instituciones chinas,  éste brazo diplomático tiene en cuenta que una de las claves para un mejor desarrollo del comercio, una cultura común entre aquellos que quieren comerciar, brilla por su ausencia en la mayoría de las regiones internacionales. Por lo que, a raíz de esta inicial desventaja, la estructura económica-financiera y productiva china se ha adaptado a las necesidades de otros grandes focos comerciales (Europa, África o Norteamérica), alcanzando incluso el punto de ser capaces de crear necesidades de consumo que en estos países previamente no existían y siendo capaces de redirigir su industria nacional para con el objetivo de alcanzar una competencia máxima. Y, por lo tanto, teniendo una repercusión económica y comercial en el globo sin precedentes.

Así las cosas, este potencial comercial, a través de una poderosa industria que ha supuesto el traslado de las cadenas de producción a Asia (China, Vietnam, Japón…) y con el gigante asiático a la cabeza, se ha producido una nueva concienciación por parte de esta región de la importancia real para con el mundo de la que disfrutan y pueden explotar en las próximas décadas. Uno de los ejemplos que más ha traído dolores de cabeza a la comunidad internacional en años anteriores ha sido la guerra comercial chino-estadounidense, situación originada claramente a partir de la concepción como amenaza del auge chino y argumentada en una mala praxis en materia de competencia. En este contexto, las decisiones comerciales, económicas y políticas tomadas (subida de aranceles, trabas a las importaciones, prohibiciones de ciertos productos chinos en EEUU y viceversa, sanciones diplomáticas…) han puesto de relieve que la intimidación de que se efectúe el destrono es real y, aún más importante, que se están dando dinámicas internacionales que aceleran este proceso, tales como el COVID-19 y sus efectos multidimensionales, evidenciando los puntos débiles de la estructura internacional, cuyo líder tradicional es el más afectado en todos  los niveles.

Así, con la evidencia de una nueva fragilidad institucional, política y económica internacional, la comparable gestión que se ha observado de la crisis sanitaria desde el punto de vista democrático y desde el autoritario, con sus máximos referentes citados, ha agravado estas diferencias. Mientras que EEUU ha tenido que estar ocupado en centrar sus recursos en paliar una inestabilidad interna bastante destacable en varios ámbitos simultáneamente, China se ha centrado en aprovechar su pronta salida de la crisis (presentando incluso un crecimiento del PIB de un 2,3% en 2020), así como en fortalecer y desarrollar sus lazos económicos, financieros y comerciales en tres regiones fundamentales principalmente: Centro Europa, Asia- Pacífico, y el norte de África.  

Un ejemplo de este esfuerzo comercial chino ha sido con la UE. Consiguiendo ventajas comerciales recíprocas, aumentando la cantidad de productos a comerciar, mejorando el flujo de empresas europeas en China y viceversa y en vistas de lograr una mejora en la calidad de los productos con los que se comercia, la UE y China han firmado uno de los acuerdos que serán clave en el marco de las relaciones entre estos dos actores en las próximas décadas. Además, este acuerdo responde a la necesidad europea de combatir los acuerdos bilaterales de países europeos con China dentro del proyecto de la Nueva Ruta de la Seda, por lo que simbólicamente representa la aceptación por parte de la organización europea de los esfuerzos vacíos que supondría luchar contra este proyecto en territorio europeo. Igualmente, China ha sabido gestionar el contexto de necesidad de productos básicos sanitarios, cuya situación ha exigido un número determinado de productos que las industrias europeas no han podido soportar, cosa que la china sí ha  demostrado sobradamente.

Otro elemento a destacar en esta línea es el hecho de que, salvando el contexto sanitario actual, los países de la región Asia-Pacífico hayan firmado el mayor acuerdo comercial del mundo. Aunque en sus primeras etapas aún y con un largo camino a recorrer, los mandatarios de un total de 15 países de esta región han denominado como Asociación Económica Integral Regional (RCEP) el que es actualmente el mayor acuerdo de esta naturaleza. Como no, con China a la cabeza, el tratado no incluye al país estadounidense, pero sí a algunos de sus aliados tradicionales como Japón , Australia o Nueva Zelanda, significando un duro golpe de realidad el hecho de que el interés nacional y el cálculo de beneficios haya decantado la balanza por la rama asiática antes que por la región norteamericana en este ámbito (auspiciado también por la salida de EEUU del  TTIP por la administración Trump, que hubiera integrado a países de diferentes regiones que ahora se encuentran en este acuerdo), ya que, en otros términos, es indiscutible que los kiwis y los australianos siguen siendo fieles a sus lazos con los norteamericanos.  Pero que, en resumen, este acuerdo implica a un tercio de la economía global y a un total de más de 2.300 millones de personas, convirtiéndose en un monstruo del libre comercio y del aumento de la presencia de la pujanza china y que, sin duda, explotará en vistas de mejorar su proyecto de la Ruta de la Seda en sus dos ámbitos principales: naval y terrestre, asestando otro golpe al tablero comercial y financiero, entendiendo las consecuencias económicas y financieras que este acuerdo ejemplifica, una preferencia por los recursos chinos en este ámbito en detrimento de los “tradicionales” americanos.

Otro aspecto clarificador de la problemática que padece la hegemonía occidental en pro de una nueva posición asiática liderada por China es el caso de las instituciones financieras alternativas a las estructuradas por Bretton Woods. Relacionadas con esta dinámica reorganizadora de la estructura global, y sirviéndose del auge de las denominadas potencias emergentes (Brasil, Sudáfrica, India, Rusia y, su líder sin duda, China), en los últimos años se puede apreciar cómo la arquitectura financiera está cambiando hasta rediseñar parte de la misma en nuestros días. El Banco Asiático para Inversión en Infraestructuras (con sede en Beijing, China), el Banco Asiático de Desarrollo y el Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS (financiado en su mayor parte por China), entre otros, son claros ejemplos del aumento de la red financiera asiática, con una clara y mayoritaria influencia china. En tanto en cuanto la primera consecuencia que se observa es un surgimiento de una red financiera global más compleja, también queda reflejado el estímulo que supone una alternativa a las instituciones financieras tradicionales.

Dada esta situación, lo que previamente parecía una regionalización financiera a partir de la creación de estos bancos, con objetivos puramente enfocados al desarrollo y a la inversión de proyectos de infraestructura, se ha puesto de manifiesto que la visión real de estas instituciones puede derivar en abarcar un mayor territorio al que se encontraba en su origen. De las instituciones anteriores, cabe resaltar, por su tamaño y la gran cantidad de proyectos que financia, el Banco Asiático para Inversión en Infraestructuras (BAII o AIIB por sus siglas en inglés). El BAII es el ejemplo perfecto para determinar el traspaso del liderazgo financiero al que estamos atendiendo. Íntimamente relacionado con el megaproyecto geopolítico, económico y comercial  chino, la Ruta de la Seda, está convirtiéndose en un autentico monstruo financiero. Al margen de impulsar a las empresas chinas de infraestructura (siete empresas chinas se encuentran en el Top 10 del ranking mundial de empresas de este ámbito), este banco se está expandiendo globalmente, contando con inversiones desde Irán hasta Canadá, no solamente comprando empresas de otros lugares del mundo, sino también llegando a acuerdos de inversión en puntos clave[1], alianzas o incluso en solitario, identificando o creando necesidades que el titán chino está dispuesto a paliar.

En esta línea, la actividad del BAII es un arquetipo de la visión china del mundo para las próximas décadas. Interviniendo cada vez más en lugares como Oriente Medio y Próximo, la zona del Pacífico más cerca a China, y el Este de África, entre otros, se denota la audacia del soft power chino, cuyo modelo de intervención tradicional[2] está siendo sustituido por un método más eficaz. Aprovechando las necesidades ocasionadas por un contexto global cada vez más convulso, China se presta como un socio disponible para hacer frente a cualquier reto, adaptándose a las necesidades de aquellos que lo necesitan y desarrollando una gran diplomacia económica que permite lograr objetivos que se enmarcan en la siguiente dualidad: por una parte aumenta su influencia en la zona donde se financien proyectos (llevando incluso a sus trabajadores y empresas) y, por otra, abasteciendo su mercado interno que tantos recursos demanda. En suma, una jugada geopolítica maestra, implicando elementos financieros y económicos como preludio de una nueva reconfiguración de la estructura financiera internacional.

Estamos, pues, atendiendo a un nuevo  medio, un paradigma en el que la disputa traspasa los límites tradicionales, ya que, a raíz de la globalización, la interconexión entre sociedades y países han generado un complejo estándar de equilibrio y bastante expuesto a los riesgos internacionales. Por lo tanto, uno de los focos debe estar situado sobre el giro, o preferencia incluso, al que está atendiendo el sistema financiero internacional. Teniendo en cuenta en primer lugar los efectos económico-financieros que esta dinámica supone, cabe resaltar que éstos se amplían hasta abarcar otros ámbitos como la geopolítica, aumentando, por tanto, el verdadero significado de esta contienda por el poder financiero internacional. Provocando que los cambios dinámicos se encuentren cada vez más presentes en las relaciones internacionales, se ha ido modificando las tendencias hegemónicas tradicionales en vistas de consolidar los fenómenos que en años atrás se manifestaban, y de los que hay que destacar, nuevamente, el auge de China, que se ha visto beneficiada por la actual crisis sanitaria internacional. Finalizando, el dominio financiero se ha convertido en otra herramienta más para confirmar que el panorama global está sufriendo un rediseño profundo, del que surgirá un nuevo modelo de relaciones y donde los valores e ideologías parecen tener un peso menor en aumento de las necesidades económicas y financieras.

[1] Como puertos (véase el caso de Grecia) , empresas de logística, transporte marítimo, etc. 

[2] Ejemplificado en las políticas económicas agresivas del FMI o el BM e incluso militares, como EEUU en Irak, Afganistán o América Latina.

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