El COVID-19 ha jaqueado a la sociedad internacional. Está poniendo a prueba todas sus capacidades, desde políticas, a económicas y morales. Se está librando una lucha, no solo por alcanzar la vacuna, sino por lograr una posición entre los primeros puestos del tablero internacional. Ante un panorama internacional tan convulso, en el que la estructura preeminente de las últimas décadas es variable, la acción de las actuales potencias se dirige hacia demostrar su poder para erigirse por encima del resto. Es en estos contextos donde se producen los cambios más radicales de las sociedades, incluso existen doctrinas y corrientes, al respecto, que lo afirman. Aunque estos giros, a veces, son solo para beneficio de unos pocos.

De hecho, uno de los principales ejes afectados por esta lucha es la desigualdad global. Los países más desarrollados emplean todos los medios a su disposición para lograr una vacuna, mientras que los menos o en vías de desarrollo se ven obligados a esperar por el conjunto anterior. Tanto es así que, desde la Organización Mundial de la Salud, se está intentando liderar una respuesta global al COVID-19 mediante el Fondo COVAX, con el que se pretende que 64 economías de ingresos altos, autofinanciadas, se unan a 92 de menores ingresos elegibles para recibir el apoyo financiero a través del Compromiso de Mercado Avanzado de Gavi COVAX. De esta forma, una vez sean autorizadas y aprobadas, un marco de asignación publicado por este organismo será el que establezca un reparto de acceso justo y equitativo. Habrá que verlo. 

Ahora bien, para observar esta batalla internacional, es necesario conocer el actual estado de la vacuna y los lugares en los que se desarrolla, así como partir de la base de que obtener un medicamento eficaz de este calibre es sumamente complejo. Es decir, lo lógico es pensar que para producirse a nivel internacional se necesitan años, aunque pareciese, por mera propaganda, que ya está por conseguirse.

Según el Coronavirus Vaccine Tracker existen 55 vacunas repartidas en diferentes etapas, que se caracterizan y diferencian por el grado de desarrollo y de testeo en muestras de población en el que se encuentran. Actualmente, veintisiete fármacos están en fase 1, catorce en la 2, nueve en la tercera y 5 en la de limited approval, administrándose a usos limitados de la población. China (con, actualmente, 3 vacunas en esta fase) y Rusia (con una, la polémica Sputnik V) ya se han adentrado en este ciclo, aunque están siendo calificadas, por miembros de la comunidad científica, como precoces e irresponsables al justificar su lanzamiento en base a una rivalidad creciente por alcanzar el mérito de adjudicarse la primera vacuna contra el virus.

No es difícil imaginar, entonces, que existe una cantidad considerable de países, a lo largo y ancho del mundo, en los que se está intentando desarrollar este fármaco y, algunos son: Israel, India y Japón. Pero, en un primer análisis, ya se reflejan las diferencias reales entre los líderes de la carrera y los demás. Los de Oriente son los únicos con vacunas de uso limitado y, por detrás, se encuentran Alemania, Australia y EEUU, principal antagonista del confuciano en múltiples niveles y, aliado, en este sentido, de los intereses del europeo, que convergen más entre sí que con los chinos. Por otro lado, no es de extrañar que en este segundo bloque se incluya, finalmente, a Australia, pues, los desencuentros con el gigante asiático por el origen del COVID o por su actividad en el mar del sur de China hacen que no pretenda alinearse con la opacidad y las amenazas del asiático.

Ver: China arremete contra Australia y Francia por criticar la nueva Ley de Hong Kong

China y Rusia están liderando la carrera y sus intenciones no son desconocidas, quieren golpear el tablero internacional y demostrar que las reglas del juego han cambiado. Y en el caso de Moscú cuando, el 11 de agosto, hizo saber que se había registrado la Sputnik V, el mensaje fue claro: en 1957, la Unión Soviética (URSS) ya ganó la carrera por la conquista del espacio con el satélite del mismo nombre, y esta vez, no va a ser diferente.

La suma de contagios de estos dos Estados, teniendo en cuenta la falta de transparencia de sus instituciones, es inferior a los más de seis millones que se han producido en EEUU. Por lo que empresas asiáticas, como Sinovac (principal competidora de la Universidad de Oxford y AstraZeneca), se han trasladado a países como Brasil o Canadá para desarrollar su vacuna por “falta de casos domésticos”. Acción que, no se puede negar, esconde una serie de intereses políticos y económicos, como la definitiva implantación de China en América del Sur, región clave para la Nueva Ruta de la Seda y por la que puede estar financiando, directamente, el acceso al fármaco en la región. Sin embargo, el caso es que esto se ha debido, en parte, a que funcionan con unas reglas políticas bastante diferentes; es decir, sus respectivos mandatarios tienen libertad para poder hacer lo que estimen oportuno, no son una democracia.

La respuesta de Occidente ante esto ha sido clara. Han señalado que Rusia y China han robado información y suprimido parte del proceso, dejando claro que priman la carrera científica sobre la salud de sus ciudadanos. Por su parte, EEUU, Alemania y Australia están actuando como muro de contención a dichas iniciativas para demostrar que, de forma democrática, se puede atender las necesidades sociales, sanitarias y económicas de la población; y están llevando la delantera en el desarrollo de un medicamento más seguro que los anteriores, respaldado, además, por gran parte de la comunidad internacional y, concretamente, por países afines como Israel, Italia, Japón y Corea del Sur. Niaid-Moderna, la Universidad de Oxford, AstraZeneca Pfizer o BioNTech son algunas de sus empresas y se posicionan con bastantes posibilidades para lograrlo. Pues, además, colaboran, entre sí.

Este bloque, liderado, como no, por EEUU, ha dedicado más de 5.000 millones de dólares para provocar que los fabricantes y farmacéuticas produzcan más vacunas en su territorio que en cualquier otro (Operation Warp Speed), compitiendo, así, con la lista de grupos empresariales que el gobierno chino tiene para invertir y llegar a acuerdos de la misma índole. Y no es de extrañar. Esta herramienta para acabar con la nueva pandemia se convertirá en una moneda de cambio a nivel geopolítico (al mismo nivel, o incluso mayor, que la producción de petróleo, por ejemplo). Por lo que las alianzas en este sentido están bastante definidas y marcarán las tensiones del escenario internacional actual, con precedentes en la Guerra Fría

Y ejemplo de ello es la iniciativa del presidente norteamericano Donald Trump de conseguir en enero de 2021 más de 300 millones de dosis de vacunas eficaces mediante acuerdos de pre compra, para los que ha desembolsado más de 1.600 millones de dólares a la empresa Novavax: el primer país del mundo con vacuna será EEUU. Incluso el jefe de la Administración de Alimentación y Medicamentos (FDA), Stephen Hahn, puedo que acabe aprobando el uso de emergencia de la vacuna antes de que terminen los ensayos clínicos. No obstante, podría esta decisión parecer, a priori, una respuesta al, ahora también, candidato para las presidenciales, que acusó a finales de agosto a este organismo de retrasar intencionadamente el uso de la misma hasta después del 3 de noviembre, fecha en la que se celebrarán las elecciones presidenciales.

De llevarse a cabo, este país se convertirá en el tercero en aplicar la polémica medida, aunque las connotaciones que traería no serían nada favorables. Si el bloque occidental se supone que está primando la seguridad, de seguir los pasos del oriental está rompiendo con este factor diferenciador clave. La comunidad de expertos al respecto ya ha puesto sobre la mesa la posibilidad de que este trabajo, finalmente, no sea eficaz, además de inseguro para la salud. Por lo que carecería de credibilidad para la población, limitándose el número de personas que se dejarían inyectar. Parecería, al igual que en Rusia, que se ha vuelto a tiempos del Telón de Acero y que el norteamericano se acoge al término. 

La carrera por adquirir la primera vacuna efectiva contra el COVID-19 se está convirtiendo en una batalla que va más allá de lo sanitario, protagonizada por dos bloques de Estados claramente definidos y con intereses bastante contrapuestos. Política, economía, estrategia y seguridad son algunas de las variables que dan carácter al conflicto, que se encuentra englobado en un concepto clave, la geopolítica. Mediante la que los Estados buscan reivindicar su influencia respecto al resto, y por la que los occidentales, quizá, están jugando al nacionalismo de Estado, como un gran esfuerzo por no dejarse expulsar del panorama internacional. El pívot to Asia, el fenómeno que parte de un cambio de paradigma en la escena internacional por el que se está desplazando del centro de la hegemonía internacional a Occidente para darle paso al continente asiático, es previsible. Y las consecuencias de una mayor preeminencia de valores orientales y una cultura diferente para entender el mundo serían sumamente complejas. Ni positivo, ni negativo.

Análisis elaborado, conjuntamente, por Miguel Melián y Mar Gámez

 

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